CAPÍTULO 63
Después de que se hicieran con unos cuantos langostinos en tempura, Arturo se acercó a los mellizos y, agarrando a cada uno por un brazo, los arrastró hasta unas mesas en las que se habían reunido chicos y chicas.
Ahí, derrotada en una silla, encontró a Rain, que bebía champán y tenía la mirada perdida.
—Pobrecita —dijo Julia—. He visto a Irati hace un rato, pero no sé dónde está ahora.
—Creo que ha vuelto ya a su habitación en el hotel. Solo quería hacer acto de presencia. Además, no han dejado de preguntarle por qué ha bajado su rendimiento en los partidos y supongo que se habrá agobiado.
Rain hizo un puchero.
—Venga, no llores, Rain —dijo Hipólita, dándole un abrazo.
—¡Tener pareja en el F.A.R. debería estar prohibido! —exclamó Julia en esos momentos.
—¡Oye! —exclamó Arturo, sentándola sobre su regazo.
Julia le dio un beso y le revolvió el pelo.
—Es que no todos lo llevan igual de bien que nosotros.
Los chicos del Barcelona se acercaron a ellos en ese momento.
Dafne tensó su espalda, como si se preparase para atacar de ser necesario. Porque, aunque estuvieran sonriendo, esas sonrisas denotaban de todo menos amabilidad.
—Igual lo mejor sería hacer como vosotros: ¡equipos solo de chicos! ¡Así nos concentraríamos más y no habría rollos! —exclamó Arturo, estirando la espalda.
Un villancico sonaba al fondo, pero nadie le hacía mucho caso.
Uno de los chicos del Barcelona dijo:
—Bueno, queda claro que por ser solo chicos no nos libramos de gilipolleces. Y tampoco de líos…
Agarraron sillas para sentarse a su lado y uno de ellos le dio a Tomás un empujón en el hombro. Silas se dio cuenta enseguida de que Tomás se tensaba.
—¿Qué? ¿Estáis contentos de habernos robado a un pichichi? —preguntó otro.
—Bueno, la verdad es que nosotros tampoco lo queríamos, ha venido él solo.
—¡Pero ya le hemos cogido cariño! —dijo Arturo, agarrándole y revolviéndole el cabello.
—¡Total!
Tomás carraspeó en esos momentos. Dafne le observó relamerse los labios antes de decir:
—Creo que nunca os he pedido disculpas por largarme. Sé que no estuvo bien. Es que… Bueno, creo que Estels siempre fue lo correcto para mí.
—¡Pues ya lo podrías haber dicho antes! —exclamó uno de sus antiguos compañeros, golpeándole en el hombro—. Aunque ahora soy yo el capitán, así que ni tan mal…
—Tú en realidad ni tienes principios ni tienes nada, solo lo has hecho por dinero —le recriminó otro.
—¡Venga! ¡Vamos a llevarnos bien! —exclamó Rowan.
Tomás desvió la mirada y respiró hondo antes de contestar:
—Si estoy en Estels también es por mi familia.
Mi padre, mis abuelos, viven aquí. Era lo justo que estuviera con ellos.
Los necesitaba. Pero os debía unas disculpas.
En ningún momento he querido joder a nadie, ni a unos ni a otros.
Cuando estoy en un equipo, estoy a muerte.
Lo estuve con vosotros, ahora lo estoy con Estels. Espero que no quede ninguna duda.
—Joder, tío, nunca te había escuchado hablar tanto rato… —murmuró Arturo.
Pero a ambos equipos les había convencido ese discurso. De pronto el ambiente entre ellos era totalmente diferente. Más relajado. Silas miraba a Tomás con admiración y miraba también a sus amigos, pensando que el plan finalmente sí que había acabado bien.
Varios fotógrafos se acercaron para tomarles fotos y entonces, uno de los del Barcelona sacó el móvil para que todos se hicieran un selfi. Ese fue el principio del fin.
—Un brindis, ¡por sellar la paz! —exclamó uno de los del Barcelona.
—Bueno, no está claro si la hemos sellado.
—Joder, que no hemos dicho nada a nadie sobre el trofeo —alegó—. Os pasasteis tres pueblos. Tomás, ya te vale, fijo que les ayudaste…
—Ya he dicho que ahora les soy leal a ellos…
—Nosotros solo nos hicimos una foto con el trofeo, pero tampoco hemos dicho nada de las fotos. La puta cuenta hater nos estuvo mucho tiempo dando por culo. ¿Cómo se os ocurrió? —dijo Arturo.
Silas miró a Marc y miró a Rowan, nervioso.
—Oye, Arturo, me parece que Julia te está buscando —dijo Dafne, intentando evitar el desastre.
Pero delante de ella estaba el rostro del chico del Barcelona.
Pudo ver sus ceños frunciéndose como a cámara lenta y los orificios de sus narices ampliándose al ritmo de un anticlimático Hacia Belén va una burra.
—¿Qué dices? —preguntó el nuevo capitán del Barcelona, con mucha calma.
—¿Qué fotos? —insistió otro chico a su lado, el primero que había hablado, con más urgencia.
Y Dafne vio a su hermano llevarse las manos a la cabeza.
—No os hagáis los tontos, que hemos quedado que estamos en paz… —dijo Arturo, con una sonrisa tirante en la boca.
—Lo digo en serio. No sé de qué fotos me estás hablando.
Bosco frunció el ceño:
—Y yo que pensaba que estábamos arreglándolo. Ahora nos vaciláis.
—Hablo en serio. ¿Alguno de vosotros sabe de qué fotos hablan?
Todos los del Barcelona negaron con la cabeza.
—Hablo de la cuenta que hicisteis para ponernos a caldo. Con las fotos —aclaró Arturo.
—Te repito que no hemos creado una cuenta —insistió el capitán del Barcelona.
—¿Qué? Pero si Marc nos la enseñó y…
En ese momento Arturo, Julia, Felipe y el resto de los jugadores del Estels se volvieron hacia él, que se encogió en su asiento, intimidado.
—Marc, ¿tienes algo que decir? —preguntó Arturo, que extendía la mano con intención de quitarle el móvil.
—¡Déjanos esto, Marc! ¡Has tenido que ser tú! —insistió Felipe.
Marc balbuceó, incapaz de decir nada.
Y en esos momentos, Rowan gritó:
—Esto… Es que… El de la cuenta fui yo. ¡La creé yo!
Arturo lo embistió, le quitó el móvil de las manos, que salió disparado y cayó contra el suelo. En un santiamén tenían encima al aluvión de fotógrafos que aún estaban en la fiesta y a Holt vociferando:
—¿¡Qué pasa aquí!?