CAPÍTULO 44
Si bien a Saylor le había encantado la idea del karaoke, llevaba más de media hora sentada, observando a todo el mundo cantar sin animarse a hacerlo ella.
Hugo y Rain habían entonado un himno de La oreja de Van Gogh, Dafne se había subido al escenario con Irati y entre medias al menos una decena de alemanes borrachos habían coreado Paquito el chocolatero.
Saylor les había observado sonriente, grabando algunos trozos y limitándose a disfrutar del resto.
Su hermana se puso delante de ella en ese mismo momento, extendiendo el brazo.
—Say, ¡he encontrado la canción! ¡Mi canción! ¡Nuestra canción!
—No me apetece…
—¡Claro que te apetece! ¡Venga ya!
Saylor exhaló un largo suspiro y arrastró los pies hasta su hermana. Pero después, al ver qué canción había escogido, sonrió.
Dafne no tenía pruebas, pero estaba convencida de que era una canción que las gemelas habían entonado hasta la saciedad en fiestas familiares.
Lo tenía tan claro porque mientras las veía colocar una espalda contra la otra y sujetar un micrófono de pega, casi podía imaginarlas de pequeñas.
La primera en cantar fue Rain, con una voz grave engolada y pasándose la mano por el rostro:
—No valoras nada una caricia,
Dejas que se resbale por tu piel…
Siempre que podía señalaba a Irati, que no dejaba de reírse. Y Dafne quería grabarlo todo. Entonces, Saylor cerró los ojos y pareció que la voz le salía de otro lugar, dulce esta vez, pero también certera.
—Pues déjala correr
Agua limpia y fresca
Que no quieres beber…
Nunca la había escuchado cantar y al verla experimentó una tranquilidad que nunca pensó que podría nacer de una canción como aquella.
Pero había algo todavía más bonito que escucharla: el modo en el que la miraba Hugo.
Parecía que el azul de sus ojos era exactamente el mismo que describía la canción pues ahí, en ese cielo, se reflejaba Saylor, que controlaba la tonalidad de su mirada a su antojo y esas lágrimas que estaban asomando de ellos.
Agua que no quieres beber
Déjala correr
El hechizo se rompió en el momento en el que el teléfono de Hugo empezó a sonar.
En cuanto él dejó de mirarla, Saylor enmudeció.
Hugo fue a una esquina de la sala a hablar por teléfono y parecía abatido cuando anunció:
—Holt llegará en diez minutos.
Saylor apartó el micrófono de su cara y sonrió ante todos los huéspedes del hotel que se pusieron de pie para aplaudirla. Ella alzó la barbilla, recibiendo los aplausos como un intercambio justo, como haría una auténtica folclórica.
—Me lo he pasado genial —reconoció—. ¡Hacía décadas que no iba a un karaoke!
—Tienes diecisiete años, Say. ¡No llevas ni dos décadas en el mundo! —respondió su hermana, que después le dio un abrazo.
El buen rollo no se acabó ni cuando Holt les recogió y les dedicó una sonrisa que reflejaba de todo menos amabilidad. No les riñó por haber acabado con el coche estropeado y sacarlo de una reunión, pero tampoco hizo falta.
De todas formas, su reacción no les importaba.
Se dio cuenta de que todos compartían la misma sensación de euforia, esa que solo sientes después de cantar durante un buen rato a pleno pulmón.
En vez de en un coche, les recogieron en una furgoneta con los cristales oscuros.
Ninguno de ellos se atrevió a sentarse en el asiento de copiloto.
Irati se dejó caer al lado de una ventanilla, apoyando la cabeza en el cristal.
Rain se acurrucó a su lado, mientras con el brazo derecho abrazaba también a su hermana.
Hugo se sentó en la segunda hilera y a Dafne no le quedó otra que ir a su lado.
Tardaron poco en oír los primeros ronquidos.
—Oye —dijo Hugo entonces—: ¿Y a tu novio no le importará que te sientes a mi lado?
Dafne carraspeó con la intención de disimular la sorpresa.
—En realidad, creo que eres tú el que te sientas aquí por evitar a otra persona.
—¿Qué dices?
—Pues que no quieres sentarte con Saylor. He visto cómo la mirabas mientras cantaba… —musitó.
Hugo apartó la mirada.
—No tienes derecho a meterte en mi vida…
—¡Oye, que solo estoy bromeando! —exclamó Dafne—. Vale, igual he sido un poco infantil contigo.
Hugo suspiró.
—Puede que yo lo haya sido también. Que quede claro que me parece estupendo que salgas con alguien y que en ningún momento he querido hacerte creer lo contrario. ¿Vale?
Dafne asintió.
—Sí. Perdona. Creo que tendríamos que haberlo hablado y ya está… ¿Amigos?
—Creo que tú y yo ya decidimos que no se nos daba muy bien ser amigos —vaciló Hugo. Y Dafne tuvo ganas de darle un golpe en toda la cara.
—Pues segundo entrenador y flamante capitana.
—Trato hecho. Y si el fútbol no sale bien, siempre puedes dedicarte a la música. Madre mía, hoy he visto cosas que jamás olvidaré…
—¡No te pases! Pero estoy alucinando con lo bien que canta Saylor, no tenía ni idea, el camarero ese, el señor mayor, ha llorado y todo…
—Sí. Es que es… increíble —reconoció—. Y creo que no se da cuenta. Un día estábamos viendo una peli y se puso a tararear y me quedé en plan: ¿podrías hacer lo que estás haciendo, pero un poco más alto? Flipé.
Dafne asintió, sonriente.
—¿Puedo preguntarte qué hay entre vosotros?
Hugo frunció el ceño.
—Me gustaría que fuéramos amigos.
—¿Quieres ser amigo de Say pero no mío?
—Venga, no te piques. Ha pasado por muchísimo desde lo mío con Saylor.
Y yo no la he apoyado lo suficiente y ella ha hecho cosas mal también pero ahora…
es que va a sonar raro, pero… Me siento afortunado solo porque me deje acercarme un poco.
Y no quiero moverme ni dar un paso en falso por si cambia de opinión. ¿Tiene sentido?
Dafne asintió.
Sí que lo tenía.
Nabeel
Viernes, 1 de noviembre, 01:00
Estoy llegando a Estels, te pillo
despierto?
He acabado de fiesta de
pijamas con tu hermano
Me alegro!
Tú te lo has pasado bien?
Sí.
oye
Me prometes que harás algo
por mí?
Qué quieres que te prometa?
Bueno
Antes de que lo digas: sí
Jajajaja
Vayamos a un karaoke, porfa!
Quiero verte arriba de un
escenario y quiero que me
mires mientras cantas una
canción
Vale.
Venga.
Pero tú cantas conmigo.