CAPÍTULO 41
Había logrado dormir un buen rato. La luz del móvil le hirió los ojos cuando lo encendió.
Tomás
Todo bien en casa. Lo primero
que ha hecho mi padre ha sido
preguntarme por ti. Le he dicho
que estás malito. Me he sentido
un poco mal por no estar a tu lado.
En fin. Espero que te recuperes.
El corazón se le encogió.
Le seguía sorprendiendo formar parte de la vida de Tomás de la manera en la que fuera.
Chat Noir, en cambio, no le había mandado ningún mensaje más y había sido Silas quien se había animado a responderle:
Me he puesto malísimo.
Aunque no fuera excusa.
Nabeel estaba sentado cerca de él, seguramente hablando con su hermana.
Los tenía ahí a los tres, ya fuera real o virtualmente: los tres chicos de su vida, por muy ridículo que pareciera.
Si estuvieran en una cafetería, mirándose todos ellos a los ojos, Nabeel bebería una infusión, Tomás un café solo y Chat Noir uno con leche y hasta arriba de azúcar.
Le habría gustado recorrer tres universos paralelos a través de aquellas bebidas.
Uno en el que le gustase el té y en el que Nabeel fuera más que su mejor amigo y no le hubiera roto el corazón de la manera más delicada posible para después salir con su hermana.
Uno en el que el café solo no le diera arcadas y Tomás nunca le hubiera dicho mirándole a los ojos que no estaba enamorado y que jamás se enamoraría de él.
Uno en el que el café con azúcar no le empalagara y tuviera las agallas suficientes para llamar a Chat Noir por su nombre. Ahí, se atrevería a considerarlo como alguien real. No jugaría al fútbol y no tendría que soñar con una vida normal.
Pero no llevaba consigo ni infusiones ni cafés, lo único que le acompañaba eran las ganas de llorar.
Soñar era una condena. Fantasear con algo bueno le resultaba más doloroso que imaginar algo malo.
Se giró, hecho un ovillo. Vio una manta tirada en el suelo.
—¿Nabeel? Ya estoy mejor, de verdad, puedes irte…
Ya no lo veía.
Se inclinó un poco y reconoció su figura en la terraza, hablando por teléfono. Movía las manos muy rápido, como si en vez de gesticular estuviese representando una obra de guiñol. Por la suavidad de su tono, pensó que quizás hablaba con su hermana. Escuchó claramente:
—¡Tú siempre te lo pasas genial en casa de Clara!
Ya, entiendo que no te apetezca mucho lo de la película de miedo.
¿Qué? ¿Te quieres ir a dormir ya? Pues díselo.
Si tienes miedo o quieres que vayan a recogerte, siempre puedes llamar a aba o a mama y vendrán a recogerte.
Bueno, da igual si les has dicho que no lo necesitas.
Silas se puso de pie y se quedó a sus espaldas. Le vio sonreír. Nabeel siempre sonreía cuando hablaba con su hermana. Pero entonces, hizo una mueca:
—Esto no tiene nada que ver con que estén separados. Si está en casa de la tía, te puede ir a buscar igual, no les vas a molestar…
Silas sintió un escalofrío que en esa ocasión no tenía nada que ver con la fiebre.
¿Sus padres estaban separados? ¿Desde cuándo?
Era consciente de lo importante que era para Nabeel su familia.
¿Cómo estaría viviendo aquello? No se podía creer que no se lo hubiera dicho antes.
Aunque, claro, ¿cómo iba a hacerlo si estaban enfadados?
¿Cómo iba a confiar en él si no le dirigía la palabra?
Se sintió la peor persona del mundo. La más egoísta.
Nabeel exhaló un largo suspiro después de colgar el teléfono. Entonces se giró, haciendo una mueca.
—Silas, ¿estás bien? ¿Qué haces de pie?
Y él, en vez de responder, alargó los brazos y le dio un abrazo.