FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Mientras esperaba a que Dafne volviera de los vestuarios, Silas sentía que flotaba en un limbo. En ese espacio intermedio entre un momento y otro. Las palabras se enredaban en su mente y solo quería ver a su hermana antes de que olvidara algo importante.

Estaba sentado en un banco frente al vestuario cuando la vio salir: vestida en un chándal con el escudo de Estels, esa estrella fugaz que se convertía en balón de fútbol y los colores característicos del naranja y azul y la melena castaña todavía mojada cayendo sobre sus hombros.

Las gotas de agua le salpicaron cuando le dio un abrazo.

Y desde ahí, apoyado en su espalda, pudo apreciar que de ese cielo lleno de nubes emergía un sol radiante.

Silas agarró a su hermana del brazo y se hizo una foto para mandarla por el grupo de su familia, aunque no se esperó a leer las respuestas.

Unidos, avanzaron por el campus y se internaron en el bosque. Dafne abrazó el tronco de un árbol.

—Qué rara eres… —musitó Silas.

—¿Vamos al observatorio?

—Claro.

Su mente estaba atascada entre todas esas cosas que quería decirle y los recuerdos de ese primer curso en Estels en el que pasara lo que pasara siempre podían encontrar refugio en el observatorio. Así que, antes de que su hermana empezara a hablar y se desviase del tema, él se sacó algo de dentro:

—Quería hablar de la discusión que tuvimos antes del verano, de cómo hemos estado después. Tenías razón. Supongo que te tenía envidia. Tú lo dijiste, entonces. Y yo pensé que sí, que tenerte envidia era inevitable.

—No… —murmuró Dafne.

—Calla. Escúchame. Es que… es imposible dejar de mirarte. Supongo que… Tenías todo lo que yo siempre había querido. Porque todo el mundo te elegía a ti la primera, porque eres la capitana de tu equipo y… Estaba convencido de que viéndote jugar te tendría más envidia todavía.

—¿Y te ha pasado eso?

—No. Me he dado cuenta de que no tiene sentido.

A mí solo me sale admirarte, disfrutar de tu juego…

Me siento… —respiró hondo—. Quiero que sepas que me siento muy afortunado de ser tu hermano y creo que el mundo, el mundo del fútbol y el mundo entero, es afortunado de tenerte.

Y te quiero. Y siento haberme enfadado contigo.

Dafne mostró una amplia sonrisa y lo cogió del brazo. Después, negó con la cabeza y dijo:

—No lo sientas. Creo que… Creo que a todos nos dicen que la envidia es algo malo, pero nadie te enseña a manejar esta comparativa constante. Supongo que a veces es normal que igual quisieras algo para ti solo. ¿No?

—¡No quiero esto para mí solo! ¡Es mejor contigo!

—Vale, vale —levantó los brazos—. ¿Te puedo decir una cosa a ti también?

—Claro.

—Yo también te he tenido envidia.

Silas frunció el ceño, sorprendido:

—¿A mí? ¿Por qué?

—¡Por muchas cosas! Porque siempre lo has tenido claro, para empezar. Siempre has sentido tanta pasión y has tenido claro que querías esto a pesar de las dificultades… Y eres tan fuerte y tan valiente… Los papás lo dicen siempre.

—¿Que dicen qué? Si sé que quieren que cuides de mí…

—Bueno, porque se preocupan. El año pasado me sentí realmente cobarde. ¡Casi lo dejo! Ojalá tener siempre las cosas tan claras como tú.

Silas seguía sin entender que su hermana pudiera envidiarle, pero aun así sonrió.

—Qué tontos somos a veces. Pero qué bien que estemos juntos, Daf.

Ella asintió. Le dio un nuevo abrazo y se puso de pie, para apoyarse en la barandilla del observatorio. No había cielo ni estrellas, pero sí un campus precioso bajo la luz que se abría tras las nubes.

—Has estado increíble, Daf —le repitió Silas, agarrado a su brazo. Ella se mantuvo callada unos segundos.

—No me puedo creer que el curso se vaya a acabar…

—¡Daf! ¡Que estamos en noviembre! ¡Queda un montón!

—Pero… El primer año se pasó en un suspiro. Y creo que ahora todo cuenta para el resto de nuestra vida, para esta carrera deportiva que ha de durar tanto…

Silas sintió una punzada en el estómago. Eso de toda la vida sonaba demasiado amplio, inabarcable. A su hermana le brillaban los ojos al hablar de su futuro y él tenía miedo de que el fútbol se acabase, sí, pero un poco también de que continuase para siempre.

Al fin se atrevió a preguntar:

—¿No te parece muy fuerte pensar que nos vamos a dedicar a esto toda la vida? Al fútbol. Suena demasiado ridículo para ser verdad. Da mucho vértigo.

Dafne se encogió de hombros.

—Esa es la idea, que dure mucho. Y por eso lo he dicho, pero…

Quién sabe, quizás no es nuestro caso. Aunque nos digan que es para siempre.

Quizás salimos de aquí y descubrimos que no somos tan buenos.

¡Hay muchísima gente jugando al fútbol! O igual no nos da para vivir.

¿Cuántas jugadoras viven de esto? Casi nadie.

Es ridículo incluso soñarlo. O igual no podemos jugar más…

—Dafne suspiró—. Seguro que Saylor no se esperaba tener que volver a empezar.

¡O mira a Hugo! Fue el capitán de su equipo, le prometieron que después del F.A.R. su vida sería emocionante y le ficharían en los mejores equipos.

Una estúpida lesión y va y se queda fuera…

Silas bajó la vista al suelo.

