CAPÍTULO 26
El lunes siguiente a un partido de fútbol, siempre se movía por Estels como si estuviese sonámbula. Después del subidón de adrenalina, toda la tensión y todos los nervios, le costaba mucho reiniciar el contador y volcarse de nuevo en sus obligaciones: ir a clase, hacer deberes y entrenar.
Ese día tenían algo diferente en la agenda: un control de doping aleatorio. Pero mientras se dirigía con sus amigas a la enfermería que, desde luego, no era lo suficientemente grande como para recoger a todos los alumnos a la vez, Dafne solo tenía una cosa en la cabeza:
—En serio, ¿estoy loca o ayer vi a Hugo en las gradas durante el partido? —le preguntó a Rain.
Ese día, Rain había recogido su melena llena de trenzas en una coleta baja y estrenaba orgullosa su nuevo piercing en la nariz.
—Loca no estás. Y si de veras imaginaras a alguien en unas gradas, tendrías que ir a hacerte un chequeo.
¡Bueno, que quizás este control de drogas no te iría mal!
—rio—. Hugo fue al partido, supongo que porque quedó con Saylor ese día…
Sinceramente, no sé si a mi hermana le hace bien ver tanto fútbol.
Pero bueno, tampoco es como si me contase nada.
Ahora Hugo y ella parece que se entienden mejor que nunca.
—Qué movida —murmuró Irati.
Dafne asintió.
—¿Y por qué no me dijo nada? —preguntó Dafne, llevándose una mano a la barbilla.
—¿Hugo? ¿Habéis hablado?
—Pues un poco, sí, el día de mi cumple…
—¿Tú no estabas con Nabeel? —inquirió Irati, que caminaba al lado de ellas dos.
Dafne enrojeció.
—¿Cómo lo sabéis?
—Eres más transparente de lo que crees —respondió Irati, sonriendo y pasándole un brazo por el hombro.
Dafne fue consciente de que tenía mucho que hablar con ellas. Le preocupó un poco ser tan obvia.
—Entonces Hugo y tú no tenéis nada, ¿no? —insistió Rain.
—No, solo me preocupo por él…
En ese momento llegaron a la entrada del auditorio.
—Chicas, separaos en tres filas, por favor —les indicaron.
Adivinó cuándo iba a producirse el pinchazo y respiró hondo una, dos y tres veces. A la tercera, entrecerró los ojos y lo sintió. Un dolor agudo, como el que produciría una abeja clavando su aguijón, que solo se prolongó unos instantes.
Dafne abrió los ojos y vio la aguja separándose de su piel.
La enfermera le sonrió.
—¿Ya has pasado antes a dar el pipí?
Dafne contuvo una carcajada.
—¿Pipí?
—Sí, a mí también me ha sonado raro —dijo la enfermera, sonriendo.
—Sí, ya he acabado.
—Perfecto, Dafne. Puedes marcharte.
Dafne trató de localizar a su hermano con la mirada. Debía de estar cerca. Habían reunido a todos los de segundo de bachillerato en enfermería para ese control de dopaje y Dafne se sentía igual que cuando había campaña de vacunación en su colegio.
Lo encontró al fondo, recibiendo el pinchazo con los ojos cerrados. Nunca le habían gustado las agujas. A su lado, estaba Rowan, con el que ya habían terminado.
—Es normal encontrarse mal después de esto, ¿no? —preguntó.
—Sería normal si te hubiésemos vacunado, ¡esto es otra cosa!
—Entonces mejor me siento por aquí…
Dafne sonrió al ver la escena y se abrió paso entre el gentío. Hasta que no salió del auditorio no se dio cuenta de lo cargado que estaba el ambiente ahí dentro.
Sus amigas la esperaban fuera, sentadas en un banco. Julia, Rain e Hipólita estaban ahí, en silencio. Dafne se dejó caer a su lado.
—No sé por qué me dan tan mal rollo estas cosas —dijo Dafne.
—¿Algo que ocultar? —preguntó Julia con una sonrisa—. Yo lo que no entiendo es que lo llamen control de doping «aleatorio» cuando nos avisan el día de antes.
—Pero eso es para que nadie se escaquee —dijo Rain—. Y te entiendo, Daf. Es como cuando le pillan las chuletas a alguien en un examen y te sientes mal tú también, como si fueses tú quien ha copiado.
—¡Literal! —exclamó Dafne.
—Echo de menos la falda de mi antiguo uniforme, me encantaba poner las chuletas en el dobladillo… —se quejó Julia.
Dafne no respondió. No podía quitarse de encima ese regusto amargo de los labios. Irati apareció entonces, arrastrando los pies como si estuviese muy cansada, pero sonriente. Encontró un hueco al lado de Rain, que la estrechó entre sus brazos y la besó en la coronilla.
—¡¡Tías, tengo un planazo! —exclamó Julia—. ¿Nos vamos a la piscina? Los chicos me han dicho que vienen enseguida.