CAPÍTULO 21
En una clase de psicología de cuarto de la ESO, había escuchado las palabras: profecía autocumplida.
Básicamente, una concepción falsa de una situación despierta un comportamiento que hace que esa situación se vuelva verdadera.
Cuando su profesor habló del término en aquella clase años atrás, Dafne le pasó un papelito por debajo de la mesa que decía: «Eres tú, literal».
Y es que Silas solía predecir sus propios fracasos. Juraba que así le dolían menos. Aunque, en realidad, solo se acostumbraba de manera anticipada.
Cuando recibió un correo sobre su admisión en el F.A.R. Estels leyó: «Estimado Silas Cabezón» y su cabeza completó el resto. Hasta que su madre no revisó el mensaje en voz alta no se dio cuenta de que le habían admitido.
El equipo estaba reunido en la misma sala de reuniones que el curso pasado, aunque en esa ocasión solo estaban los alumnos de segundo de bachillerato.
El procedimiento era el mismo al que recordaba: el míster tiraría unas pelotas de fútbol diminutas a cada uno de los seleccionados y después mostraría su nombre ubicado en una organización 1x4x3x3.
Nabeel se estableció como centrocampista, Rowan como delantero, Marc como delantero…
El míster, seguía tirando pelotas de fútbol diminutas a todos los seleccionados y cada vez que la pelota no le caía a él confirmaba sus sospechas.
Hasta que la pelota aterrizó en las manos de Héctor, el otro portero, y Silas se hundió en su silla culpándose por provocar su propia derrota. Aunque sentía que se la merecía, no le parecía justo. Quiso gritar, pero no dijo nada.
La selección terminó poco después y quien sí gritó fue Tomás:
—Esto no tiene ningún sentido. ¡Me habéis cogido en el equipo para no seleccionarme! ¡Me habéis pagado para que al final no sea titular! He renunciado a muchísimas cosas por estar aquí y…
Silas parpadeó unas cuantas veces y aferró la mano en su silla, impresionado.
Hasta ese momento se había sentido muy confuso con respecto a la decisión de Tomás de trasladarse a Estels.
Había buscado una razón para su traslado, incluso fantaseado con que esa razón fuera él.
Sabía que existía la posibilidad de que se debiera simple y llanamente a una cuestión de dinero, la promesa de que el traslado beneficiaría su carrera.
Pero escucharlo así, en voz alta, le dolió mucho más de lo que esperaba.
—Qué fuerte… —susurró Rowan, a su lado, como si estuviese comentando una película. Convenientemente, la funda del móvil que llevaba ese día tenía una ilustración con un bol de palomitas.
Tomás se puso de pie, con los puños cerrados, una vena tensada en su cuello y el rostro más encendido que su pelo. Aquello parecía una rabieta de niño pequeño.
En la sala se hizo el silencio, todos parecieron contener la respiración hasta que el entrenador gruñó:
—Yo no te quería aquí y seleccionarte o no, al menos, sigue siendo decisión mía.
—¡Esto sí que es fuerte! —dijo Rowan un poco más alto.
—Pues me voy. ¡A tomar por culo! —dijo Tomás, que no lo dudó antes de recoger sus cosas y marcharse por la puerta.
—¡Y se va!
—¡Calla, Rowan! —le regañó Marc.
Y después todos se quedaron en silencio. Pero a Silas le ardía la silla y el cerebro le iba a mil por hora. El míster caminaba de un lado a otro con las manos en la espalda.
—¿Alguien más quiere irse? ¿Vais a dejar de comportaros como niñatas de doce años?
Y Silas se puso de pie.
—Yo… No… No quiero faltarte al respeto… No quiero irme, pero me gustaría… —se encaminó también hacia la puerta—. Creo que tengo que hablar con Tomás.
No pensaba dejar que nadie le frenara.
—¡De puta madre! ¡Pero no le des otro puñetazo! —le escuchó decir antes de salir del edificio.
«No sé qué cojones estoy haciendo».
El corazón le latía tan fuerte que parecía el de otra persona, corriendo detrás de él.
Finalmente lo encontró en el observatorio, plantado, de espaldas bajo un cielo claro y sin estrellas.
Quizás por su cabello pelirrojo le recordó al cuadro del Caminante sobre el mar de nubes.
Cuando se giró, se dio cuenta de que sus ojos contenían toda la furia del universo.
Pensó que iba a gritarle, que le diría que quería estar solo. Pero Tomás no hablaba, sus labios agrietados estaban rectos. Silas dio un paso adelante hacia él y le preguntó:
—¿Por qué has venido? A Estels. Que ya lo sé, te han pagado por estar aquí, pero ¿de verdad te compensa? Dejar tu F.A.R., a tus compañeros, a tus amigos… ¿De verdad merece la pena?
Silas deseó que le respondiera: «Por ti». A pesar de que le hubieran confirmado que solo estaba ahí porque Holt había pagado por él, aún sentía esperanza.
Tomás movía sus pupilas sin control. Le miraba a los ojos, a la nariz, a la boca, a la barbilla.
«Por ti», se repitió Silas.
Y otra vez a la nariz, a los ojos, a las cejas… no apartaba la vista de Tomás. Quizás estaba buscando la respuesta en sus pestañas, no debía tenerla clara, quizás esperaba que brotase en un impulso de su corazón.
«Por ti».
Pero al final Tomás carraspeó y dijo:
—Ya lo has oído, Holt pagó por mi traslado.
Me convenció de que era lo mejor para mi carrera y yo le creí, porque este equipo es la hostia y porque…
Bueno, porque mi padre me quería más cerca de casa —se mordió el labio inferior—.
Y por alguna razón pensaba que este traslado sería un poco más fácil y que no lo tendría todo en contra.
Pero ya ves, tú no me aguantas y al míster le gustaría deshacerse de mí.
Silas apretó los puños y respiró hondo.
Se sintió derrotado y aliviado a la vez. Aliviado porque la explicación de Tomás no le dejaba atisbo de dudas y hacía que no mereciera la pena seguir luchando por él. Derrotado porque parecía que Tomás, como todo el mundo en su vida, era capaz de pasar página mucho más rápido que él.
—Fuiste tú quien quiso dejarlo, Silas. Y no me vengas con que te hice daño porque ¡ya lo sé! Pero…
No acabó la frase y Silas solo pudo exclamar:
—¡Tregua! Está bien. Tendremos una tregua, ¿vale? Dejaré… Dejaré de ponerte en duda en el equipo, aunque me reviente que me robes a mis amigos.
—No te estoy robando…
—¡Escúchame! Pararé. Pero necesito que dejes de sacar el tema de lo nuestro, porque me parece que aún no entiendes…
—Sil…
Negó con la cabeza y parpadeó muy rápido con la intención de deshacer ese nudo que tenía en la garganta.
—No, de verdad. Quiero… Quiero volver a lo de antes —pidió—.
Al principio. A esa sensación de campamento de verano, de jugar todo el día sin cansarnos y sentir que el fútbol era lo único que importaba.
Quiero eso: que el fútbol sea lo único. Y quiero ganar.
Y tú estás aquí así que, aunque me joda, te necesito para lograrlo.
Tomás movió las pupilas de un lado a otro. Respiró hondo y soltó todo el aire de golpe. Después, alzó una mano y la colocó delante de Silas.
Silas se mostró dubitativo, pero se la estrechó. Y así sellaron la promesa.
liga inter F.A.R.
Primera vuelta