CAPÍTULO 23
Antes del primer partido, primera vuelta
F.A.R. Estels vs. F.A.R. Alicante (casa)
—Joder, ¿cómo puede oler tan mal aquí? ¿Pero este autobús no se limpió en verano? —preguntó el míster, a la media hora de iniciar el viaje a Alicante en el primer partido de la liga.
—Es cosa vuestra, de todas formas… —mientras hablaba, Rowan sacó el desodorante en spray y lo roció todo un poco más.
—¡Te voy a tirar eso por la ventana!
Silas sintió que le estaba entrando jaqueca de toda esa mezcla de olores. Nabeel, a su lado, no lo estaba pasando mucho mejor: casi desde que se había subido al autobús se apoyaba en la ventana y sujetaba con fuerza el respaldo de la silla que tenía en frente. Parecía muy mareado.
—Puedes ponerte delante, si quieres —le animó Silas.
—¿En serio?
—¡Nabeel, que no somos siameses!
—¡Porque tú lo digas! En fin, sí… voy a pedir una bolsa…
Se puso de pie y avanzó con cuidado por el pasillo del bus mientras todos sus compañeros le jaleaban. Silas lo vio llegar a la silla de delante, al lado del míster. Él sacó su móvil, se puso los cascos y pulsó el aleatorio.
Empezó a sonar July de Noah Cyrus.
I’ve been holding my breath
I’ve been counting to ten
Over something you said
En ese momento, recibió un mensaje y se hundió un poco más en su asiento.
Era Chat Noir quien le había escrito, esta vez por WhatsApp.
No es que hablaran a diario, pero cada vez que recibía un mensaje suyo se instalaban los nervios en su estómago.
Seguía aterrado ante la perspectiva de que alguien le descubriera y, al mismo tiempo, le llenaba de calidez saber que había alguien al otro lado de un teléfono esperando sus mensajes.
Y contra quién juegas?
Hoy alicante, pero no soy titular
Entonces: ¡plaf! Oyó un fuerte estruendo.
Se giró hacia el pasillo y vio a Tomás a punto de estrellarse contra el suelo.
Se había levantado de su asiento y le habían puesto la zancadilla.
Logró reponerse y se sentó a su lado. ¡A su lado!
Hacía mucho que no lo tenía tan cerca y pronto su cuerpo entero se tensó.
Sabía que Chat Noir estaba escribiendo. Rápidamente puso el móvil con la pantalla hacia abajo, para que Tomás no lo viera. Lo único que logró fue que soltara una carcajada.
—¿Con quién hablabas? —quiso saber.
—Eh… Pues… Con mi hermana —balbuceó —. ¿¡Y a ti qué te importa!?
—No me importa, solo preguntaba, por curiosidad. Si estás saliendo con…
Silas le asestó un golpe en el hombro.
—¡Cállate!
Entonces, Tomás bajó la vista, con el móvil en las manos y escribió algo, asegurándose de que Silas no podía verlo. Silas recibió la notificación. Después otra. Después otra.
Tuvo que coger su móvil para ver qué le había escrito.
Hola
Soy Tomás
Sabía que no podrías
contener las ganas de
leer el mensaje
Eres un ansia
Te odio.
Se me había olvidado lo fácil
que es hacerte rabiar.
Tomás tenía una carcajada atascada en el pecho y Silas se sentía mal por habérsela provocado. No quería hacerle reír. Sabía que la única razón por la que le había mandado ese mensaje era para descubrir con quién hablaba.
¿Pero de veras tenía curiosidad o solo quería molestarle?
Bloqueó el teléfono y volvió a ponerse los cascos.
En cuanto se giró, vio los ojos de Tomás clavados en él una vez más.
—¿Qué escuchas? —le preguntó Tomás—. ¿Te da vergüenza?
Hizo un amago de quitarle el teléfono, pero Silas no pensaba dárselo. Se enzarzaron en una pelea por el dispositivo y, entonces…
—¡Ay! —exclamó Tomás—. Joder, Sil, ¿quién cojones tiene encima un imperdible abierto guardado en el bolsillo?
«Joder, Sil».
Sintió que regresaba al pasado. Volvían a ser dos críos que jugaban al fútbol en un equipo que solo componían ellos dos. «Pásamela, Sil». «Aguanta, Sil».
Tomás ni siquiera lo miraba, pero brillaba bajo los rayos de sol que se colaban por las ventanas del autobús.
Su cabello rojo centelleaba, la cicatriz en la cara le hacía parecer una estatua que se había caído al suelo y cuyo escultor había reparado con cariño.
Tomás se llevó un dedo a la boca y se lamió la sangre que se había hecho al cortarse con el alfiler.
Ni siquiera lo miraba y aun así Silas apartó la vista, sintiendo que todo su cuerpo se estremecía.
Comprendió que había cosas que nunca cambiaban. Que él seguía siendo ese chiquillo asustado que se refugiaba tras un balón de fútbol. Había crecido, sí. Caminaba más erguido, le daba menos miedo mirar a la gente a los ojos y sonreía más. Pero su corazón era el mismo. Y el de Tomás, también.
En esos momentos se dio cuenta de hasta qué punto la había cagado.