FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Bordeando el bosque, Nabeel y Dafne llegaron al museo de Estels.

Ahí, en la pared exterior, se exponía la pancarta que les había mostrado Holt al final del curso anterior: los equipos que llegaron a la final estaban ahí.

Vio a Silas parando un balón con las dos manos, a Nabeel avanzando por el campo.

Se vio a sí misma a tres metros del suelo, con una pierna estirada y haciendo volar un balón.

El curso anterior, cuando les enseñaron el póster, no se dio cuenta de lo cerca que estaba de Nabeel, como si el estar juntos fuera inevitable.

—Viendo esto… Todo parece posible, ¿no crees? Ganar. Ganarlo todo. O perder, pero ser capaces de construir una carrera en el mundo del fútbol… No lo sé. Definitivamente viene bien verlo antes de que nos den la alineación y que empiece la liga —reflexionó Nabeel.

Dafne asintió, pero no sabía cómo expresarle que ella no se sentía así del todo. Que a veces ver sus logros, tenerlos delante, le hacía sentir pequeña en vez de grande.

—¿Te puedo contar una cosa? —le preguntó.

Nabeel frunció el ceño.

—Claro. Lo que quieras. Siempre.

Dafne sonrió.

—El otro día me escribieron de un colegio. Quieren que dé una charla para las alumnas, hablando de mi experiencia en Estels y jugando al fútbol.

Nabeel amplió su sonrisa.

—¡Eso es una pasada, Dafne! ¡Enhorabuena!

Dafne negó con la cabeza.

—No les he contestado. Me da vergüenza decirles que no, pero no quiero ir…

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Tienes pánico escénico o algo?

Dafne rio. Estuvo a punto de responder que sí, que era eso, porque la verdad le parecía más complicada y vergonzosa:

—Es solo que… Bueno, no creo que sea la persona adecuada para dar una charla así.

Quiero decir… Sí, este mural es muy bonito y, sí, ganamos la copa, pero no creo que me lo merezca…

¿Tú sabes lo mucho que le costó a mi hermano entrar en Estels?

¿Tú sabes lo mucho que se esfuerza todo el mundo?

La pasión que sienten… Yo acabé aquí de rebote.

Fui la capitana, sí, pero solo porque Saylor se lesionó y…

ya sé que no fue culpa mía que Saylor se lesionara, pero no dejo de preguntarme qué habría pasado si hubiera seguido en el equipo.

Estoy convencida de que de ningún modo habría llegado a ser capitana…

¿Y qué haré si me preguntan eso? Si me preguntan por qué soy capitana.

Les tendré que contar la verdad y se darán cuenta de que en realidad no me merezco esto.

Nabeel la miró, confundido.

—Te prometo que esto no es falsa modestia —se apresuró a asegurar Dafne, moviendo las manos—. Es que… Estoy convencida de que no soy la persona indicada para dar una charla.

Nabeel suspiró y esbozó una sonrisa.

—Lo que te pasa es que tienes un síndrome de la impostora gigantesco y es una mierda, pero es normal. Nadie está preparado para hacer las cosas increíbles que harás en tu futuro.

—¿Cómo?

—Pues lo que te he dicho —dijo Nabeel—. Es evidente que eres una futbolista excepcional y que eres la capitana que tu equipo necesitaba y que sería maravilloso que las alumnas de ese colegio pudieran hablar contigo… pero aun así crees que es solo suerte.

—Claro que es suerte. Entré en Estels, sí, pero solo porque me animó ir con Silas y también fue… mala suerte que Saylor se lesionara y yo acabara de capitana…

Nabeel dio un paso hacia delante y con seguridad apartó un mechón de cabello castaño que se le había salido de la coleta y se lo colocó detrás de la oreja. Después, acarició esa cicatriz en forma de estrella que tenía en la frente. Sintió un escalofrío.

—¿Qué me dices de esto entonces? —le preguntó.

Dafne tragó saliva.

—¿La cicatriz?

—Te la hiciste jugando al fútbol cuando eras pequeña. ¿No te acuerdas de ese momento? Cómo era jugar siendo niña. Te apasionaba, ¿verdad? ¿No te sentías libre?

A Dafne la sobrecogió el sentimiento, como si de pronto estuviera cubierta por un manto de calidez. Tuvo que contener las lágrimas.

—Sí —consiguió decir.

—¿Y no pensabas que habías nacido para esto? Para jugar al fútbol. Para ganar partidos.

Los labios le temblaron y la nariz le escoció. Porque por un instante conectó con esa niña, con esa Dafne pequeña que soñaba con una grada entera coreando su nombre.

—Estaba convencida —reconoció.

—Seguro que luego se volvió difícil. Siempre es difícil luchar por un sueño que nadie entiende.

Y, bueno, yo no puedo hablar por ti, pero sé que ser una chica en el mundo del fútbol es una dificultad añadida.

Pero lo conseguiste y estás aquí y estás haciendo realidad ese sueño que tenías de pequeña y estoy seguro de que si hablas en ese colegio al menos una niña que aparcó la idea de ser futbolista la recuperará y sabrá que es posible.

No lo pudo evitar. Las lágrimas se le escurrieron por las mejillas.

Nabeel se acercó un poco más y las acarició. Después, colocó la mano en su barbilla y la levantó para que Dafne le mirara directamente a los ojos.

—Así que no digas que no sientes pasión o que no mereces esto. Literalmente, has nacido para esto, para brillar y para ser la mejor o ser lo que quieras. Y, por si se te olvida, recuerda que tienes tu destino tatuado en la frente.

Acarició de nuevo esa cicatriz en forma de estrella.

Dafne asintió.

Porque le creía.

Le creía con todo su corazón.

No tenía sentido negarlo.

Dio un paso hacia delante. Se dio cuenta de que aún estaba llorando cuando se acercó a Nabeel, le agarró la cara con las manos y lo besó en los labios. Debió sorprenderle, porque perdió el equilibrio y Dafne le sujetó y los dos acompasaron sus carcajadas.

—Gracias —susurró en medio de un beso, y las palabras de ella se perdieron en los labios de él.

Quizás por eso regresaron a su oído.

—Gracias.

Aún estaba manchada de lágrimas que pasaron a adornar sus mejillas, como si fueran estrellas fugaces que habían caído del cielo.

No pensó en abrir los ojos o cerrarlos, solo quería seguir besándole, sentir esa calidez que antes solo había imaginado aterrizando en las comisuras de sus labios. ¿Era posible que las canciones se escuchasen no solo en la cabeza sino en el corazón? Porque ella sentía esa melodía en todo su cuerpo.

Una y otra vez.

Don’t let me down

Don’t let me down

Y él la cogió de los hombros para abrazarla con fuerza.

Estaban abrazados cuando el móvil que llevaba en el bolsillo empezó a sonar. No le sorprendió que Nabeel fuera de los que tienen el móvil con voz y las notificaciones encendidas. Siempre había sentido que era un libro abierto, que podría saber todo de él antes de conocerlo.

—Perdona —balbuceó Nabeel.

—No me pidas perdón.

Nabeel sonrió.

Desbloqueó el teléfono y frunció el ceño.

—¿Qué pasa? —preguntó Dafne, porque se dio cuenta de que el ambiente entre ellos había cambiado, como si de pronto hiciera incluso algo de frío.

—Silas. Se ha metido en un lío.