FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Érase una vez un chico con el corazón de hielo. Podía enfadarse y gritar, pero afirmaba no sentir tristeza y llorar solo de frustración.

Quizás por eso encontró su vocación en el fútbol: porque ahí todo era rabia y el miedo se podía apartar de un puntapié. Ser feliz no era necesario, pues podía ser el mejor.

Aun así, incluso con el fútbol, a veces tenía la sensación de que llevaba encima un chubasquero y que todas las emociones le resbalaban. Podía verlas, analizarlas, le caían encima pero no le llegaban a la piel.

Tenía el corazón de hielo. Sí. Pero eso lo supo el día en el que se hizo añicos.

El día en el que recibió la peor noticia de su vida.

El verano estaba a punto de acabarse y él estaba en el F.A.R. de Barcelona, entrenando, preparándose para la siguiente etapa de su vida.

Era un día completamente normal hasta que, de pronto, el director del centro lo llamó a su despacho para darle la noticia porque estaba claro que iba a necesitar a algún adulto presente.

«Tu madre ha tenido un accidente. No ha sobrevivido. Lo siento mucho»

Y él no sintió nada.

Ni habló con nadie. Porque la única persona que le entendía, la única persona que sabía que no se iba a marchar, ya no podía responderle.

Su madre era la única persona con la que se sentía comprendido. Él no era bueno con sus palabras, pero la tenía a ella para ayudarle a desentrañarlas. Las ponía en orden como si fuesen una sopa de letras o le enseñaba a buscar su significado en el diccionario.

Así que cogió un tren y se marchó a Valencia, con su padre. Él estaba roto de dolor y Tomás no fue capaz de consolarle. Tampoco pudo decirle que él estaba roto también.

Su padre asumió que se quedaría con él, en casa, con toda su familia paterna. Que lo sucedido le impactaría tanto que rompería sus planes.

Pero Tomás solo pensaba en huir. Refugiarse en el fútbol una vez más.

Aunque solo le había servido a medias.

Porque había alguien con quien le habría gustado hablar: su mejor amigo, pero que le había cambiado todos los esquemas al darle un beso. Alguien con quien se había reencontrado partido a partido. Alguien que había asumido que jamás iba a perder y que, sin embargo, acabó perdiendo.

No había logrado apartar el dolor de un golpe. No era el mejor. Y, aun así, tampoco le habría bastado con eso.

Y esa Navidad no había podido dejar de pensar en él.

Por eso, en la última noche del año, no había tenido otra escapatoria que marcharse ahí. Llamar al timbre y esperarlo impacientemente.

A él.

A Silas.

Que salió de su casa en pijama y con zapatillas de estar por casa. Con ese cabello oscuro y revuelto, tan despeinado como el día en el que lo conoció, y los ojos grandes en los que no había ni una pizca de maldad.

Fue a su encuentro. Lo llamó por su nombre:

—Tomás.

Y lo hizo sentir visible, corpóreo, real.

Se acercó un poco más a él, tanto que pudo oler en él una colonia extraña, probablemente de su abuela.

Y le dijo lo único que podía decirle. Solo dos palabras.