CAPÍTULO 51
Barcelona los recibió con un frío inusual.
Al bajar del autobús, sus contrincantes les estaban esperando ordenados en línea recta, listos para estrecharse las manos.
Reinaba una cordialidad falsa. Al final, Marc y Rowan habían tenido razón: nada les había unido más que ese odio al rival.
Y, aunque Silas sabía que los del Barcelona no estaban detrás de la cuenta de Instagram que les ridiculizaba, era obvio que tampoco les guardaban cariño.
Todos ellos sin excepción le habían girado la cara y habían fingido indiferencia. Tomás había respondido manteniéndose firme, con la cabeza bien alta. A Tomás directamente se negaron a saludarlo.
Les dieron un rato para instalarse en sus habitaciones.
Silas se alegró de volver a compartir con Nabeel que, por lo menos, no decidiría teñirse el pelo en mitad de la noche, y después todos se reunieron en el comedor, en dos mesas separadas, para cenar a una hora distinta que el resto de los alumnos.
A Silas le alivió que cenaran separados, porque temía una confrontación antes de tiempo, que alguno de ellos hiciera un comentario sobre el Instagram y los catalanes les revelasen que no habían creado la cuenta.
Durante la comida, mientras desmenuzaba el filete de merluza, tuvo a Tomás delante de él y le sorprendió verle tan callado.
Su cabello pelirrojo dibujaba sombras en su rostro, como si le hubieran trazado a carboncillo.
Parecía ausente, fuera de las conversaciones y de las miradas, como si hubiese una barrera de cristal protectora que le separase del resto.
Aunque entonces, al darse cuenta de que estaba siendo observado, sonrió.
Y, aunque fugaz, un deseo cruzó la mente de Silas: que esa sonrisa fuera solo para él.
—Deberíamos haber aprovechado y comer todos juntos. Quizás así podríamos conocer algún punto débil para atacarles durante el partido —comentó Rowan, con la mirada fija en ese teléfono metido en una funda con forma de subrayador.
—¡No todos tienen los puntos débiles tan al aire como tú! —le vaciló Marc, pegándole un golpe en el hombro. El móvil le aterrizó dentro del plato de sopa y les salpicó.
—¡Joder! ¡Como me lo hayas roto te mato!
—¿Podéis dejar de hacer el patético? —se quejó Bosco.
—Es cierto, es mejor que estemos separados —dijo Arturo—. Nosotros tenemos las de ganar. Además, esta noche lograremos sorprenderlos. Los desestabilizaremos. Yo creo que les da miedo que nos chivemos de algo de la cuenta…
—¿Tú no dices nada, Tomás? —insistió Bosco.
—Esto… Eh… Nos miran cada poco rato, no sé si os dais cuenta. En fin. Van a flipar —dijo.
—Pues yo creo que podríamos pensar en algo mejor que robar el trofeo. ¿Qué haremos luego con él? ¡No podemos llevárnoslo! —se quejó Nabeel en voz muy muy baja.
—Nadie ha dicho nada de llevárselo. Le pegaremos un lametón o le dibujaremos una polla muy pequeñita… no sé, algo que solo puedan reconocer ellos.
—Shhhh… —murmuró Silas, acobardado.
—Mejor nos hacemos un selfi —dijo Tomás, en voz monótona—. Luego se lo mando yo al capitán, que tengo el número. Y les dará tanta vergüenza que no dirán nada.
Tras hablar por primera vez en toda la cena, Tomás volvió a convertir sus labios en una fina línea recta.
Silas sentía que había una barrera que les separaba de sus compañeros y que ahí, al menos, estaban a solas y podían hablar libremente, aunque fuese con miradas.
En esa mirada, arrugando un pelín la nariz, Silas le preguntó a Tomás si estaba bien. Y Tomás le respondió con un pestañeo, como si con ese batir de ojos quisiera quitarle las preocupaciones de encima.
Y es que Silas no podía evitarlo. A pesar de haberse prometido tantas veces que no dejaría que le rompieran el corazón nunca más, ya se había dado cuenta de que estaba de nuevo en las manos de Tomás y que podría estrujarlo si quisiera.