CAPÍTULO 80
—Te quiero.
Sus rodillas temblaron, incapaces de sostenerle.
Tampoco habría importado, porque el suelo bajo él había desaparecido.
Y en su mente combatían un montón de palabras como «¿qué haces aquí?» o «y yo a ti» o «¿qué?» o «aparta».
Pero es que Tomás le había mirado a los ojos, con esos ojos suyos, verdes como el césped, y le había dicho justo las dos palabras que nunca había esperado oír de su boca.
Y de pronto el miedo ya no tenía nada que hacer en la batalla.
Por si fuera poco, Tomás se había acercado algo más a él y le había acariciado el rostro, como sugiriéndole un beso, y había parpadeado dos veces seguidas, el mismo número que las palabras que habían salido de su boca minutos antes.
—¿Quieres entrar en casa? —le preguntó.
—Dentro está toda tu familia —dijo Tomás.
—Abuela incluida. No es buena idea, tienes razón, espera un momento.
Silas entró en su casa bajo la atenta mirada de su hermana, que parecía alucinar, se puso unas zapatillas y aceptó el abrigo que ella le estaba ofreciendo.
—¿Crees que sigue fuera? —le preguntó en un susurro.
—¡Claro! ¡Yo te cubro! ¡Ve a hablar con él!
Aún le costaba creer que estuviera ahí, delante de él. Pero como no se había movido, tuvo que preguntarle:
—¿Dónde vamos?
Dos palabras.
Tomás se encogió de hombros.
—A hablar —añadió.
Dos palabras más.
Le pareció que quizás Tomás ya había dicho todo lo que tenía que decirle así que le guio hasta un parque cercano a su casa.
Lo llevó hasta la zona de los columpios, para que pudieran ir juntos bajo un tobogán.
Era una noche sin estrellas y el parque estaba prácticamente vacío, a excepción de un grupo de adolescentes que hacía botellón en una esquina.
—De pequeño, una vez me enfadé con mis padres, quise ser hijo único y me escapé aquí, al parque, y pasé toda una tarde debajo del tobogán —dijo Silas.
Justo ahí se sentaron.
Y a su mente llegó como un fogonazo el recuerdo de ese beso que se dieron, debajo del trampolín, en la piscina de Estels.
«Te quiero».
Las palabras volvieron a sonar en su mente. Quiso pedirle que las repitiera, aunque él no supiera qué responder, solo para cerciorarse de que había sido real.
—¿Estás bien? —preguntó en su lugar, acariciando la mano de Tomás. Se dio cuenta de que una de ellas tenía un raspón en los nudillos—. ¿Qué ha pasado?
Él miró hacia arriba y parpadeó unas cuantas veces, como intentando alejar las lágrimas.
—He discutido con mi padre —explicó.
—¿Y le has dado un golpe a una pared? ¿Tan cliché eres?
Tomás se encogió de hombros.
—Estuve con él un par de días en noviembre y ahora todas las Navidades que hemos pasado casi a solas.
Y… tenía la sensación de que me ocultaba algo.
Era como que… me miraba y después rehuía la mirada.
¡Como si fuese un puto experimento! Como si yo no fuese real.
Como si no me conociera. Sabía que había algo que no me decía y que lo tenía siempre en la cabeza cada vez que hablaba conmigo y… Me lo ha echado en cara todo.
Tomás bajó la vista y su mano tembló. Silas la sujetó.
—Me ha echado en cara que no estuviera con él cuando mi madre murió. Que me fuera. Cree que… Que soy una persona fría. Que no tengo sentimientos y yo… Yo creo que si no sintiera nada no me sentiría tan mal. ¿Sabes?
Tomás se quitó una lágrima de la mejilla.
—Y me he ido de casa, porque no me entiende. No entiende que me estoy esforzando. Que me esfuerzo cada día. Que… ¡Es que siento que hablo en otro idioma! ¡O que hablo su mismo idioma pero mis palabras salen al revés! ¡He venido aquí por eso! ¡A Valencia! ¡A Estels!
Silas sintió que se quedaba sin aire, solo por la expectación. Como si un misterio estuviese a punto de desvelarse.
—Estoy aquí por él. Por mi padre. Y por ti, Sil.
Silas sintió que se quedaba sin respiración.
De algún modo, aunque fuera en secreto, llevaba mucho tiempo esperando esas palabras.
