CAPÍTULO 12
—Yo soy esa chica. La de las dos trenzas a los lados. ¡De hecho llevé trenzas el año pasado! Y no dije apenas nada en toda la noche porque la única vez que intenté hablar un chico me dijo que por qué estaba gritando —confesó Julia, cohibida.
—Dafne es fácil, es esa chica de primero enrollándose con ese que va con Arturo. ¡Apuntando alto! —dijo Rain.
Dafne le asestó un codazo.
—¡Ya te vale!
—Fijo que por aquí hay alguna lesbiana con una hermana gemela neurótica… —añadió Rain, poniéndose una mano estirada en la frente, como oteando el horizonte.
—Pero seguro que no es la hija del director… —replicó Irati entonces, dándole un beso en la mejilla—. Yo no estoy aquí. En Estels habrá otra chica vasca que se pierde la fiesta por quedarse en su casa llorando.
Dafne soltó una sonora carcajada.
Desde que habían llegado a la fiesta en el bosque, habían estado jugando a encontrar a versiones más pequeñas de ellas mismas.
Las buscaban entre las colas de alumnas que corrían con un huevo en una cuchara, las que caminaban con los torsos atados y sosteniendo un globo entre ellas, también en las que estaban sentadas en un corrillo, bebiendo y charlando entre susurros.
Sabía que esas nuevas alumnas sentían que esa era la primera noche de sus vidas.
La libertad se respiraba en el ambiente y a Dafne le encantaba.
Esa euforia de estar en sintonía con sus amigas, ese esfuerzo colectivo por olvidarlo todo y simplemente pasarlo bien.
Aunque ella se sentía distinta, como al margen.
Ya no formaba parte de ese caos y esa adrenalina.
Disfrutaba de la fiesta, sí, pero solo la observaba desde fuera, como si estuviera viendo un videoclip.
¿Sería por lo de cumplir diecisiete? ¿Estaría madurando?
Fuera lo que fuese, la asustaba un poco.
Arturo las saludó a todas entonces y le dio a Julia un sonoro beso en los labios. Pasaron por lo menos tres minutos enrollándose delante de ellas. Y después, no se podían separar. Quizás los brackets de Julia se habían enganchado en el labio de él, porque parecía que sangraban un poco.
—Tía, dais hasta grima —dijo Rain.
—¿En serio? ¿No será que me tienes envidia?
—Perdona, pero mi novia es mil veces más guapa que el tuyo. Y, además, es que os pasáis literalmente todo el rato juntos. ¿Qué hicisteis en verano?
—Pues me llevó a conocer a su familia. ¡Ya te lo dije!
—Yo me habría muerto —confesó Irati, estrechándole la mano a Rain.
—¡Pero si tú ya conoces a mi familia!
—¡En contra de mi voluntad!
Julia suspiró y jugueteó con una de sus trenzas mientras decía:
—Bueno, pues yo estoy muy contenta. Y después del trauma que me dejó Silas, es agradable estar con un chico al que le gusto de verdad… No te ofendas, Dafne.
Aunque Dafne sí que se ofendió un poco. El curso anterior, se había enterado de que Julia le había dicho a Arturo que Silas la había dejado porque era gay.
No se olvidaría de ello. Toleraba a Julia, sí, pensaba darle otra oportunidad, pero se andaría con cuidado.
Arturo y ella estaban hechos el uno para el otro, y Daf-
ne no se terminaba de fiar de ninguno.
Cuéntale que te conocí bailando
Cuéntale que soy mejor que él
Cuéntale que te traigo loca
Estaba sonando reguetón del viejo, y era perfecto, porque esa noche parecía una vuelta al pasado.
—Oye, Rain. ¿Y tu hermana no ha venido a la fiesta? —preguntó Dafne entonces, pues llevaba un buen rato buscando a Saylor con la mirada.
—Qué va, se ha quedado en su habitación.
—¿Y eso?
—Dice que ahora que no tiene ninguna posibilidad de ser la capitana de su equipo no le hace falta hacer amigas. No tiene la obligación de caerle bien a nadie —explicó.
—Guau —suspiró Dafne.
—Menuda loca —musitó Julia —. La echo muchísimo de menos —reconoció después.
—Seguro que ella a ti no —le dijo Rain, pasándole la mano por encima del hombro.
—¡Eh! Bueno, es que tienes razón…
Las dos rieron.
—En realidad me da un poco de pena —murmuró Rain—. Con lo competitiva que es, le habrían encantado estas pruebas. De niñas le volvían loca las carreras de sacos, las sillas musicales… Claro, luego llegó el fútbol y dejó de hacer esas cosas por miedo a lesionarse. Y de lo que le ha servido…
Su voz dejó de escucharse en esa última frase. La alegría desapareció y entre ellas se hizo el silencio.
