CAPÍTULO 73
—Cuando tenía seis años estaba convencida de que, si entrenaba lo suficiente, sería capaz de volar.
Corría rapidísimo, brincaba, mis zancadas parecían infinitas…
Pronto levitaría. Y volar me vendría muy bien para despistar al rival y marcar gol.
Estaba probando una jugada imposible cuando me hice esta cicatriz.
—Hala, parece una estrella. ¿Tuviste que ir al hospital? —preguntó una niña sentada en la primera fila. Clavó en ella unos preciosos ojos verdes detrás de unas gafas de montura fina.
—Verónica, sé paciente. Deja que acabe la historia… —advirtió la profesora, que estaba de pie en la puerta de la clase.
Dafne sonrió y se escondió un mechón de cabello castaño detrás de la oreja.
—Bueno, el final de la historia se ve venir: chuté a portería y me estampé contra un poste de metal. ¡Marqué, eso sí!
—¿Te hiciste daño? —quiso saber Verónica.
—Un poco. Un poco bastante —rio—. Pero más me dolió el orgullo y darme cuenta de que no era especial ni mucho menos podía volar.
—Si me hiciera tanto daño jugando, que, bueno, yo no juego a fútbol, pero me gusta mucho el patinaje, seguro que mis padres no me dejarían entrenar más.
—¿Ves? Eso era lo que me preocupaba a mí.
—Pero seguiste entrenando y por eso ahora estás en F.A.R. Estels —intervino la profesora.
—Pues sí. Seguí entrenando. Pero es verdad que con el golpe vinieron un montón de miedos: me daba miedo hacerme daño, sí, pero sobre todo me daba miedo esforzarme tanto y al final no conseguir nada.
Porque, bueno, yo no era excepcional. Desde luego no me imaginaba siendo futbolista de éxito ni mucho menos capaz de vivir de ello.
No tenía referentes. No había nadie en los álbumes de cromos que se pareciera a mí.
Mis amigas no jugaban al fútbol. En el patio yo quería jugar, sí, pero también estar con ellas y desde luego no me apetecía juntarme con los chicos.
La mayoría de ellos no me quería cerca tampoco —suspiró—.
No sé. Sentía que no merecía la pena intentarlo.
Había bajado la voz poco a poco, perdiéndose en sus recuerdos. Nunca se había dado cuenta de hasta qué punto esos patios de colegio y ese miedo a no encajar habían moldeado su forma de ver la vida.
—En nuestro colegio somos solo chicas, así que en el patio no jugamos a fútbol. ¡Y gracias! —añadió otra niña, que también se sentaba en la primera fila, mientras tiraba de la manga de su uniforme.
Dafne parpadeó unas cuantas veces, consciente de que había perdido el hilo de su discurso y, por lo tanto, la atención de sus alumnas. A muchas de ellas se las veía cansadas ya, pues, al fin y al cabo, ese era el último día de clase antes de las vacaciones.
—¿Y cómo volviste a jugar al fútbol? ¡Porque entrar en Estels es realmente difícil! —la profesora le echó un cable.
—¡Sí! —exclamó Dafne—. ¡Pues fue por mi hermano! Yo tengo un hermano mellizo, Silas, que también es futbolista. Él quería entrar en Estels y yo me animé por él. Porque nunca se rindió ni dejó que le hicieran creer que no era su sitio. Él era lo suficientemente valiente como para pelear.
—¿Entonces te has ido de casa, pero sigues con tu hermano? ¡Qué rollo! —dijo una niña sentada en el fondo.
Dafne rio con ganas.
—Bueno, la verdad es que hemos discutido alguna que otra vez, pero me alegro mucho de tenerlo conmigo. Mirad, en la pantalla os he puesto nuestro horario en un día normal: ¡casi no tenemos tiempo de nada! Clases, entrenamiento, viajes…
—Pero jugar todo el día tiene que ser increíble… —suspiró una niña de cabello rubio rizadísimo.
Dafne se sonrojó al darse cuenta de que esa niña tenía en el pupitre un estuche verde de Tiana y el sapo en el que se veía también a Naveen. ¡Eso tenía que decírselo!
—Pues sí. Yo no lo cambiaría por nada. Aunque lo mejor para mí es compartir la experiencia con tantas personas. El fútbol es un deporte en equipo y sé que mis compañeras siempre formarán parte de mi vida…
—¡Y también estudias mucho! —añadió la profesora.
—¡Claro! Ya habéis visto el horario. Y tenemos muy buenos profes.
Yo… Supongo que me habría encantado recibir una charla como esta cuando tenía vuestra edad.
Y lo que quiero que tengáis claro es que las oportunidades están ahí, a vuestro alcance…
Si tenéis un sueño, ¡podéis luchar por él!
Y el deporte es muy divertido, chicas. Que nadie os diga que no merece la pena intentarlo, ni siquiera vosotras mismas.
La profesora aplaudió en esos momentos, marcando el final de la charla. Y todas las alumnas aplaudieron también. En esa ocasión se las veía contentas y Dafne se sintió realizada.
—Vale, ¡chicas! Ahora podéis hacerle a Dafne todas las preguntas que queráis.
Vanessa fue la primera en alzar la mano:
—¿Me firmas en la agenda?
Poco a poco, más voces se sumaron a ellas.
—¿Y a mí me firmas en el estuche?
—¡A mí en el brazo!
—¡Yo tengo un balón!
—¿Tienes Instagram?
—¿Nos podemos hacer una foto?
Nabeel
Jueves, 19 de diciembre, 12:30
Cómo ha ido?
Me he vuelto un poco loca
He estado en tres clases seguidas,
pero estoy muy contenta!!
Espero que la mudanza haya
ido bien también!
Un sol resplandeciente la recibió cuando salió del colegio. Se tapó un poco más con su abrigo. No podía dejar de sonreír y se sentía incluso emocionada, con un nudo en el corazón.
En los bolsillos del abrigo guardaba todas las cartas que le habían dado las alumnas. Las profesoras le habían dicho que estaban muy contentas y ella se había quedado con ganas de repetir.
Cruzó la calle, dispuesta a volver andando a su casa.
Entonces las vio.
A las tres: Anna, Tanit y Elena, portando un ramo de margaritas, sus flores favoritas.
—¡Dafne! ¡Enhorabuena! —exclamó Anna, sacudiendo el brazo y dando saltos.
Ni siquiera recordaba haberles dicho dónde estaría ese día. El nudo que tenía en el estómago se apretó un poco más y como si en realidad estrujara un limón, de sus ojos brotaron unas cuantas lágrimas de alegría. No se podía creer que las tuviese delante.
Corrió hacia ellas y la abrazaron con fuerza.