CAPÍTULO 43
Silas se había sentado en la terraza, sobre un cojín y bien ataviado con una manta que iba a tener que lavar en cuanto pudiera. Nabeel estaba a su lado y traía consigo dos tazas humeantes de manzanilla.
—No me puedo creer que hayas metido una tetera en tu habitación —dijo Silas.
—En realidad es un hervidor de agua. El otro día se me cayó encima de los apuntes de clase y me entró la risa imaginando qué me habrías dicho…
Silas sonrió. Puede que no le gustara el té, pero le encantaba tener una taza caliente entre las manos y al darle un sorbo se sintió bastante reconfortado.
—Echo mucho de menos compartir habitación contigo. Me habría encantado enfadarme por tus desastres —reconoció.
—Yo también lo echo de menos…
Silas le miró. Observó sus cejas gruesas y negras en caída libre. El arco de sus labios dubitativo. Los ojos fijos en esa taza.
—Siento mucho lo de tus padres y sobre todo siento mucho haber sido un amigo de mierda —dijo, al fin.
Nabeel no separó la vista de la taza cuando respondió:
—No pasa nada. Sé que… sé que los divorcios son cosas que pasan y que… Bueno, que están mejor separados. Que está bien que quieran ser felices.
—¿Cuándo ha pasado?
—Llevan ya varios años mal. Mi padre trabaja mucho fuera y creo que la relación se ha complicado —explicó—. Lo que me da pena no es eso. Bueno, que también. Es que me lo estoy perdiendo todo. He dejado a mis hermanos solos y tengo la sensación de que si estuviera en casa podría haber hecho algo…
Silas negó con la cabeza:
—No puedes ayudar a todo el mundo —dijo.
—Ya lo sé, es fallo mío porque…
—No, no es nada malo. Quieres ayudar a todo el mundo porque eres una persona buenísima, así de simple. Y yo tengo que aprender de ti porque… Es que nunca había tenido un amigo como tú. Y me jode darme cuenta de que te necesito…
Nabeel le miró a los ojos y dijo con claridad:
—Yo también te necesito a ti, tío. Que ahora salga con Daf-
ne no significa que me importes menos. —Silas carraspeó, impresionado por sus palabras—. Perdona por no haberte contado lo nuestro antes. No queríamos que te sintieras mal y al final ha sido peor. Fue un error.
Silas negó con la cabeza.
—No te preocupes. Yo… No sé. Me he rayado mucho, no he intentado hablarlo contigo y no sé por qué, si es superfácil hablar contigo.
Solo quiero volver a estar como siempre.
Y que sepas que… —había cogido carrerilla mientras hablaba y le preocupaba decir cosas sin sentido—.
¡Me encanta que estés con mi hermana! Te lo juro.
Y está todo bien y me encantaría que pudiéramos volver a hacer planes los tres.
Nabeel sonrió y esa fue una sonrisa que parecía de verdad, de esas que le ocupaban la cara entera y hacían que sus ojos pareciesen dos soles.
—Me alegro.
—¿Te ha dicho algo mi hermana? ¿Qué tal en el musical? Porque ha ido a ver un musical, ¿no? No lo he soñado…
Nabeel asintió con la cabeza. Cogió el móvil y se sentó a su lado. Leyó algunos mensajes y frunció el ceño.
—¡Ostras! Dice que no han llegado, que se les ha estropeado el coche pero que están todos bien…
—¿Entonces vuelven a Estels?
Nabeel siguió bajando por los mensajes.
—Al final han acabado en un motel, con un montón de guiris, en un karaoke y… Mira, ha mandado un vídeo.
Silas apoyó la cabeza en el hombro de Nabeel, él puso el móvil en horizontal, colocándolo frente a sus ojos y después le dio al play.