FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Arturo les había convocado para un entrenamiento un domingo por la mañana y, para colmo, llovía.

El míster, que hablaba constantemente de la importancia del descanso, le echaría una buena bronca si se enteraba.

Pero el capitán del equipo estaba feliz, mandándoles a dar vueltas al campo, a hacer flexiones, burpees…

Sus indicaciones eran tremendamente imprecisas, eso sí, y todo el equipo se divertía al ver cómo se le hinchaba la vena de la frente de la frustración por no ser entendido.

—¡Sin sacrificio no hay recompensa! —gritaba, mientras les ordenaba hacer más flexiones.

—Este tío está como una cabra —dijo Felipe.

—Sería tan fácil como pasar de él —masculló Marc.

—Es que me da un poco de pena, se le ve tan emocionado —rio Felipe.

—Silas, ¡tres vueltas más por mal comportamiento! ¡Y no le des ningún puñetazo a nadie! —le repitió Arturo.

Durante toda la mañana se habían reído de Silas por lo que pasó la noche anterior. Le repetían: «Silas, ten piedad, no me pegues». O: «Por favor, tío, apártate de mí».

Casi que prefería la burla al sermón del míster.

Silas no se arrepentía del puñetazo que le había dado a Tomás (habían hecho cuentas antes: Arturo y Nabeel decían que sí que habían pegado un puñetazo, aunque Silas no se lo creía, y Marc y Rowan mantenían que no).

Era la primera vez que pegaba a alguien.

Y aunque nunca le habían dado un puñetazo a él, en cierto modo se había pasado la vida esperándolo.

Y no se arrepentía de habérselo dado a Tomás.

No del todo.

Porque recordaba el primer beso que le dio a Tomás, aquel en el campo de fútbol, en verano, una vida atrás. Sintió ese rechazo como un golpe bien dado, de esos que revientan y desfiguran la cara entera.

Por eso sentía que se lo debía.

Lo que le preocupaba no era aquello. No. Ni siquiera que Tomás no hubiera asistido al entrenamiento, cosa que le enemistaba aún más con el resto de sus compañeros.

No.

A lo que no paraba de darle vueltas era a la situación con @jemapellechatnoir, el chico misterioso.

—¿Estás bien? —le preguntó Nabeel cuando acabaron de correr, estirando los gemelos.

—Sí.

No podía decirle que le molestaba su relación con Dafne y que se sentía desplazado. Ni que sentía que le había dejado solo en el peor momento posible. Ni que estaba pasando por algo que no creía que Nabeel fuera a entender.

Así, solo le quedaba una alternativa: Marc.

No le gustaba pedir ayuda, pero sentía que no tenía otra opción.

Cuando acabó el entrenamiento, Marc y Silas se reunieron en aquel vestuario vacío, después de que Silas se asegurara, como si fuera un espía realizando una misión complicadísima, de que no había nadie escuchándolos.

—¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo con Tomás? Algo más, quiero decir —fue lo primero que quiso saber Marc.

—Sí, no pasa nada. O sea, sí pasa. Solo te quería contar algo…

—¿Qué ha pasado?

Silas se sentó en uno de los bancos de madera, apoyó los codos sobre las rodillas y enterró la cara entre sus manos.

—Pues… Que creo que la he cagado. Yo… Un chico me habló por Instagram. Me felicitó el cumple, reaccionaba a lo que subía…

—Estaba ligando contigo —sintetizó Marc.

—Supongo.

—¿Y qué?

Le enseñó el teléfono, la ristra de mensajes que habían intercambiado. Las manos le temblaban.

—Anoche le dije… bueno, le dije que mi ex estaba en mi equipo. Y… la he cagado. No dejo de pensar en que quizás sea alguien de Estels o alguien de otro F.A.R., o que toda la información puede salir y me hundan la vida…

Marc apoyó una mano sobre su hombro, tranquilizador.

—No exageremos. Este chico podría ser perfectamente normal. Habla con él y averígualo. ¡Hay que hacer control de daños!

