CAPÍTULO 16
Dafne tenía ocho años la primera vez que escuchó el nombre de su hermano entre susurros que se intercambiaban en el patio.
Su amiga Tanit le tiró de la manga y le dijo en voz baja que tenía que ir a buscarlo, que estaba en problemas.
A Dafne se le encogió el corazón y ese pellizco no la dejó hasta que no logró alcanzarle, rodeado de cinco de sus compañeros de clase.
Nunca tuvo miedo de defenderle, pero siempre le aterró llegar tarde.
Esa noche, en la fiesta del bosque, también escuchó el nombre de Silas entre susurros velados y poco a poco fue creando esa historia en su cabeza. Una de la que Tomás también formaba parte.
¿Qué había pasado?
—He hablado con Rowan, me ha dicho que ha sido Silas quien ha pegado a Tomás… —le aclaró Nabeel—. No te preocupes
Pero estaba preocupada de todas formas, por supuesto. Porque una vez su hermano y ella prometieron que siempre se cuidarían el uno al otro y sentía que estaba fallando.
Nabeel se movía nervioso. Su mirada se desplazaba de la pantalla del móvil a los ojos de ella, y de nuevo a la pantalla. Se mordió el labio y dijo:
—Voy a ver si puedo hablar con ellos y que me cuenten qué ha pasado, porque no entiendo nada.
—¿Y sabes dónde está Silas?
—Me han dicho que ya está en la residencia.
Después se la quedó mirando. Tenía la boca cerrada pero los ojos tan abiertos que por ellos se escapaba una pregunta: «¿Qué será de nosotros a partir de ahora?».
Así que Dafne le dio un beso en la mejilla, para asegurarle que podrían hablar de eso más tarde y salió corriendo hacia la residencia.
En medio del camino, huyendo de la música, de la fiesta y de sus propios sentimientos, vio de espaldas a un chico de cabello pelirrojo. Se volvió casi de inmediato y la confrontó con unos ojos verdes tristes y una cicatriz descarada.
«Hermanos de cicatriz».
Él se la hizo jugando al fútbol en el campamento de verano. Cayó mal y se dio de bruces contra la gravilla, de modo que se cortó la cara. Silas consoló a Tomás diciendo que su hermana también tenía una cicatriz parecida y que, al menos, llevaban la marca de lo que más les gustaba hacer.
Dafne conoció a Tomás a través de las palabras de su hermano y sintió por él una ternura instantánea.
Confió en él sin garantías y se convenció de que serían amigos para siempre.
Sin embargo, de un día para otro, Tomás dejó de hablarle.
Y cuando creyó que ya no volvería a verle, el fútbol les reunió de nuevo.
—¿Está bien? —preguntó Dafne.
—Sí. No ha sido nada, pero menudo golpe me ha dado…
—No, no te pregunto si tú estás bien. Pregunto por él —añadió Dafne.
—¡Si no le he hecho nada! —exclamó Tomás levantando las manos.
—Estás aquí. Eso ya es algo.
Tomás frunció el ceño y negó con la cabeza:
—No tienes ni idea de lo que ha pasado entre nosotros…
—Me da igual. Ya me has oído.
Tomás frunció el ceño y parpadeó unas cuantas veces seguidas. Parecía bloqueado. Dafne se dio cuenta de que era verdad, de que no conocía la historia y de que le gustaría saber qué había supuesto para él ese cambio de centro.
Así que trató de ser amable cuando dijo:
—Sabes que nunca he tenido nada en tu contra, ¿verdad? Pero… Pero no quiero que vuelvas a hacer daño a mi hermano.
—¿No me lo ha hecho él a mí? —preguntó Tomás.
—Le dejaste de hablar ese verano.
—¡Es que me besó! Era mi mejor amigo, Dafne. Y de repente va y me besa. De repente cambia todas las reglas del juego. Y va mi madre y se muere, justo ese verano.
Dafne tragó saliva.
—Lo sé. Lo siento mucho.
—No sé qué te ha contado Silas, pero… fue él quien se cansó de nuestra relación, quien se cansó de mí.
—Seguro que eso no pasó así exactamente y, además, no significa que no te quiera… —murmuró Dafne.
Se arrepintió al instante. No quería meterse en los asuntos de su hermano y fastidiarlo del todo. Tomás la miraba fijamente, pero Dafne apartó la vista.
—Hay un botiquín en el baño de las chicas —dijo rápidamente—. Bueno, en el de los chicos habrá también, entiendo… Por si quieres curarte la herida, digo.
Antes de que Tomás volviera a abrir la boca, se dio la vuelta y se marchó de ahí, corriendo, directa a la residencia.
Frente a la habitación de su hermano, llamó a la puerta con los nudillos.
No hubo respuesta.
—¡Silas, ábreme!
No respondió.
Sabía que su hermano estaba ahí detrás, escuchándola. Tan solo había unos metros de distancia entre ellos, pero no era capaz de alcanzarle.
Le frustraba. Nunca habían estado así de distanciados.
Había conocido a muchos otros hermanos que no tenían una relación parecida a la suya, que no eran tan amigos, que no estaban tan unidos como ellos.
Dafne defendía que aquella relación era una ventaja: que con su hermano no debía fingir, que podía contárselo todo sin juicios.
Que, si un día se despertaba habiendo perdido la memoria, solo necesitaría hablar con él.
Pero de pronto no se sentía ella misma a su lado.
Pero de pronto le hacía sentir enfadada.
Pero de pronto guardaba secretos por miedo a hacerle daño.
Y aunque se apartara de esa puerta no dejaba de pensar en que recuperar a su hermano era justo lo que necesitaba para recuperarse a sí misma.
Silas
Sábado, 28 de septiembre, 23:10
estás bien?
Ya imagino que no
Me duele que no quieras hablar conmigo
Estoy en la puerta, ábreme
No me hagas contárselo a mamá,
que sabes que sería capaz de todo
porque hiciéramos las paces
Eoooo
Bueno
Hablamos mañana, vale?
Iré a tu habitación!!!