FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Las agujetas le habían dejado las piernas entumecidas.

Ese día, habían entrenado técnica deportiva y muchísima velocidad.

Y ella, pese a estar tan acostumbrada a correr, sentía el cuerpo pesado y dolorido.

Movió sus brazos de delante hacia atrás, rítmicamente, mientras se preguntaba por qué el míster no hacía otra cosa que gritarles.

Ni siquiera se paraba a escuchar sus aportaciones. Se le notaba enfadado.

—Tía, nos estamos esforzando mucho, deberías defendernos del míster. ¡Eres la capitana! —le había dicho Julia.

Y Dafne se había sentido avergonzada pensando una vez más que sí, era capitana, pero que cualquiera de sus compañeras se merecía el puesto más que ella.

Se dirigía a la sala de estudio a pasar a limpio los apuntes que había tomado en las últimas clases cuando Nabeel la interceptó.

El chico vestía con una camiseta de color azul claro y pantalones vaqueros con los bajos rotos. Le sorprendió verlo con ropa de calle, pues en Estels la mayoría de los alumnos pasaban el día entero en chándal.

—¿Dónde vas? —la increpó.

—Hola a ti también —respondió ella, preguntándose dónde habían quedado las buenas costumbres de hablarle con letras de canciones.

—Perdona —suspiró él, acariciándose la nuca.

—Voy a la sala de estudio.

—¿Y es muy urgente? ¿Me puedes ayudar con algo?

Se le notaba la desesperación en la voz. Le había salido un gallo y todo.

—Claro.

Nabeel dio un paso al frente, rompiendo el espacio que les separaba y la agarró del brazo. Dafne sintió un escalofrío cuando le dio un tirón y avanzó con ella de la mano hasta la residencia masculina.

—Muchísimas gracias, de verdad necesito tu ayuda —dijo él. No le soltó la mano. Seguía siendo tan suave como la recordaba.

Dafne era incapaz de decir palabra. Aun así, balbuceó un:

—Claro… Voy a ayudarte porque somos amigos y los amigos siempre se ayudan.

—¡Pues por eso te necesito! ¡Porque eres mi amiga! ¡Y porque eres una chica!

Dafne frunció el ceño. No entendía nada. Finalmente entraron en la habitación de Nabeel.

—Nora, ¡vengo con ayuda!

Una niña la observaba a través de la pantalla de un ordenador colocado sobre un escritorio, rodeado de rotuladores de colores, pañuelos que parecían usados, unas gominolas y una lata de refresco aplastada.

Nabeel seguía siendo un caos. De hecho, encima del ordenador estaba pegado también un post-it de color rosa en el que ponía: VIDEOLLAMADA CON NORA.

Y ahí estaba ella. Era como una versión pequeña de Nabeel. Los mismos ojos gigantes de un color marrón que según la luz se tornaba ambarino. La piel tostada y reluciente y el cabello negro y largo.

Se relajó un poco, aunque seguía sin comprender qué estaba pasando.

—Hola, Nora —saludó Dafne. Y después, en voz baja le preguntó a Nabeel—: ¿Qué pasa?

—Necesito que ayudes a mi hermana. Dice que solo puede hablar conmigo, que nuestros hermanos no la entienden, que le da vergüenza hablar con mi madre…

Dafne, con el ceño fruncido, miró hacia la pantalla. Nora respiraba hondo. El labio inferior le temblaba, parecía estar a punto de romper a llorar.

—¿Qué pasa, Nora? —preguntó Dafne, con dulzura.

—¿Mi hermano y tú sois novios?

Si hubiera tenido agua en la boca, Dafne la habría escupido. En lugar de eso, se atragantó con su propia saliva y tosió un par de veces. Nabeel la miró, y a Dafne le pareció que se le habían incendiado las mejillas. «¿Estaré yo igual?».

—No, claro que no —dijo Nabeel.

—No —repitió Dafne.

—¿Y qué sois?

Dafne y Nabeel se miraron de nuevo. Definitivamente, los dos se habían sonrojado. ¿Qué clase de emboscada era aquella?

—Pues… somos amigos —explicó Dafne—. Buenos amigos. Solo amigos.

—Exacto, solo amigos. Buenos amigos.

—Si tan buenos amigos sois, ¿por qué no os habéis visto este verano? Yo me doy cuenta de esas cosas… —dijo Nora, suspicaz.

De nuevo, Dafne sintió que se atragantaba. Por unos segundos pensó que era oficial, Nabeel la había traído hasta ahí para llamarla mala amiga, pero enseguida se dio cuenta de que estaba tan incómodo como ella.