Parecía el siguiente paso lógico a seguir, pero hasta que Marc no se lo dijo, Silas no se había dado cuenta.

—¿Entonces… le escribo? —balbuceó.

—¡Que ya te he dicho que sí!

—Le puedo decir que me llame, ¿no? Mejor no dejar nada por escrito. O quizás me espíen las llamadas…

—No te emparanoies, Silas.

Silas asintió. Agradeció que Marc se quedara a su lado, a pesar de estar muerto de vergüenza.

Se armó de valor y le mandó un mensaje:

Hola! Me puedes dar tu teléfono?

Prometo que no es para nada malo

Chat Noir no tardó mucho en responderle, pero Silas pasó esos instantes con el corazón en un puño.

—¿Me voy? —preguntó Marc.

—¡No! Quédate, porfa. Pero no me escuches.

—¿Para qué me voy a quedar si no puedo escucharte? ¿Qué hago? ¿Me tapo los oídos?

Marc se estaba riendo, pero Silas le hablaba totalmente en serio. Su voz se volvió aguda cuando exclamó:

—¡Pues claro! ¡No es tan difícil!

—Vale, vale —cedió Marc, colocándose bien las gafas y llevándose las manos a los oídos.

Las de Silas aún temblaban cuando se atrevió a marcar los números de teléfono.

Escuchó una respiración al otro lado de la línea. Había alguien ahí: vivo, real, carne y huesos y corazón más allá de un perfil en redes sociales.

—¿Silas?

La voz era suave y aguda. Con tan poca información como tenía, no era capaz de imaginar ninguna cara ligada a esas palabras y eso le resultaba confuso.

—¿Eres… tú? —preguntó, pues definitivamente no iba a dirigirse a un personaje de una serie de dibujos animados.

Marc debía estar escuchándole, porque soltó una carcajada. Silas se acercó a él para asestarle un codazo.

—Soy Alejandro. Álex —se identificó la voz.

Saber que había alguien ahí, con nombre propio, le hizo sentirse un poco mejor.

—Hola, Alejandro. ¿O prefieres Álex? Perdona que te llame. Es solo que… Bueno…

—Te has agobiado. Te da miedo que sea un periodista encubierto o tu peor enemigo.

—Sí. Me da vergüenza, pero eso es lo que me ha pasado. Encima dejaste de escribirme de repente y…

—Bueno, es que no quería agobiarte más —aclaró Álex.

Silas se sintió estúpido.

—Vale. Tiene sentido. Soy un poco dramático…

—No, no te preocupes, entiendo el agobio. ¿Cuelgo ya? ¿Por si acaso hay algún micro escondido?

—¡No te pases! —exclamó Silas, aunque él hubiera sugerido lo mismo minutos atrás.

—Pues me callo, que ahora que hemos resuelto este malentendido no me vas a querer hablar más…

Silas sonrió. Lo cierto era que se sentía incluso conmovido. Por absurdo que fuera, y aunque él no quisiera nada con ese desconocido, le hacía ilusión saber que había alguien ahí fuera interesado en hablar con él.

No se dijeron nada más.

Y entonces, Marc, que había permanecido todo el tiempo apartado, se acercó a él con una sonrisa burlona dibujada en los labios.

—Enséñame la foto, ¿está bueno?

—Ya te he dicho que no se le ve bien… Que está de espaldas —rio Silas.

—Bueno, no sé, si ampliamos…

F.A.R. JUVENIL A EQUIPO MASCULINO

domingo, 29 de septiembre, 12:00

ARTURO

No me puedo creer que

Tomás no viniera a entrenar!!!

Es que se margina solo,

colega

FELIPE

Seguramente le diera miedo

encontrarse otra vez con

Silas…

Verás la bronca de mañana

del míster

ARTURO

lo de llenar la taquilla con

espuma de afeitar será épico

de verdad o solo pasa en las

películas?

FELIPE

a ver, que te manchen la ropa

siempre jode, pero no sé…