CAPÍTULO 31
F.A.R. JUVENIL A EQUIPO MASCULINO
Miércoles, 16 de octubre, 00:30
ARTURO
oyeeeee! Habéis visto esto???
/link/
@Futbolcorrupto ¿?? Flipo!
Somos nosotros
parece una cuenta anónima
no?
BOSCO
es una foto del último partido,
no? que jugamos sucio y que
robamos jugadores? Qué
cojones?
ARTURO
como si quisiéramos a Tomás
aquí LOL
MARC
dicen que hicimos trampas??
BOSCO
hostia, que han dejado
también comentarios en mi
perfil! Y en los vuestros! Los
de todos! Contando mentiras
y mierdas!
ROWAN
algo estaremos haciendo bien
si despertamos tanto interés!
ARTURO
a mí no me hace ni puta
gracia que hablen de
nosotros! Dicen que saben
todos nuestros secretos y
que los van a sacar! Qué es
esto??? Gossip Girl???
BOSCO
qué cojones es Gossip Girl???
ARTURO
Nada, una serie de chicas q le
gusta a Julia. Tenemos que
descubrir quién está haciendo
esto!
CHAT NOIR
Miércoles, 16 de octubre, 19:30
Oye, podríamos quedar
un día, no?
En el FAR, imposible
Pero te dejan salir a veces, no?
en plan permiso penitenciario
En cuanto recibió el mensaje, salió de la conversación y bloqueó el móvil como si así fuese a desaparecer.
Pero, claro, no se lo quitaba de la cabeza.
Le dolía haber dejado el mensaje en leído, porque no era capaz de tener esa conversación con él. De ningún modo se imaginaba viéndole. ¡No! ¡Imposible!
Había terminado de cenar y se había marchado a una colina con el balón en la mano y ahora se dedicaba a dar toques, uno tras otro, intentando no pensar en nada, sobre todo en Chat Noir.
Pero claro, a fuerza de obligarse a no pensar en ello, lo pensaba aún más y cada poco tiempo revisaba sus mensajes para comprobar si le había escrito otra vez.
El cielo a su alrededor era de un azul añil y empezaba a hacer un poco de frío.
Entonces lo vio: unos ojos verdes que en la oscuridad se veían del mismo color que el de la noche. El cabello rojo ya le había crecido desde su llegada a Estels y se le había rizado por las puntas.
Silas lanzó el balón por la colina, que rebotó contra el suelo y después directo a las manos de Tomás.
—Hola… Solo estaba haciendo unos toques —le saludó Silas.
—No tienes que justificarte —rio Tomás.
Entonces, introdujo el pie en el espacio entre sus piernas y se hizo con el balón. Silas trató de recuperarlo, de poner freno a sus regates. Como le resultó imposible, optó por ponerle la zancadilla y, así, cuando él ya estuvo en el suelo, recuperó su balón.
—¿A veces no te parece un poco ridículo lo que hacemos?
—preguntó, dándole la mano para ayudarle a levantarse—.
Jugar al fútbol, digo. Pasarnos el día entrenando y que, cuando no estemos entrenando, sigamos jugando, dando toques, viendo partidos o aprendiéndonos la alineación eslovaca.
Desde fuera es normal que parezca tontísimo.
—Bueno. Es que es lo que nos divierte, ¿no? El fútbol.
—¿Tú siempre te diviertes jugando?
—Siempre —respondió Tomás.
No le creyó.
Sin embargo, esa noche, con todo Estels para ellos, sí que se estaba divirtiendo.
Recuperaron el juego normal. Silas respondió a todos sus pases, parando cada uno de los balones, y avanzaron juntos como si los dos fueran delanteros esa vez.
Silas se sintió cada vez más agotado, con el sudor empapándole el rostro, pero no quería ser el primero en detenerse.
De pronto, Tomás paró en seco, haciéndose con el control del balón y mirándole a los ojos antes de preguntar:
—¿Estás aquí huyendo de algo?
Silas frunció el ceño.
—No. ¿Qué quieres decir?
—Nada, no me entiendas mal. Es que últimamente estás un poquito raro… Más raro de lo normal, quiero decir. Y me he dado cuenta de que no hablas mucho con ese amigo tuyo. Con Nabeel. Pensaba que estabais súper unidos.
Silas frunció el ceño, sorprendido porque Tomás le prestara atención.
—Pues… Sí. Estamos un poco… distanciados.
—¿Y por qué? Es curiosidad, nada más. ¿Es porque al final sí que está saliendo con tu hermana? ¿Tan infantil eres?
—Joder, Tomás. ¿Desde cuando eres así de observador?
—Yo diría que te observo lo mínimo.
—¡No te pases! —exclamó, golpeándole el hombro—. No es porque estén saliendo. O al menos no del todo. Siempre he pensado que hacían buena pareja. Pero… es que me lo ocultaron, ¿sabes? Siento que siempre me lo ocultan todo.
Lo que no añadió fue que, por una vez en su vida, le habría encantado ser la prioridad de alguien. Que ahí residía el problema.
Tomás le quitó el balón y echó a correr con él, obligando a Silas a seguirle. Él agradeció dejar de hablar del tema.