—¿Cómo es tenerle de segundo entrenador? ¿Sigues… sigues sintiendo algo por él? A ver, que sé que estás loca por Nabeel, pero…

—Pues, efectivamente, estoy loca por Nabeel. ¡Que a todo esto! Aún no me ha pedido que sea su novia formalmente con una canción cursi… ¿Debería preocuparme por eso?

—Seguro que la está componiendo. ¡Respóndeme a lo de Hugo!

—Vale. Hablé con Hugo a principios de curso, en nuestro cumple, y me contó lo de su lesión, que no había encontrado representantes y demás, pero no me contó nada de que iba a volver al F.A.R. y fue un poco shock.

De hecho, no sé, estábamos raros. Pero el jueves, en Halloween, pude hablar con él un poco más y ahora ya estamos bien. Normal.

Silas asintió.

—Yo hablé mucho con Nabeel en Halloween —estuvo a punto de añadir el tema del divorcio de sus padres, pero entendió que Dafne ya lo sabía—. Y… Bueno, le pedí perdón. ¡Ya me tocaba pedirle perdón! Porque estáis hechos el uno para el otro, ¿sabes? Y yo fui demasiado infantil.

—No queríamos que te sintieras desplazado, Silas. Y fue un error no decírtelo. Yo lo siento mucho también.

Silas asintió.

—Creo que tengo que aprender a gestionar un poco mejor mis emociones, ¿no? Ahora está todo bien.

Esperaba que entendiera que se refería a todo: prometía no seguir siendo un capullo. Dafne le miró, sonriente. Le dio la mano y después preguntó:

—¿Y tú cómo te sientes? Parece que estás mejor con Tomás, ¿no? Al menos no le has vuelto a pegar.

—Ya, fui un imbécil…

—Yo me alegré de que supieras defenderte…

Silas arrugó el entrecejo.

—No creo que me estuviera defendiendo. Solo…

estaba en modo ataque. Creo que voy a perder todo el rato.

Esto… —respiró hondo y optó por hablar de carrerilla—.

Estoy hablando con un chico. Chat Noir. No se llama Chat Noir pero es un friki y un antiguo, supongo.

Por alguna razón, me empezó a escribir por Instagram…

—Pues porque eres divertido, guapo y maravilloso.

—Lo que sea. El caso es que me agobié muchísimo. Porque sabe que soy gay, porque podría contarlo, porque siempre estoy en la cuerda floja… Y… Ahora ya hace días que no le hablo.

Dafne frunció el ceño y preguntó despacio:

—¿Y eso?

—Nunca podría tener una relación con él.

Porque me da miedo. Porque… —se le quebró la voz—.

Es que siento… Siento que me estoy equivocando.

Que igual no aguanto esto toda mi vida. Que nunca voy a poder ser yo mismo, y…

Tomás… Tomás… Es que ahora es majo conmigo y pasamos más tiempo juntos y no consigo olvidarlo ni pasar página ni nada.

No lo sé. Es raro. Es… Aunque suene estúpido, para mí Tomás siempre ha sido como el fútbol.

—¿A qué te refieres? —preguntó Dafne.

—Pues que de pequeños pasábamos tiempo juntos, sí, pero solo unos pocos meses al año.

Y el resto del tiempo pues soñaba con él, lo idealizaba.

Para mí era algo irreal, un simple crush…

Pero ahora estamos pasando tiempo juntos y me doy cuenta de que…

Bueno, de que es una persona. Con sus gustos, manías, esa manera tan rara que tiene de reírse. Es eso, ahora siento que es real.

—Vale. ¿Y cómo te sientes al respecto?

Silas suspiró.

—Es muy confuso. Es que no sé si antes me había enamorado de él o solo era eso, una obsesión pero ahora se vuelve real y…

Joder, creo que estoy enamorado. Esta vez de verdad.

Y, claro, si paso tanto tiempo con él pues no consigo pasar página…

Sé que… Sé que Tomás intenta hablar conmigo.

Quiere que hablemos de nuestra relación, pero yo no le veo sentido.

—¿Y por qué no? ¡A mí me parece muy maduro, para variar! —rio Dafne.

—¡Pues porque lo nuestro es imposible! ¡Somos futbolistas! Ya… El año pasado ya me dejó claro que el fútbol siempre sería lo primero. Así que no quiero ilusionarme más para que después me rompa el corazón otra vez.

Se agarró las piernas con los brazos y enterró la cabeza entre ellas.

—Igual podrías probar a ir a la psicóloga… ¡A mí me ha venido bien! —sugirió Dafne.

Silas negó con la cabeza.

—Es solo que… No sé qué hacer. No sé qué hacer con el tema de Tomás y por otro lado tampoco puedo ser sincero con este chico de internet, ni tener nada con él, estoy en alerta todo el rato con el equipo, y creo que me va a volver a romper el corazón y… y…

El labio le estaba temblando. Su cuerpo estaba temblando. Dafne le agarró de las manos y después tiró de él para darle un fuerte abrazo. Silas no era consciente de lo mucho que lo necesitaba.

—¿Qué pasa, Sil? Dímelo. Dime lo que estás pensando.

Silas escondió la cabeza y Dafne le sostuvo el rostro entre las manos.

—Creo que nadie me va a querer nunca, Daf —confesó por fin—. No de verdad. Creo que voy a estar solo toda la vida.

Nunca había admitido aquello en voz alta.

Dafne le miró con los ojos muy abiertos, las cejas alzadas, la sonrisa triste que él no quería causar.

Le daba miedo que su ­hermana le dijera que lo que había dicho era absurdo, que, por supuesto que le querrían, que seguro que encontraría a un chico que se enamorase de él y que lo suyo sería posible y que el mundo se convertiría en un lugar más amable…

En lugar de eso, su hermana se acercó y le dio un fuerte abrazo. Después, dijo:

—Todo va a salir bien.

Y Silas se obligó a creerle.