Porque toda su vida, aunque fuera ridículo, había deseado ser visto por alguien…
pero al mismo tiempo, le dio miedo. Porque había intentado cerrar una herida que en esos momentos se reabría de golpe.
Porque no quería que le hicieran daño y al mismo tiempo solo quería que Tomás dejara de sufrir.
Alzó una mano y acarició la mejilla de Tomás, que se apartó.
Le habría encantado que hubiese repetido esas palabras: «por ti», «por ti», «por ti», aunque no era necesario, porque Tomás le hablaba con sus ojos y quizás las respuestas que anhelaba habían estado guardadas ahí desde el primer momento.
Tomás siguió hablando:
—Estoy aquí por ti. Porque no puedo seguir solo.
Porque no quiero seguir solo. No quiero seguir pensando que el fútbol lo es todo porque no lo es.
Porque ya no tengo a mi madre y no quiero seguir perdiendo.
No quiero perderte, Sil. No otra vez. Porque sí.
En Estels me pagaban más, y Holt me llenó la cabeza con un montón de expectativas.
Pero en Barcelona tenía mi carrera, mi título, mis compañeros y créeme cuando te digo que todos me decían que seguir ahí era la opción correcta, que he perdido muchísima credibilidad por este cambio.
Pero no podía. No podía seguir huyendo de mi padre, aunque él no me entienda y se enfade conmigo.
No podía seguir huyendo de las personas a las que quiero.
Y… ¡no me merece la pena ganar si eres tú a quien le marco los goles!
¿Y sabes cómo me di cuenta? Encontré los carteles que preparaba mi madre, esos que llevaba a los partidos, con mi nombre, con eslóganes absurdos, para animarme.
Y también encontré un cartel para ti. Porque solíamos estar en el mismo equipo.
Y yo siempre me pregunto qué pensará ella de…
todo. Pero ahí hay una respuesta: también creía en ti.
No quiero decepcionarla. No quiero decepcionarme a mí mismo. No puedo seguir así.
Silas negó con la cabeza, incapaz de creerlo.
—¡Sé que te he hecho daño! Cuando… Cuando me besaste, antes de Estels, me comporté mal.
Ya lo sé, pero me descuadró. Porque yo pensaba en ti como una constante, ¿sabes?
Y no quería perderte. Y después estaba hecho un lío.
Y después mi madre… Y ya no sabía cómo hablar contigo.
Y te hice daño. Ya lo sé. Pero es que siento que…
Siento que no sé cómo expresarme. Siento que a veces me entiendes tú más que yo mismo.
Desearía que todas las personas en mi vida, todas las personas que alguna vez me han conocido me contasen qué opinan de mí, qué entienden…
¡Porque yo no me entiendo a mí mismo! Porque yo no me entiendo nada de nada.
Silas le miró, sin saber qué decir. Porque Tomás había hablado más que nunca.
Abrió la boca, para contestarle, y Tomás le frenó:
—¡Hay algo más! —exclamó—. Esto… En… Bueno, en la fiesta de Navidad, en el hotel.
Te vi marcharte y decidí seguirte y entonces me asomé por la puerta del hotel y estabas sentado con otro chico y no sé por qué pero me quedé ahí mirándote y…
Te vi besarlo. Lo besaste, ahí, en la calle.
Me fui corriendo, claro, pero no… No lo entiendo.
Silas frunció el ceño. Todavía estaba demasiado sorprendido por lo que le había dicho, pero insistió:
—¿Qué no entiendes? ¿Que le pueda gustar a otra persona…?
—¡No! ¡Nada de eso! Es que rompimos porque no querías seguir escondiéndote. No querías llevar una relación en secreto. Y de repente besas a este chico y… ¿Lo habrías hecho público?
—Bueno, no, no creo…
Tomás negó con la cabeza.
—Da igual, eso no me importa. El caso es que te vi besarlo y no he podido dejar de pensar en ello. No quiero renunciar a ti. La próxima vez que tengamos una cena de Navidad quiero ser yo el que te besa en la puerta. Porque me gustas muchísimo y porque te quiero.
Silas tragó saliva. Y después multiplicó esas dos últimas palabras por dos:
—Y yo a ti.
Se acercó a su rostro, cogiéndolo entre las manos. Lo besó y ni siquiera esos fuegos artificiales que colapsaron en el cielo fueron comparables a las luces que sintió en su interior.