—¿Seguirías jugando al fútbol sin ella? Sin tu hermana —preguntó Tomás.
—Pues claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Por curiosidad. Quería saber por qué jugabas a fútbol.
Silas miró a Tomás a los ojos y, cuando le pareció que estaba distraído, le quitó el balón. Parecía pendiente de él…
«Por ti», estuvo a punto de responder. Porque el fútbol y Tomás seguían estando unidos.
Porque Silas no sabía si le gustaba el fútbol en realidad, o si solo jugaba por pura supervivencia.
Desde luego, no le gustó el fútbol hasta que le conoció a él y se dio cuenta de que le hacía feliz.
Que quería pasar la vida entera persiguiendo a ese chico pelirrojo con un balón como única distancia de seguridad.
Pero no le respondió eso.
—Supongo que… Siempre me he sentido más libre jugando. Como si pudiera pensar con claridad. Hasta entonces solo me había sentido así cuando pintaba y al ponerme frente a un balón me di cuenta de que sentía lo mismo, pero no necesitaba irme a ningún mundo imaginario. Todo es real en el campo.
Si bien consideraba que el fútbol le había salvado la vida, a veces estaba convencido de que se la había fastidiado también.
El fútbol era un disfraz, sí, sobre todo cuando eras gay.
Nunca podría ser él mismo mientras jugara.
Y algunas veces se preguntaba si había algún contexto en el que podría ser él mismo de verdad.
—Entonces, ¿te habría gustado que tu hermana no jugara a fútbol? ¿Qué el deporte fuera algo tuyo únicamente? —preguntó Tomás.
Silas no dudó:
—No.
—¿Por qué?
—¡Pues porque Dafne es una crack! Ya la has visto.
Tomás sonrió y, aprovechando el momento, le robó el balón de los pies. Silas intentó impedírselo, pero trastabilló y cayó, dándose de culo contra el suelo.
—Ay… —murmuró.
Y unos instantes después, ya tenía a Tomás ahí, dándole la mano.
Se la estrechó y dijo:
—Qué intenso eres.
—Pues sí, lo soy. ¿Qué le vamos a hacer? A veces siento que es la cruz de mi existencia. Me voy a tener que hacer cantante y componer buenas letras o llenar una exposición con mis cuadros. Con pseudónimo, claro.
—¡Exagerado!
—Tú en cambio no eres nada intenso, ¿no? A ti los sentimientos… ¡Puf! Te resbalan.
Tomás dio un paso hacia delante. Ya podía respirar su aliento. Estaba sudado y las gotas de sudor casi le alcanzaban.
—Yo no he dicho eso. Nunca he dicho eso.
Bajó la vista al suelo y cuando la abrió había una sombra de seriedad en su rostro.
—¿Quieres hablar del tema?
Silas negó con la cabeza. No quería estropearlo todo.
No quería hablarlo. Le daba rabia que Tomás lo planteara siquiera.
Le daba rabia que pudiera escoger cuándo hablar del tema y cuándo no.
Para Silas, era algo que estaba siempre en su cabeza, como un ruido de fondo permanente, una herida que nunca dejaba de supurar.
No tenía sentido hablar de aquello porque la conclusión a la que llegarían sería la misma que la última vez.
Tomás esbozó una media sonrisa, como si hubiera ganado.
—¿Sabes? Creo que el que les tiene miedo a sus sentimientos eres tú y no yo. Por eso buscas ponerle nombre a todo. Racionalizarlo —se acercó un poco más y le dio un golpecito en la sien—. Tienes que dejar de sentir desde aquí, y hacerlo desde aquí —le dio un toque en el corazón.
Silas sintió que las piernas le fallaban.
«¿Y qué sientes tú?», quiso preguntar. Porque lo que le había dicho era cierto.
Necesitaba poner en palabras todo lo que le salía de la cabeza o del corazón porque no terminaba de creérselo.
Porque estaba cagado de miedo. Porque una vez interpretó un tonteo, un abrazo, como amor y le dio un beso y descubrió que Tomás no le correspondía.
Porque después interpretó más besos, más tiempo juntos, como una relación real y Tomás le dijo que no estaba enamorado y que no lo estaría nunca.
¿Cuál era el problema entonces?
Que Tomás había vuelto.
Había cambiado de centro. Ahora estaba ahí y aunque una vocecita le susurrara que quizás lo había hecho por él, estaba claro que se equivocaba.
Sus sentimientos estaban unidos a Tomás, igual que sus certezas, y cuando Tomás le rompía una certeza, Silas se perdía un poco más a sí mismo. Se perdía dentro de él.
Pero eso no podía decírselo.
Si lo decía en voz alta y Tomás confirmaba sus sospechas, el juego terminaría antes de haber empezado.
«Quiero que me recuerdes por qué amo el fútbol, quiero recordar cómo me sentía al principio». Quizás ahí estaba la clave: recordar cómo se sentía cuando nada importaba, antes de explicarlo todo, cuando solo era un juego. Quizás podía estirar aquello eternamente, ser así también con él.
Silas lanzó el balón de nuevo.
Tomás corrió a por él.
Volvieron a jugar.