CAPÍTULO 72
Era la mañana del diecinueve de diciembre, el día en el que todos los alumnos de Estels se marchaban a sus casas. Llevaba despierto desde las seis de la mañana y antes del desayuno había dejado ordenada su habitación para no tener problemas con sus maletas.
Su equipo seguía en lo más alto de la clasificación de la liga, pero el ambiente no era muy bueno. Desde que habían descubierto que Rowan estaba detrás de la cuenta hater, todo era tensión. Habían desayunado cada uno por su lado y abandonaban Estels de manera intermitente.
Su hermana se había marchado de Estels un día antes que él para resolver algo y le había mandado un mensaje de buenos días.
Que vaya bien!
igualmente!
En cuanto llegó a la habitación de Nabeel escuchó una melodía suave desde la puerta.
There’s a starman waiting in the sky
He’d like to come and meet us
But he thinks he’d blow our minds
En ese momento, aparecieron también Marc y Rowan, cargando con sus maletas. Los dos iban vestidos con el chándal de Estels, de ese color azul que se convertía en naranja. Ambos parecían cansados.
Silas llamó al timbre y Nabeel tardó un poco en aparecer. Vestía con pantalones cortos de chándal, descalzo y sin camiseta. Tenía el cabello negro revuelto y se le había quedado algo de bigote y barba, como si no se hubiese molestado en afeitarse. Esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Nabeel.
—Queríamos ayudarte con el equipaje.
Había una maleta tirada en mitad de la habitación, y un montón de ropa esparcida a su alrededor.
—Gracias —murmuró Nabeel.
Ninguno de los cuatro habló durante las siguientes tres canciones, hasta que sonó una de ABBA que Nabeel no dudó en tararear.
Dancing queen
Young and sweet
Only seventeen
Marc se animó a tararear también y Rowan no lo dudó antes de ponerse a grabar aquel instante: todos ellos rodeados de ropa mal doblada, maletas y más silencios que respuestas.
Por una vez no le dio rabia que hiciese un vídeo.
Era consciente de que no volverían a estar así jamás y que quizás regresaría a esas imágenes dentro de unos años.
—Según como la escuches, esta canción me parece bastante melancólica —dijo Silas, cuando todos se sentaron.
—Pues sí. Yo creo que habla de echar de menos tener diecisiete años y yo pensaba que esa sensación de melancolía no se podía tener tan pronto —dijo Nabeel.
—¡Tío, es que en enero ya tendrás dieciocho! —exclamó Rowan —. Y yo en cambio sigo atrapado en los dieciséis, nacer a finales de año es una putada…
—¡No me llames viejo! Es que… ¿no echáis de menos ya todo esto? —preguntó Nabeel, poniendo una de sus caras tristes.
Rowan dio un paso entre la maleta que les separaba y le dio un abrazo al que el resto se sumó.
—Me da miedo volver a casa —reconoció Nabeel—.
Me da miedo llegar ahí y verlo todo cambiado, todo distinto.
Mis hermanos, mis padres. Supongo que… Para mí ellos siempre han sido como una bola de cristal de esas que llevan dentro una estampa invernal y que si las agitas sale la nieve.
Una bola que se mantiene estática y perfecta. Siempre he sabido que nunca cambiarían.
—Lamentablemente… solo las bolas de cristal son bolas de cristal. Todo lo demás puede cambiar, pero eso no es malo —dijo Silas.
Aunque se sintió hipócrita. Para él, esos momentos sí que eran estampas estáticas. Si escribía y dibujaba era precisamente para eso, para capturarlos. No dejarlos marchar.
Rowan y Marc no tenían ni idea de la situación de Nabeel con su familia, pero ya debían intuir que algo andaba mal.
—Tío, estás doblando mal eso… —se quejó Marc, mientras Rowan estaba a punto de cerrar una maleta.
—¡No se puede doblar mal una sudadera!
—¡Pues claro que sí, la estás arrugando!
Silas rio y se acercó a ellos y les ayudó con la mejor estrategia. Al verlos, Nabeel sonrió.
Tardaron poco en guardarlo todo. Rowan y Marc tiraron de sus maletas y corrieron para alcanzar el ascensor.
Cuando se quedó a solas con Nabeel, Silas sacó algo de una bolsa y dijo:
—Ya sabes que Dafne no ha podido venir…
—¡Sí! ¡Nos tiene que contar ya cómo le ha ido en el instituto!
—Sí. Pero, bueno, entre los dos hemos preparado un regalo. Un regalo por Na… Vacaciones de invierno y también porque sí.
Abrió la bolsa.
En las manos, llevaba dos bonsáis. Árboles reales pero diminutos, un ecosistema en miniatura.
Uno de ellos tenía el tronco marrón muy oscuro, muy alargado, con dos bifurcaciones de ramas de color verde oscuro que hacían que pareciera una persona con los brazos en jarra.
El segundo tenía un tronco más chato y redondo, como un balón de fútbol ligeramente aplastado y estaba repleto de flores amarillas.
No tuvo que decir nada, pues Nabeel leyó sus pensamientos.
—Sois vosotros, ¿verdad? Dafne y tú.
—Qué listo eres —afirmó Silas—. Nos parecía muy bonito esto de que llevases contigo plantas que representasen a tu familia. Aunque, bueno, cuando te conocí tenías toda la habitación llena de tierra y me dio mucho asco. ¡Es que eres un desastre! ¡Siempre tienes las plantas medio muertas!
—¡Eh, que las riego todos los días!
—¡Las riegas de más, que es peor! Pero bueno, no es el tema. El tema es que nos hace mucha ilusión darte esto.
—Tú eres el árbol alargadito, definitivamente. Tiene cara de amargado —dijo Nabeel, sonriendo. Tenía los ojos muy brillantes—. Y Dafne, por supuesto, está llena de flores.
Silas tragó saliva.
—Es que queremos que sepas que ahora nosotros somos familia. Y por eso queremos que nos lleves siempre contigo también.