FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

Hay cosas que uno asume que no vivirá nunca. Cenar en el ático de un hotel de cinco estrellas es una de esas. Quizás por eso le costaba entender sus emociones: esa mezcla de miedo, entusiasmo y nervios, porque nunca se habría imaginado viviendo nada parecido.

Rowan se dedicó a grabarlo todo: las lámparas de araña que colgaban del techo, las columnas de mármol y los detalles dorados que recorrían cada estancia, el árbol de Navidad que medía por lo menos tres metros, las habitaciones y esas paredes de cristal que dejaban ver el mar.

También, por supuesto, se hizo un selfi cuando llegaron al ático en el que cenarían y encontraron ese póster de todos los jugadores que llegaron a la final el curso anterior.

En ese póster se veía incluso distinto. Con el ceño fruncido de hacerse el fuerte.

Tenía la sensación de que había pasado una vida desde aquella foto.

Una vida llena de momentos que había pensado que serían insoportables, pero a los que había sobrevivido.

Sin embargo, pensó que iba a morirse de nuevo cuando vio a Tomás con un traje de color azul oscuro, porque el mejor complemento era su pelo rojo. Estaba guapísimo. Silas tuvo la sensación de que lo estaba viendo por primera vez, sonriendo con los ojos y arrugando la nariz.

Entonces…

—¡Silas Cabezón! Ponte al lado de tu compañero y te hacemos una foto —dijo uno de los fotógrafos—. Por cierto, ¿cómo os sentís al estar en el mismo equipo después de que por culpa de Tomás perdieses la copa?

—Eh… Pues… Bueno, fui yo el que no pudo parar el gol, ¿no? Ahora que está en mi equipo, no me marca así que ganamos los dos.

—Y tanto, y él es el mejor portero. Win win —rio Tomás.

El fotógrafo no pareció muy interesado en aquel buen rollo, y tras hacerles la foto siguió con el equipo entero y otra más posicionándose en contra del Barcelona.

Incluso les pidieron que se hiciesen los gallitos.

Pero eso no era necesario. Sus ojos centelleaban y los veía hablando entre ellos, murmurando en voz baja y riéndose después.

Al fondo de la gran sala, Silas vio a su hermana y a sus amigas posando ante las cámaras. Se acercó a ella y le pasó un brazo por encima del hombro.

—Es que somos mellizos —aclaró.

—¡Claro! ¡Y los dos viviendo en el mismo F.A.R.! ¡Buenísima historia!

Les hicieron la foto juntos.

—¿Qué tal vas? —le preguntó a Dafne.

—Bien. Regular. ¡No sé! Es que hay un ambiente raro con mis amigas.

Rain está realmente triste por todo lo de Irati e Irati está separada de todos y con cara de pocos amigos.

Sinceramente, no sabía si iba a venir a la fiesta.

¡Y también estoy muerta de hambre! ¡Odio estas cenas de picoteo!

Todo tiene buenísima pinta, pero antes de que pueda coger nada ya se llevan a bandeja y además no quiero tener la boca llena si me hacen una foto…

Silas rio.

—Mira, por ahí están sirviendo una bandeja con langostinos en tempura. ¡Esos te encantan!

Buscó al camarero que portaba la bandeja con la mirada. Y entonces un escalofrío le recorrió de arriba abajo.

Lo que le llamó la atención no fue él en sí, pues se parecía mucho al resto de sus colegas camareros uniformados. Llevaba la misma camisa beige arremangada, los mismos pantalones que dejaban el tobillo al descubierto, sujetaba exactamente igual la bandeja con una sola mano.

Nunca le había visto en persona más allá de esa foto, pero reconoció ese cabello castaño claro, esos labios delgados, esa nariz chata.

Lo pudo imaginar debajo de una torre Eiffel y, de alguna manera, supo que era él por el modo en el que le miraba con tanta curiosidad y una sonrisa abriéndose paso en su boca.

—Dafne, quédate muy quieta.

—¿Qué pasa?

—¡El camarero! ¡El de los langostinos!

—¿Qué pasa con él?

—Es… Creo que es… El chico de Instagram. El que te dije…

Dafne giró el cuello y Silas maldijo en voz baja porque sabía que su hermana no era capaz de hacer nada disimuladamente.

—Espera… me suena mucho. ¡Ya le pongo cara!

—Pero no chilles… —suplicó.

—Me suena del insti. Es de un año más. ¡Coincidí con él una vez en unas olimpiadas de matemáticas! Juraría que se llama… Álex…

Silas enrojeció hasta las cejas.

Y no solo estaba ahí, en carne y hueso, sino que se dirigió a ellos para ofrecerles con una sonrisa los langostinos en tempura. Apenas se atrevió a mirarle a los ojos y, desde luego, no le dijo nada. A punto estuvo de caerse al suelo.

—Qué fuerte. ¿No vas a hablar con él? —preguntó Dafne.

—¿Qué? Claro que no.

Pero, en realidad, lo que pensaba era: «Sí».

«En realidad sí que quiero».