FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Dafne no podía creerse que hubiera acabado en esa situación. Hugo ni siquiera la había mirado cuando se había subido al coche y menos aún le había dirigido la palabra.

Se suponía que aquello era una celebración, pero desde luego el ambiente no se prestaba a ello. Todos estaban en silencio, escuchando la música que venía de la radio. Hugo y Saylor, sentados como conductor y copiloto respectivamente, hablaban entre susurros e Irati no dejaba de bostezar.

—Perdón, es que no he dormido muy bien estos días —confesó, apoyándose en el hombro de Rain y cerrando los ojos.

Dafne aprovechó ese momento para hablar con su amiga:

—Tía, ya me podrías haber dicho que venía Hugo —susurró.

—Pues, efectivamente, es el único que tiene carnet de conducir.

—No sé, podría habernos llevado un chófer.

—Pero ¿qué te pasa con Hugo? —insistió y los lazos rosas que tenía en la cabeza se movieron al compás de sus hombros.

—Pues nada, que es incómodo que nuestro entrenador nos lleve de fiesta, ¿no?

—¡Segundo entrenador! —exclamó Rain. Irati abrió los ojos, se recostó un poco mejor y volvió a cerrarlos—. Mejor bajamos la voz y que duerma un poco… —susurró, le apartó el cabello rubio de la cara y le dio un beso en la frente.

Dafne frunció el ceño. No le parecía que Irati estuviese muy dispuesta a salir de fiesta esa noche, ni tampoco a ver un musical. No ponía buena cara. Rain debió percibir su preocupación, porque dijo:

—Creo que se está esforzando demasiado…

Dafne frunció el ceño. Su móvil no dejaba de vibrar. Nabeel le había mandado una foto de su hermano en la cama. En el grupo de WhatsApp del equipo, Julia se quejaba de que la hubieran dejado sola.

—Oye, ¿y cuál es el plan? —preguntó Dafne por encima del ruido de la música.

—Ya te lo he dicho, ¡vamos a ver un musical! —exclamó ella—. Bueno, una especie de musical. En realidad, ponen una película y salen cantantes y actores a interactuar con el público. Es un formato importado de Estados Unidos.

Irati murmuró algo y después bostezó.

—En realidad no me gustan los musicales —reconoció ­Saylor.

—¿Entonces por qué quieres ver uno? —inquirió Dafne.

—Pues porque tampoco me ha gustado nunca jugar de centrocampista, y ahora es lo que me toca hacer. Así que celebro este logro a medias y además igual descubro que me gustan los musicales, ¿no?

Rain rio con ganas.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Saylor, girando su torso hacia ella.

—Pues que eres muy divertida y que te quiero mucho —reconoció Rain.

Saylor ni siquiera respondió.

—Por cierto, ya lo he dicho antes pero no me pueden gustar más vuestros disfraces —comentó Dafne.

—Creo que tenemos una foto de pequeñas con unos parecidos. Es que a mis padres les flipaban las pelis de terror. Y luego a nosotras nunca nos dejaban ver las películas de las que nos vestían en Halloween —aclaró Saylor.

Rain miraba por la ventanilla mientras hablaba:

—Sí. Era muy guay. De hecho reconozco que si pensé en este disfraz fue porque me encontré con la foto en un cajón del armario de papá. Se ve que la imprimió…

—Mola mucho —sentenció Hugo.

Dafne se encogió un poco en su asiento. Le pareció que Say-

lor iba a añadir algo, pero entonces miró hacia un lado y dijo:

—Hugo, no es por meterme con el conductor, pero ¿no estás yendo un poco lento?

Al fijarse, Dafne se dio cuenta de que estaba nervioso.

—No sé qué está pasando, creo que… Es como si se me hubiera reventado una rueda… No… No tira —reconoció.

—¡Tendría que conducir un profesional! —exclamó Saylor.

—Bueno, yo tengo el carnet de conducir así que no sé qué problema hay…

—¡Pues que estás haciendo algo raro con el coche! Tendrías que salir de la carretera, ¡venga! ¡Sal! —insistió Saylor, cuya voz se volvió aguda.

—¡Eso intento!

Irati se despertó de golpe y los miró a todos muy confundida, como si no tuviese muy claro si seguía soñando.

Hugo giró el volante violentamente y por fin logró salir de la carretera justo en el momento en el que el coche se quejó por última vez y el motor se dio por vencido.

Entonces, Saylor puso brazos en jarra y exclamó:

—¡Ya está! ¡Me voy a quedar sin ver el musical por vuestra culpa!