FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Quinto partido, primera vuelta

F.A.R. Estels (casa) vs. F.A.R. Murcia

Era curiosa la cantidad de emociones que podía contener su cuerpo: euforia, orgullo, tensión, nervios, miedo, incertidumbre…

Ver a su hermano ahí, en las gradas, le dio fuerzas.

Le supo mal que estuviera enfermo y se hubiera quedado sin jugar, pero la ilusión lo superaba todo.

Porque de pequeña, cuando se esforzaba tanto en el patio, era también para que su hermano la viera.

Porque deseaba hacer méritos y estar en su equipo, que lucharan los dos por lo mismo, él en la portería y ella atacando.

Porque le gustaba imaginarlo con una sonrisa y alzando la barbilla de orgullo, del mismo modo en el que le vio alzarla en ese momento.

Y por eso todo valió la pena.

Por ese destello de orgullo.

También le vio desde el campo apretar los puños, fruncir el ceño y exclamar:

—¡No!

Porque las de Murcia habían marcado un gol y el resultado se había quedado en un 1-1. Pero incluso eso mereció la pena, porque sintió que él volvía a estar en su equipo.

—Chicas, luego voy al vestuario… —se despidió de sus compañeras.

Su hermano la saludó apoyado a la cerca de las gradas que les separaba del campo. Dafne corrió hacia él.

—¡Silas!

—Qué mierda el último gol, pero lo has hecho genial, ¡de verdad! Ha sido una pasada. ¿Estás bien? ¿Estás triste?

—No, no te preocupes. ¿Tú te encuentras bien?

—Sí, mucho mejor, ya no tengo fiebre.

Entonces, Silas hizo algo que Dafne ya no se esperaba.

Rompió el espacio que les separaba y le dio un fuerte abrazo.

Fue diferente a aquellos últimos abrazos a los que ya se había acostumbrado, esos que parecían de plastilina.

No. Dafne reposó su mejilla en el hombro de su hermano y él se aferró a ella como si fuese un salvavidas en mitad del océano. Era un abrazo de los de verdad.

—Te voy a llenar de sudor —dijo Dafne contra su oído.

—No me importa… ¡Ha sido una pasada! ¡Eres increíble!

—Tú también —se separó unos instantes. Silas sonreía y tenía los ojos brillantes.

—¿Te pasa algo?

—Estoy bien, sí. Es solo… ¡Hacía demasiado que no te venía a ver jugar! Eres mágica, ¿lo sabes? Eres toda magia y siento mucho haber sido un imbécil.

Dafne dio otro paso hacia delante y le estrechó de nuevo y con más fuerza, haciéndose daño al presionar su cuerpo sobre la barra metálica que le separaba de las gradas.

—No pasa nada…

—Creo que tienes que irte al vestuario, capitana. Hueles regulinchi.

—¡Imbécil! —exclamó ella—. Sí, tienes razón. Pero… Escúchame. Pasaremos el día juntos, ¿vale? Podemos ir al bosque a montar en bici, podemos ir al cine, podemos salir…

Todos los planes que se le pasaban por la cabeza estaban bien porque todos ellos implicaban estar juntos.

—Te veo enseguida —se despidió Silas por fin, quitándole un mechón de pelo de la cara.

—En dos minutos —se rio ella.

—En dos minutos.