FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 86
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CAPÍTULO 86

Había algo curioso, entre incómodo y tierno, en un grupo de personas haciendo un esfuerzo colectivo por remontar una fiesta en la que ya nadie quería pasárselo bien. Sin duda, así lo sentía Dafne.

Arturo y Bosco habían sido expulsados oficialmente, incluso Julia estaba de acuerdo, y todos habían forzado sonrisas jugando a las cartas, merendando y viendo vídeos graciosos en internet en la pantalla grande.

Se hicieron muchas fotos juntos y Dafne se preguntó si algunos años después, cuando vieran esas fotos, recordarían lo que había pasado ese día o se quedarían solo con esas sonrisas.

Mientras revisaba esas fotos que se habían hecho, las mandaba al grupo de su familia y pensaba en si subir o no alguna a Instagram, los nervios se instalaron en su estómago.

Porque Nabeel seguía a su lado.

—¿Sabes? No te he dado tu regalo todavía.

Nabeel frunció el ceño.

—Ah, ¿no? ¿Y el vinilo?

—Es que aún queda una cosa más. Pero para eso tenemos que ir a tu habitación…

Dafne oyó con claridad cómo Nabeel tragaba saliva.

—Ah… Esto… Vale.

Dafne estaba tan nerviosa que se hacía un lío con sus propios pensamientos.

—¡También estaría bien que Silas viniera! Pero no sé dónde se ha metido, creo que recibiendo a Tomás…

—Ah, bueno, vale… le puedo esperar y…

—No, da igual. Yo… Quiero enseñártelo ya.

En cuanto estuvieron en las escaleras, Dafne no se contuvo más, le agarró la nuca con las manos y le dio un beso. Le besó en los labios, en las mejillas, en la nariz, y se quedó prendada de esa sonrisa.

Le agarró de la mano, porque le pareció más divertido subir por las escaleras que por el ascensor, tiró de él, como si quisiera echarle una carrera.

Y Nabeel, al darse cuenta de que, efectivamente, Dafne podía ser mucho más rápida que él si se lo proponía, la agarró en brazos y subió unos cuantos escalones con ella sosteniendo su cuello. No dejaba de reírse.

—¿Te has dejado la puerta de tu cuarto abierta? —preguntó Dafne mientras la dejaba en el suelo.

—No… Yo… La he cerrado, pero es que no encuentro…Ya está, ya está aquí la llave.

Siguió rebuscando en sus bolsillos hasta dar con ella. Dafne se dio cuenta de que sus manos temblaban un poco cuando la metió en la cerradura y se mordió los labios esperando a que la abriera, deseando que su reacción fuera un:

—¡Madre mía!

Había una pancarta amarilla ocupando todo el reverso de la puerta. Más allá, la habitación estaba repleta de girasoles, estrellas, cactus, bonsáis y hojas de árboles. Letras de canciones de los Beatles, un paso de cebra, dibujos de zapatillas. También un submarino de tonos naranjas.

—Madre mía… —repitió Nabeel—. ¡Perdona! ¡Es que no me sale nada más!

—No hemos pintado la puerta directamente para que no nos echen del F.A.R., está en un papel que luego te puedes llevar a casa…

Evidentemente, Silas me ha ayudado un montón.

¡Ah! Y hay una cosa muy chula también. —Dafne se agachó y le mostró un tarro con pinturas y rotuladores—.

Así, si quieres, puedes añadir algo más. Es para ti, al fin y al cabo.

Nabeel asintió, tragando saliva.

—Es… perfecto, pero se me ocurre otra cosa para hacerlo aún mejor. Podrías… ¿Podrías pegarte a la puerta? Encima del papel.

Dafne frunció el ceño, pero obedeció.

Nabeel se acercó a ella con un rotulador negro en la mano y ella sintió que su cuerpo entero se estremecía. Tardó un poco en comprender qué quería hacer y mantuvo los ojos muy abiertos mientras Nabeel recorría su cuerpo delineando su figura con el rotulador.

Se le escapó la risa.

—¡No te muevas, porfi! —pidió Nabeel.

—Perdona, es que me haces cosquillas…

Le repasó los zapatos, los tobillos y las piernas hasta detenerse en su cintura y recorrer todo su torso y los brazos. Le dio un beso cuando llegó a su cuello y ella tuvo que hacer un gran esfuerzo por no moverse. Por fin, alcanzó su cabeza y su pelo.

—¿Ya? —preguntó Dafne.

—Ya.

Así que se separó de la puerta y observó la silueta de su cuerpo delineada en el papel. Y, por alguna razón, parecía que había estado ahí desde siempre, desde el inicio.

Nabeel sonrió y dijo:

—Así me acuerdo de que todo este amarillo tan brillante sale de ti.