CAPÍTULO 42
Había sido una suerte que aparcaran el coche fuera de la carretera. Así, al menos, no interrumpirían el tráfico. Pero después de eso no habían podido arrancarlo. Saylor había explicado claramente cuáles eran sus tareas.
—Alguien tiene que llamar a mi padre y a la grúa, ahí cerca hay una gasolinera y podríamos pedir ayuda, y quizás debería llamar al teatro porque no vamos a llegar y se perderán los asientos…
Ella no quería hablar con su padre así que Dafne decidió acompañarla a la gasolinera. De ningún modo seguiría cerca de Hugo…
Pero esa tampoco estaba siendo tarea sencilla.
Saylor, con su vestido azul y rosa y ese abrigo negro, con los brazos apoyados en el recibidor, gritaba:
—¡No es tan difícil! ¡Solo le estoy preguntando si puedes salir a ver si el coche está roto o ha decidido dejar de funcionar!
El hombre no había desviado la vista de su teléfono móvil en ningún momento y tampoco lo hizo cuando respondió en un tono monocorde:
—Bonita, los coches no deciden dejar de funcionar así por las buenas. Es evidente que le ha pasado algo, pero no es mi trabajo arreglarlo.
—¡Sé que no es su trabajo! ¡Yo solo pido ayuda! ¡Le pagaré! —insistió Saylor, alzando los brazos.
Dafne le tomó el relevo.
—Disculpa, no sé si tiene algún otro empleado que le pueda cubrir, pero nuestro coche está cerca y sería cuestión de revisar el motor… es muy urgente que mi amiga llegue a un sitio esta noche…
De nuevo, no alzó la vista al responder:
—Las jóvenes de hoy en día creéis que el mundo se va a detener ante cualquier inconveniente…
Dafne suspiró, consciente de que no le harían cambiar de idea. Agarró el brazo de Saylor para marcharse de ahí. Antes de ello, Saylor exclamó:
—Bueno, ¡se supone que los enganchados al teléfono somos nosotros y usted no ha soltado el Candy Crush!
Dafne soltó una risotada y apretó un poco más el brazo de Saylor.
Una vez fuera de la gasolinera, fue ella quien se quejó:
—Me cago en todo, no voy a poder ver el musical. ¡Quería ver el musical! Me pone de los nervios no llegar a estas cosas…
—De pequeño, mi hermano tuvo un ataque de ansiedad porque no llegamos al cine —dijo Dafne.
—Me pasó… ¡No me gustan los trailers, pero odio perdérmelos!
—Creo que a los hermanos nos diseñan en pack: siempre tiene que haber uno que entre en pánico por llegar tarde a un sitio aleatorio y otro que intente mantener la calma.
—¿Y crees que si tu hermano no fuera el que hace cosas raras cuando está bajo presión, esa serías tú? ¿O también estarías tranquila?
—Lo que seguro que no haría sería robar una bolsa de chuches, que te he visto…
Saylor mostró una enorme sonrisa.
—¡Se lo merecía!
Y sacó de su abrigo esa bolsa de gominolas. La abrió y le ofreció unas cuantas. Dafne las cogió. Las dos avanzaron hacia la carretera.
—Esto… —golpeó una piedra que encontró por su camino—. No sé si ha sido idea de tu hermana o qué, pero me ha hecho ilusión que me invitaras hoy a…
—¿A casi tener un accidente de coche y después robar unas chuches?
—Exactamente. Ha sido un planazo, te lo prometo.
Saylor asintió.
—Fue idea mía. No tengo muchas amigas ahora mismo e ir a ver un musical sola me parece patético… Y… Bueno… Creo que… Que tenemos una conversación pendiente.
Dafne se mordió el interior de la mejilla y dijo:
—Hace mucho que te quería pedir perdón.
—Bien, pues hazlo —Saylor rio—. Es broma. Yo quería pedirte perdón también. Siento haber sido tan capulla contigo el curso pasado. Lo de la lesión no fue culpa tuya, espero que lo tengas claro, y fue horrible como me comporté…
Había esperado durante mucho tiempo esas disculpas. Sin embargo, cuando llegaron tuvo claro que no esperaba que se sintiesen así. No se sintió aliviada, ni feliz. Solo tuvo ganas de responder, muy, muy rápido:
—¡Yo también! Siento no haberte escrito en verano. No haberte preguntado cómo estabas… Creo que yo tampoco hice las cosas bien. Y he pensado mucho en ti.
—Ya me imagino al míster utilizándome como ejemplo a no seguir —murmuró Saylor—. Bueno, en realidad no creo que me utilice de ejemplo para nada. Darte cuenta de que en realidad importas poco no es tan malo como parece.
—¡No digas eso!
Saylor se encogió de hombros.
—Es que lo creo de verdad. Siempre me ha obsesionado un poco cómo me percibe el resto, pero… Tiene su punto de liberador saber que las cosas pueden cambiar de la noche a la mañana.
Dafne se mordió el labio. Ella no lo tenía tan claro. Aun así, añadió:
—Pero es muy guay que vuelvas a jugar…
Saylor ralentizó el paso y se giró para observarla. Bajo la luna de esa noche, su rostro resplandecía y sus ojos parecían dos estrellas guías.
—Supongo que sí —dijo, pero no parecía muy convencida—.
No lo sé. Es que el fútbol… Es raro, pero de pronto no me importa tanto como antes.
Después de que perdiera completamente la cabeza, me obligaron a que todas las cosas que antes lo eran todo para mí me dieran igual.
Bueno, no igual. Pero… es como si esperaran que pudieran importarme de una manera normal.
¿Sabes? Ni mucho ni poco. Es tan confuso…
A todo el mundo le tiene que importar llevarse bien con sus padres, estar sano, ser bueno en su deporte…
Pero no de una manera loca. Que te importe, pero no te obsesione.
Tener sueños pero que estos sueños no te definan ni midan tu valor…
. Pero… ¿cómo no va a definirme el fútbol si lo es todo en mi vida? Bueno, lo era.
—Pero lo sigues teniendo, ¿no? El fútbol. Y vas a volver a jugar, de una manera más sana esta vez.
Saylor negó con la cabeza. Cada vez más cerca de ellos, avanzando por el borde de la carretera, estaban Hugo, Rain e Irati, que les hacían gestos.
—No seré delantera, que es exactamente lo que siempre he querido —sentenció Saylor—. Nunca he querido ser centrocampista. Así que jamás será lo mismo. Y en cierto sentido, es mejor así.
Dafne se quedó con las palabras en la boca, pensando en si podía decir algo más, pero sin querer estropear nada. Además, acababan de reunirse con Hugo, Irati y Rain.
—El de la gasolinera no nos ha ayudado absolutamente nada —les explicó.
—Los de la grúa vendrán cuando puedan y Holt está de reuniones así que todavía no puede venir a recogernos… —dijo Rain.
—Pues menudo planazo de Halloween… —se quejó Saylor.
Rain y Hugo se miraron con una sonrisa cómplice. ¿Qué les pasaba?
Fue Hugo quien habló por fin:
—Resulta que se nos ha ocurrido otra manera de celebrar tu vuelta al fútbol…