Dafne hizo una mueca.
Pensó una vez más en ese mensaje que había recibido en el que la invitaban a dar una charla en el colegio sobre su experiencia jugando al fútbol.
Sería increíble enseñarles fotos de los partidos, de la copa de la liga, explicarles esa rutina de deporte, contarles que muchos días sentía que su vida era como un campamento de verano, que no podía creerse que hacer del fútbol una profesión era una posibilidad…
Pero se preguntó cómo podría hablar también del dolor en el corazón que implicaba. Ese dolor que experimentaban todas de un modo u otro.
Rain sacudió los hombros, como si así se resbalara la tristeza. Sus trenzas bailaron y se convenció de que una lluvia real se había llevado lo malo.
Agarró a Irati de la mano y la arrastró a la improvisada pista de baile.
Cerca de ellas, gestionando una nueva prueba para novatos, Dafne vio a Arturo. Y con él a Silas, Marc, Rowan y Nabeel, que se habían sentado en el suelo, encima de unas chaquetas. Le pareció que su hermano estaba bebiendo. Escuchó a Arturo llamarlo irresponsable.
El curso anterior había pasado la fiesta preocupada por Silas.
Había intentado encontrarle en el bosque y había arrastrado a Hugo en su búsqueda.
Al final, eso no le había impedido darse su primer beso y ya se había dado cuenta de que su hermano era suficientemente mayor para cuidarse solo.
Aun así, no quería quitarle los ojos de encima.
Pero seguro que sus amigos le protegían. Sobre todo Nabeel, que no necesitaba palos fluorescentes para brillar, tenía los ojos puestos en ella.
—Hola, Dafne in the sky with diamonds.
Se sonrojó hasta con las cejas. Pensó que sus palabras ya eran bonitas pero que se le hacían insuficientes. Ella deseaba escucharle cantar, verle bailar, tenerle cerca.
—Me gustaría saber si los Beatles sirven para bailar… —dijo, moviendo la cintura al son de la música y esperó a que Nabeel encontrara un hueco a su lado—. Pero creo que no me harán mucho caso si pido que cambien la canción.
—¿Sabes? Puedes elegir cuál quieres que suene en tu cabeza si te esfuerzas lo suficiente…
Dafne lo intentó.
Fue en vano.
Pensó en que los ojos de Nabeel, oscuros en la noche, podían contener llamas que bailaban, pero que ahora mismo estaban quietas.
No. Necesitaba la música.
Soltó una carcajada a la que Nabeel se unió y no sonó a música sino a público aplaudiendo y vítores apasionados después de que un grupo diera el concierto de su vida.
Quiso que siguiera riéndose, pero en lugar de eso Nabeel se marchó y ella se quedó quieta, como una tonta, con la sensación de que flotaba en el aire.
No.
No necesitaba ayuda para recrear esa risa.
Nabeel regresó unos minutos después. Seguía sonando reguetón.
—¿Dónde has ido? —le preguntó, acercándose a él.
—A comprobar si sirve de algo lo de ser de los mayores. Creo que no, pero por intentarlo…
La música dejó de sonar unos instantes.
Nabeel se acercó un poco más a Dafne y susurró, muy cerca de su oído:
—Joder, ha funcionado…
Dafne dudó.
Quizá fuera cuestión de esos primeros acordes que ya habían transformado el rostro de Nabeel en la más pura expresión de la felicidad.
No solo sonreía con la boca, los labios finos curvados en una sonrisa.
No solo con las cejas, ligeramente inclinadas hacia abajo.
Las mejillas rellenas. Los mechones de su cabello danzando por encima de sus hombros.
Y Dafne no se contuvo.
Le cogió de esas manos suaves, no para frenarle, sino porque no quería separarse de él.
Nabeel abrió la boca para entonar, al mismo tiempo que lo hacía la canción:
Don’t let me down
Don’t let me down
Y aunque a su alrededor algunas personas parecían molestas por el cambio de canción, Dafne tenía la sensación de que el mundo entero se había convertido en un videoclip. O en una obra de arte de las que cuelgan en un museo.
Era….
La libertad de la primera vez que le dio una patada a un balón.
El confort de la primera vez que se sintió identificada con un libro.
La euforia de encontrar la que será tu película favorita.
No, no era comparable a nada.
Nada se comparaba con escuchar a alguien decir, aunque fuera a través de una canción, lo que tanto ansiabas escuchar de sus labios:
Nobody ever loved me like she does
Oh, she does, yeah, she does
Dafne tomó la mano de Nabeel.
Se hicieron un hueco entre la gente, dispuestos a marcharse de ahí. Avanzaron sin soltarse. Y durante todo ese tiempo los dos tuvieron la certeza de que seguían compartiendo una canción.