CAPÍTULO 45
F.A.R. JUVENIL A EQUIPO MASCULINO
Viernes, 1 de noviembre, 13:00
ARTURO
no sé cómo no nos habíamos
dado cuenta antes, es obvio
que los del Barcelona nos la
tienen jurada. Son los de la
maldita cuenta hater! Están
cabreados porque nos
llevamos a Tomás
BOSCO
en realidad deberían darnos
las gracias, no?
ROWAN
ya te vale!
ARTURO
en una semana nos enfrentaremos
a ellos. Tenemos que pensar en
algo para darles bien por el culo.
BOSCO
ya ves!
ARTURO
es el momento de que nos
ayudes!!! Ahora eres de los
nuestros!!
PLAN MALVADO
Viernes, 1 de noviembre, 14:00
ROWAN
ves???? Lo hemos conseguido!!!!!
Ya estás dentro del equipo! Un
enemigo común siempre une!
MARC
prueba superada!
TOMÁS
no lo tengo tan claro!
ROWAN
sí!!!! ya verás! Tienes que
confiar en nosotros!
NABEEL
cómo estás, Silas?
fatal, gracias! Pero será mejor
que me quede este fin de
semana descansando! Más os
vale ganar!
NABEEL
Sábado, 2 de noviembre, 15:30
Estás bien? Con lo de no jugar,
digo.
pero tú me has visto la cara de
muerto en vida que llevaba
antes?? Es lo que toca. A ver si
me recupero.
pues claro que sí
Era rarísimo levantarse un domingo sin alarma. No tener esos nervios permanentemente en el estómago ni medir cada una de sus decisiones (qué comer, a qué hora o incluso cuándo ir al baño) como si fuesen a definir el partido.
No.
Ese domingo, todavía recuperándose, sentía que tenía más opciones que nunca.
Podía hacer cualquier cosa: dormir más de la cuenta, desperdiciar dos horas mirando el móvil, desayunar con calma, dibujar, leer…
Se sentía muchísimo mejor. La niebla mental que le había acompañado los días anteriores casi había desaparecido.
El cuerpo aún le dolía, era como si tuviese agujetas y estuviese despertando poco a poco de un periodo de letargo, pero era soportable.
Le daba rabia perderse el partido, pero tenía ganas de disfrutar de la libertad.
Además, aunque no jugase, ese era día de partido. La emoción se sentía en el ambiente.
Sus compañeros ya estaban de camino a Madrid y las chicas ya habían pasado por la cafetería a primera hora de la mañana.
Era hora de partido y él sintió una marea de nervios mientras se acercaba al campo de fútbol femenino.
Le pareció que llevaba un disfraz, pues debía actuar como espectador y no como jugador.
Mandó un mensaje al grupo de WhatsApp de su familia y al sentarse en las gradas se dio cuenta de que había un chicle pegado.
¡Qué rabia! ¿Cómo era posible que siempre se los encontrara?
Las gradas se llenaron pronto y Silas tuvo la sensación de que alguien le estaba observando.
Se preguntó si otros alumnos le habían reconocido.
Se sentía inseguro ahí arriba, consciente de que no era su sitio.
Metió la mano en el bolsillo de su sudadera, sintiendo el frío del metal del imperdible de su hermana.
Mentalmente, le deseó toda la suerte del mundo y se concentró solo en eso para no pensar en que estaba fuera de lugar.
La incomodidad duró apenas un rato. En cuanto empezó el partido, Silas recordó lo bueno del fútbol: uno podía olvidarse de todo. El disfraz de espectador le protegía lo suficiente para que se desprendiera de todo lo demás.
Su hermana capitaneaba el equipo y Silas se centraba en el zas-zas de su coleta castaña.
Daba órdenes sin hablar, solo con señas, y cuando abría la boca, proyectando la voz de manera que podía escucharla desde las gradas, parecía que estuviera dando consejos.
Se mostraba siempre alerta, dando saltos de un lado a otro, pero no por descontrol, sino porque estaba pendiente de quien pudiera necesitarla.
Predecía las jugadas de sus rivales, también las de sus compañeras, y se convertía en un Hermes de zapatillas aladas que transportaba el balón a la portería del rival.
Y es que lo era: era una mensajera. Lo importante no era ella sino su misión.
Y aun así Silas no podía dejar de mirarla.
«Deberías estar muy orgulloso de tu hermana», le decían constantemente los adultos de su vida. Lo estaba. ¡Muchísimo!
A veces se comparaba y pensaba: «¿Por qué ella sí y yo no?».
Le vino a la mente todo lo sucedido el año anterior: el tema de Nabeel, de Hugo, como los dos habían bebido los vientos por ella…
Pero también pensó en su hermana llorando angustiada por todo lo que le estaba pasando en el equipo.
Silas la envidiaba porque ella había entrado en Estels a la primera.
Solo pensaba en sus resultados, pero no en su camino.
Si se olvidaba de los resultados, solo la admiraba. Su sonrisa perenne, su valentía, su bondad. Y recordó cuando la propia Dafne le reconoció algo: que si se quedaba en Estels era gracias a él. En su momento le pareció algo estúpido e imposible, pero ya entonces le hizo sentir bien.
Dafne lo valoraba. Quizás era la única persona que lo veía.
Se le ocurrió que todas las discusiones que había tenido con su hermana no eran más que eso, simples discusiones.
Si Silas le gritaba era porque se atrevía a hacerlo, porque con ella podía ser honesto, aunque fuera para lo malo.
Era porque sabía que, pese a todo, su hermana siempre le querría de un modo incondicional.
Así que respiró hondo. Disfrutó del sol que le daba en la cara y del partido que se desplegaba ante sus ojos como un espectáculo circense.
Dafne brillaba en el campo. Su coleta marcaba el compás, sus piernas avanzaban a grandes zancadas. El balón parecía tener vida propia, andando a su lado. Ella lograba tener ojos en todas partes: la vista clavada delante, hacia los lados, hacia la portería.
Parecía claro: Dafne había nacido para aquello. No para ganar, sino para jugar. Para que todos en las gradas tuvieran los ojos en ella.
Y entonces… El corazón se le constriñó. Dafne cerró los puños. Las gotas de sudor cayeron por su frente. Rain y Dafne avanzaban juntas hacia la portería, Rain hizo el pase y…
—¡GOL! ¡GOL! ¡GOOOOOOOOL!
Silas fue el primero en gritar, en aullar. Se sintió más feliz que en mucho tiempo. Feliz por su hermana, orgulloso de ella, con las lágrimas escurriéndose por sus ojos y empapando sus mejillas. Al fin y al cabo, ser hincha de un equipo de fútbol era sentir cada logro como si fuera suyo.
Y él, desde niño, era hincha de su hermana.