—Bueno… pues porque no ha sido posible. Pero yo tenía ganas de ver a Nabeel… ¡Él me mandó una postal! Y yo le mandé otra. Que, por cierto, no sé dónde la tienes… Pero sí. Los amigos también son esas personas a las que siempre echas de menos.

Nora, al otro lado de la pantalla, asintió y se llevó una mano a la barbilla antes de decir:

—Entonces sois amigos porque os gusta pasar tiempo juntos, os mandáis postales y os echáis de menos.

—Sí…

—Y os contáis secretos.

—Claro —mintió Dafne.

—Y os reís y jugáis. Y seguís siendo solo amigos.

—Pues… Sí. Eso —dijo Nabeel.

Desde la pantalla, Nora dejó escapar un larguísimo suspiro.

—Es que Joan es mi mejor amigo. Hablamos de las series que nos gustan y de qué queremos hacer después del cole y nos dibujamos en los brazos los tatuajes que nos gustaría hacernos cuando seamos mayores. ¡Eso no se lo digas a mamá!

—No, no se lo diré —rio Nabeel.

—¿Y cuál es el problema, Nora? Tener un buen amigo es lo mejor del mundo —dijo Dafne.

Nora se secó una lágrima que se le había escurrido por la mejilla.

—Pues que, desde que ha empezado el cole, otra vez Joan y yo estamos un poco raros.

Y el otro día Laura, una de clase, me preguntó si yo quería a Joan.

Y le dije que sí, ¡porque es verdad! ¡Le quiero mucho!

Y ahora Laura le ha dicho a todo el mundo que me gusta, que quiero ser su novia y todos hablan de lo mismo.

Se había ido emocionando mientras hablaba y volvía a llorar. A Dafne se le rompió el corazón y deseó poder atravesar la pantalla para darle un abrazo.

—A veces la gente se ríe porque no te entiende, Nora. Aquí lo importante es que Joan y tú estéis bien, y seguro que en clase se cansan enseguida —dijo Dafne.

—¿Has hablado con él? —preguntó Nabeel.

Nora negó con la cabeza y los rizos negros ondearon por encima de sus hombros.

—Es que ahora estamos un poco raros… Yo quiero que volvamos a estar como antes. Como antes del verano. Pero es que me siento mal. ¿Y si sí me gusta y por eso quiero pasar tanto tiempo con él? ¡Es que los besos me dan asco!

—¿Sabes? Existen muchos tipos de amor —intervino Daf-

ne—. Y todos son igual de importantes. Porque tú a tus padres los quieres mucho.

Y a tus hermanos también. Y también quieres a tus amigos.

Quieres pasar con ellos todo el tiempo que puedas, les echas de menos y les abrazas si se sienten mal.

Les quieres a todos por igual, aunque sean amores diferentes.

—¿Entonces está bien que quiera a Joan, aunque solo sea como amigos? —preguntó Nora, haciendo un puchero.

—¡Pues claro! ¡Como Dafne y yo! —exclamó Nabeel.

Por alguna razón, Dafne sintió que le clavaban un puñal en el corazón.

—Exacto —dijo Dafne—. Además, a mí no me gusta nada eso de «solo amigos». ¡Como si ser amigos fuera menos que novios o algo! No es menos, no es peor. Solo es diferente. Y aunque sea difícil, te tiene que dar igual lo que piensen los demás.

—¡Por supuesto! Y si tienes algún problema, se lo cuentas todo a tu hermano mayor. Me ha encantado que me llamaras, Nora.

—Ah, ¿sí? Pues me daba miedo molestarte…

—A mí me encanta que pidas ayuda —aseguró Nabeel.

—¡Por supuesto! —exclamó Dafne.

—Puedes contar con nosotros para lo que quieras. Sé que últimamente las cosas en casa están siendo raras, pero me tienes a mí y tienes a los papás.

Dafne se dio cuenta de que le temblaba la voz un poco. No pudo reprimirse, le agarró la mano. Nabeel sonrió.

Se sintió una amiga espantosa. Era cierto: no había pasado tiempo con él en verano y ahora parecía que estaba triste y ella no tenía idea de por qué. Le rompió el corazón. Al otro lado de la pantalla, Nora parecía mucho más tranquila. Incluso sonreía.

—¿Estás mejor? —le preguntó Nabeel.

—Sí. ¡Gracias! ¡Y gracias, Dafne! ¡Voy a colgar ya!

Les dedicó una última sonrisa de oreja a oreja antes de desaparecer.

Nabeel sonrió también. Y Dafne, sin pensárselo dos veces, le dio un fuerte abrazo. Tardaron más de lo esperado en separarse.

—Gracias por ayudarme.

—De nada. Y si quieres hablar de algo…

Nabeel negó con la cabeza.

—¡Pues nos veremos mañana en la fiesta de bienvenida!

—¡Sí! ¡Nos veremos!