CAPÍTULO 48
No le gustaba llorar, pero lo preferiría mil veces a ver llorar a Silas.
Podía abrazarlo, sí, pero nada de lo que hiciera sería suficiente.
Habría preferido enfrentarse a cualquiera a que lo hiciera él, pero el peligro no tenía rostro y pelearse contra el aire en plan Don Quijote contra esos molinos de viento era tan cansado que le debilitaría antes de tiempo.
No quería que su hermano sufriera, pero al menos se alegraba de estar a su lado.
Sus compañeras le habían escrito porque era de ley celebrar de algún modo la victoria de un partido y Dafne sentía que esta vez tenía mucho que celebrar.
Se había despedido de Silas, que quería dormir un poco antes de la comida, había rechazado la videollamada de su madre que decía que quería saber cómo iba con los exámenes pero que en realidad seguro solo quería saber cómo estaba Silas.
Escuchó el audio que le había mandado, en el que le detallaba cosas de su día a día: sobre su trabajo, sobre la reforma del salón, la caída de su abuela… Entonces, Dafne la interrumpió. Había llegado a ella un sonido solitario e inconfundible: una arcada.
Otra.
Alguien estaba vomitando. Y Dafne no tuvo dudas en ese momento: el sonido provenía de la habitación de Irati.