CAPÍTULO 35
Exhaló todo el aire que tenía en sus pulmones y de pronto le dio miedo quedarse sin.
Necesitaba aire, mucho aire para poder enfrentarse a todo aquello.
Había pasado unos días muy estresado, con demasiadas preocupaciones en la cabeza, preocupaciones que tenían que ver sobre todo con Chat Noir, con los días que llevaba sin responderle a los mensajes y sobre todo con el insulto que había escuchado durante el partido.
Y de pronto estaba en el hospital. Lo de su abuela solo había sido una mala caída, pero aun así sentía que el mundo entero se había detenido.
Avanzó por el pasillo del hospital junto a sus padres y muy cerca de su hermana, que le agarró del brazo y comentó:
—La última vez que vine al hospital fue cuando Saylor se lesionó. ¿Te lo puedes creer?
—Pero no fue este, ¿no?
—No, pero todos los hospitales parecen iguales.
—Estás como una cabra.
Dafne clavo en él sus ojos marrones y preguntó:
—¿Estás pensando en Tomás?
Silas no respondió. Simplemente asintió con la cabeza.
Sus padres se detuvieron frente a la habitación y abrieron la puerta con suavidad.
Ahí estaba la abuela, tumbada en la cama con una pierna en alto y un cabestrillo en el brazo.
Ella, que siempre había sido una mujer vivaz y dicharachera, tenía la mirada ausente.
Sus arrugas parecían más pronunciadas, las ojeras marcadas y la sonrisa marchita.
—¡Los mellizos han venido a verte! —anunció su padre, acercándose a ella.
Y la abuela trató de incorporarse un poco.
Silas y Dafne se acercaron un poco más, para darle un beso y cogerla de la mano buena. En cuanto pudo, la abuela agarró a Silas, le llenó la cara de besos y le dio un fuerte abrazo.
—Hola, a ti también, Dafne, corazón. Qué alegría me habéis dado —dijo un poco después.
Cuando se volvió hacia su hermana, vio que estaba emocionada. La abrazó.
Su madre se adelantó entonces y dijo:
—Mira, te han traído una foto de cuando eran pequeños. Te la voy a dejar aquí en la mesita…
Silas reconoció la foto enseguida.
Debían de tener ocho años.
Estaban en el jardín de la casa del pueblo de su abuela, posando al lado de un limonero.
Los dos sonreían con ganas. Llevaban camiseta de tirantes, pantalones cortos y zapatillas de deporte.
Dafne sujetaba una gallina. Acababan de participar en una carrera.
Dafne había quedado primera de las chicas y la gallina había sido su premio.
—La abuela quería que me cambiara de ropa justo después de la carrera —comentó Dafne en voz muy baja—. Me dijo que con vestido parecía una princesa y que le daba pena que sus amigas no me vieran así.
—Tú siempre le decías que no podías ser princesa porque tenías pelos en las piernas, era súper gracioso —añadió Silas, susurrando.
—Pues a los abuelos no les hacía tanta gracia. Jolín, recuerdo ese día perfectamente…
—Y yo. Quedé segundo en la carrera y estaba un poco triste. La abuela me pasó un brazo por encima del hombro y me dijo…
—Que yo solo había ganado la carrera de chicas, que tú eras más rápido.
Os escuché. Os escuchaba siempre a escondidas, sobre todo cuando la abuela te llevaba a algún sitio apartado para contarte un secreto —aclaró Dafne—.
Me dio tanta rabia que te dijera eso… Pero tú enseguida respondiste que no, que yo era muy rápida.
—Es que es verdad.
—Qué buen hermano eras entonces. Nada que ver con ahora…
Los dos rieron.
—El imbécil del hijo del dueño del bar me sacó ventaja. Por eso no gané. Se lo dije a la abuela y ella me dijo…
—Que para qué querías una gallina.
—¡Es que menudo premio!
Los dos se quedaron mirando. Silas se sentía mucho más tranquilo, como si se hubiera quitado un peso de encima.
Su madre se acercó a ellos entonces y les dio un beso en la mejilla a cada uno.
—Venga, chicos. Vamos a dejar a la abuela descansar, que además tenéis que volver ya a Estels.