CAPÍTULO 11
—Tienes que estirar el brazo y después dar un golpe hacia la derecha con la cadera —explicó Rowan, tomando a Marc por la cintura.
—¿Un golpe? ¿A qué le doy un golpe? —preguntó él exasperado.
—No, no tienes que golpear nada… Luego lo juntaremos con un vídeo de la fiesta, en el bosque. Esto es una transición. ¡Joder, Marc! No me hagas tantas preguntas. Tú hazme caso y ya está, luego verás lo bien que queda…
Nabeel, Marc y Rowan se habían reunido en la habitación de Silas para prepararse para la fiesta de bienvenida en el bosque. En esos momentos, Rowan ya llevaba un buen rato obligando a sus amigos a grabar tiktoks. Silas se esforzaba, pero no había conseguido encontrarles el sentido.
Ya había terminado de arreglarse. Se había puesto unos pantalones vaqueros de color negro y unas zapatillas mostaza del mismo tono que su jersey.
Había peinado su cabello castaño hacia atrás gracias a la gomina que le había prestado Nabeel.
Él, por su parte, lucía una camisa de manga corta a cuadros y un poco abierta, dejando al descubierto parte del torso.
Bermudas vaqueras desgastadas y un corte de pelo estilo El príncipe de Egipto, aunque sin flequillo, que sorprendentemente a él le quedaba de maravilla.
—Estás tan guapo que das rabia —le espetó Silas, molesto.
En esos momentos, Nabeel y él estaban sentados en la cama, observando a Rowan y Marc y mirándose con complicidad.
—Venga, suéltame ya —insistió Marc—. Me ha escrito Arturo, están todos ya por el bosque y quieren que ayudemos a preparar las novatadas.
—Al final no beberemos esta noche, ¿no? —preguntó Rowan, chuperreteando su collar de cuentas sin apartar la vista del móvil.
Silas sintió un escalofrío al recordar algunos momentos de la fiesta del curso anterior: las pruebas a las que los sometieron para conseguir las estrellas y los balones de fútbol no le hicieron ninguna gracia. Y tampoco el haberse emborrachado.
—Supongo que habrá alcohol por ahí, pero yo no lo haría… —dijo Marc, colocándose bien las gafas, que se habían escurrido por el puente de su nariz—. Arturo está de un pesado increíble e insiste en que seamos sanos y que mañana vayamos a entrenar, aunque sea domingo…
Silas agarró una cazadora de cuero y guardó su móvil en el bolsillo.
Seguía recibiendo mensajes de ese chico misterioso que posaba bajo la torre Eiffel y prefería no mirar el móvil para no tener tentaciones de responderle.
Mientras se marchaba de la residencia junto a sus amigos, creía notar la vibración de nuevas notificaciones, seguramente producto de su imaginación.
Estaba tan obsesionado con aquello que los nervios por la fiesta casi se habían disipado.
Antes de llegar a la linde del bosque, ya sentían el barullo.
En Estels había muchos alumnos, claro, pero rara vez estaban en el mismo espacio a la vez.
Por eso, todo el centro se transformaba y parecían inmersos en una rave en otra dimensión.
Creyó ver a los alumnos de cursos inferiores en fila india, organizados por Arturo.
Vio al primero de ellos, sosteniendo una cuchara de metal con un huevo y las manos a las espaldas.
Una carrera del huevo y la cuchara no era precisamente original, pero al menos resultaba inofensivo.
—Oye, ¿si pudierais viajar al pasado, a la fiesta de bienvenida del curso pasado, lo haríais todo igual? —preguntó Rowan entonces.
Silas alzó las cejas, sorprendido. Él también tenía la sensación de que el pasado estaba al alcance de su mano. El bosque parecía igual: el mismo olor a pino, la misma música, los mismos colores fosforitos.
—¿Esto también es para un vídeo o algo? —quiso saber Marc.
—¿Pero tú me ves grabar algo? Es solo una pregunta.
Silas volvió la vista hacia Nabeel. Pensar en el Silas del curso anterior le causaba una mezcla entre ternura y pena.
Lo recordaba ahí, borracho, moviéndose entre los árboles y recibiendo empujones (literales y figurados) de parte de sus compañeros.
Ese Silas no tenía ni idea de lo que estaba por venir.
—No, no cambiaría las cosas —dijo en voz alta, mirando a Nabeel fijamente. Nabeel le cogió por el hombro y le estrechó.
—Pues yo creo que sería más… majo —comentó Rowan.
—¿A qué te refieres? Ya eres bastante majo. De hecho, a veces eres incluso excesivo —dijo Marc.
—Bueno, lo que quiero decir es que intentaría disfrutar un poco más del tiempo que pasamos en equipo. No sé. Es que los cursos se pasan volando y…
—Joder, Row, que no llevamos aquí ni a una semana —se quejó Nabeel, dándole un empujón.
—¡Aun así! ¡Se pasará muy rápido! Y me gustaría que nos llevásemos todos bien.
Marc frunció el ceño.
—¿Lo dices por Tomás? —preguntó.
Silas resopló, pero no llamó la atención de Rowan.
—Pues sí, porque creo que el equipo le está tratando muy mal y me da rabia que haya tanto mal rollo. Fijo que en un mes ya seremos todos amigos y nos arrepentiremos… Quiero decir, Tomás no es mal tío. Tiene sus cosas, claro, pero como todo el mundo.
—¡Sus cosas, dice! ¡Nos robó la victoria! —exclamó Silas.
—¿En serio crees que ganar un partido depende de una sola persona? No es el fin del mundo… —afirmó Rowan.
—De verdad, no voy a seguir discutiendo de esto contigo —dijo Silas. Se mordió los carrillos, sintiéndose fuera de lugar entre sus propios amigos.
—Además, sabéis que su madre murió, ¿no? —recordó Rowan—. Joder, es muy fuerte. Yo no sé qué haría si mi madre se muriera. Lo mínimo sería volverme un capullo. Tendríamos que apoyarle.
Silas sintió que empezaba a quedarse sin aire.
En su interior solo se acumulaban palabras que, por supuesto, no podía decir.
Quería gritarle a Rowan que si perdieron el partido fue porque él no fue capaz de plantarle cara a Tomás.
Que Tomás era la persona a la que más había querido, pero que él nunca le quiso. Que le rompió el corazón.
Pero no se lo podía decir.
¿Sus amigos eran sus amigos de verdad? ¿Podía darles ese título si no era honesto? ¿Habría siempre secretos entre ellos?
Pensó en lo que había dicho Rowan hacía solo unos instantes: de volver atrás en el tiempo, ¿actuarían igual?
Silas se sintió condenado al fracaso. Condenado a equivocarse siempre en el mismo punto de la partida, a besar siempre al chico incorrecto, a seguir siendo un cobarde.
Con once años acabó acorralado en una portería en un patio infernal. Paró el balón, no salió corriendo y sintió que el fútbol le había salvado la vida.
Con diecisiete estaba convencido de lo contrario: el fútbol le había condenado y ya era muy tarde para hacer las cosas bien.
Se acercó a una mesa llena de vasos y cogió una botella de vodka que algún chaval de primero deseoso de encajar había traído de contrabando. Se sirvió una copa y la bebió de un trago.