FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Toc-Toc

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Dafne cambiaba su peso de una pierna a otra, haciendo tiempo mientras esperaba a que su hermano le abriera la puerta de su habitación.

Cabía la posibilidad de que no lo hiciera, claro.

Pero en esa ocasión, no pensaba darse por vencida.

Al día siguiente (o dentro de unas horas, mejor dicho), jugarían el primer partido de la temporada.

Quizás Silas quisiera descansar, o huir de ella…

Pero es que su habitación se estaba volviendo cada vez más pequeña, la asfixiaba.

Lo único que pensaba era en lo mucho que necesitaba hablar con él.

Y para colmo, cada vez que iba a verle, la habitación contigua, la de Nabeel, era un recordatorio inevitable. ¿Cuándo sería el mejor momento para contarle a Silas su relación con él?

—¡Silas! —La puerta estaba ligeramente abierta. Dafne se asomó—. ¡Sil!

La luz era tenue y se dio cuenta de que su hermano estaba en la terraza de la habitación, que conectaba con la escalera de incendios.

Se giró hacia ella. Llevaba una camiseta de pijama de Los Simpson, una que sabía que le había robado a Nabeel, y unos pantalones de un uniforme de fútbol viejo.

Sus ojos grandes y marrones se habían opacado y bajo ellos había ojeras.

Se fijó en que la habitación estaba más desordenada de lo normal.

—¿En serio entras en mi cuarto? ¿Y el espacio personal?

—Somos hermanos, nosotros no tenemos de eso… —dijo Dafne—. Además, la puerta estaba entreabierta.

—Siempre la dejo así antes de un partido. Por si acaso me duermo y tienen que venir a despertarme…

—Qué exagerado eres —suspiró Dafne—. ¿Qué haces?

Silas le enseñó el móvil, concretamente, un post de Instagram con un vídeo que Tomás había publicado unas horas atrás. En él se veía a un niño pelirrojo, sin cicatriz en la cara, que reía mientras patinaba sobre hielo agarrando de la mano a una mujer también pelirroja.

—Tomás nunca sube cosas de su familia a redes. Es bastante raro. Es que… yo solo quiero saber si está bien. Cómo se sentirá —explicó.

—¿Por qué no se lo preguntas? Literalmente lo tienes a unas habitaciones de distancia.

Silas se encogió de hombros.

Dafne se hizo un hueco a su lado en la ventana.

Para su sorpresa, Silas no se apartó. Quería hacerle muchas preguntas, indagar más en su malestar con Tomás o incluso armarse de valor y confesarle que había besado a Nabeel en la fiesta y que ya no quería separarse de él.

Pero no quería estropear ese momento, ese instante perfecto.

—Oye, no te lo he preguntado… ¿Qué querías? ¿Buscabas a Nabeel o algo? —preguntó Silas.

—Te buscaba a ti —dijo Dafne mientras jugaba con un mechón de pelo—. Es que… Hoy empieza la liga y quería…

—La liga empieza mañana. Y yo no juego, por si no lo sabías.

En vez de respirar hondo de nuevo, prefirió pegarle un golpe en el pecho.

—¡Silas, para ya! ¡Mañana ya es hoy! Y quería traerte algo. ¡Cierra los ojos y dame la mano!

Silas resopló. Dafne le agarró la mano, colocó algo dentro y la cerró de nuevo.

—¡Ay! ¡Pincha! —dijo Silas. Abrió la palma de la mano de nuevo y encontró en el centro un imperdible abierto con la punta afilada.

—Es un amuleto de la suerte —explicó Dafne—. Para que a partir de ahora todo te salga de maravilla. Me apareció suelto haciendo limpieza de dorsales en casa. ¿Recuerdas? De las carreras que hacíamos juntos. Es mágico. Te lo juro.

Silas lanzó un suspiro eterno, pero por lo menos no la miraba con odio. Estiró bien la espalda y alzó la barbilla hacia el cielo.

Años atrás Dafne llegó a considerarse mágica solo por el modo en el que la miraba su hermano: con ilusión, con admiración… Y en el modo en el que le miraba de repente podía ver un destello de todo aquello…

—¡Ya te vale! —exclamó Silas, aún sin devolverle el imperdible—. ¿Te acuerdas de todos los amuletos falsos que me dabas de pequeños? Es que encima eran basura: pedruscos, muñecos de los que te venían en el menú infantil del McDonalds o en los huevos Kinder.

—¿Y qué tiene de malo? No hay tiendas de amuletos…

—De hecho, las hay… —Silas esbozó una sonrisa de medio lado. La comisura de sus labios arrugó la piel como una hoja marchita.

—¡Esto da suerte! ¡Te lo prometo!

—Pues los que me dabas de pequeño no funcionaban nunca. Solo conseguías que me obsesionara con no perderlos. Recuerdo que una vez perdí una de tus estúpidas piedras mágicas y lloré muchísimo…

—Pues porque sabías que funcionaba.

—¡Porque me daba miedo! Por eso los tengo todos guardados en una caja… Por si acaso.

Dafne sonrió y le agarró la mano, estrechándola con fuerza.

—Este va a funcionar. ¡Lo sé! Y, además, no lo puedes perder… ¡es un imperdible!

—Qué tonta eres… —murmuró Silas.

Pero guardó el imperdible en el bolsillo de su pantalón.

—Es tarde —dijeron los dos a la vez.

Lo era. Ya era casi la una de la madrugada. Si algún supervisor los descubría en la terraza se meterían en un buen lío.

—Suerte mañana —dijo Silas al final.

—Lo mismo digo. No te acuestes tarde.

Se acercó un poco y le plantó un beso en la mejilla.

Después, se puso de pie y se encaminó fuera de la habitación, dejando a Silas aún en la terraza. De camino hacia su planta de la residencia la embriagó una sensación agradable: estaba convencida de que ese amuleto que le había entregado a su hermano iba a funcionar… para los dos.