FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Había reventado sus Pegasus moradas durante ese verano, con todas esas salidas a la playa y a la montaña que habían salvado su salud mental.

Para entrenar llevaba otras, claro. ¡Las zapatillas de entrenar y las de correr no eran ni de la misma familia!

Por ello, sus padres le habían regalado unas nuevas, unas Adidas de la misma tonalidad de naranja que el atardecer que estaba viviendo a su alrededor. Se prometió que le darían suerte.

Tras acabar el primer día de clases, Dafne había salido a dar una vuelta por los alrededores de Estels.

El campus estaba vacío, con todos los alumnos preparándose para la cena.

Pero aun así se podía sentir el movimiento, el bullicio tras las paredes, y Dafne se preguntó qué historias estarían empezando sin que ella se diera cuenta.

Entró en el bosque, ese en el que pronto se realizaría una nueva fiesta de bienvenida. Hacía un calor atípico para finales de septiembre, pero entre árboles la temperatura disminuía bastante. Dafne se acercó al tronco de un sauco y lo acarició sintiendo que el mundo desaparecía a su alrededor.

Hasta que se dio cuenta de que tenía alguien detrás.

Olió su perfume, sintió su calor y le pareció que estaba entonando una canción de los Beatles, aunque al darse la vuelta y mirarle a la cara descubrió que Nabeel tenía los labios convertidos en una fina línea recta.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó Dafne.

Porque de pronto le había recordado a otra persona, a Hugo, y le pareció que mirar a Nabeel y pensar en Hugo, aunque fuera fugazmente, debía estar prohibido.

Se aseguró de sonreír mientras hablaba, quitándole hierro al asunto. Pero Nabeel no la entendió y exclamó:

—¡No! ¡No te seguía, perdona! ¡Solo pasaba por aquí! También me gusta abrazar árboles y demás cuando tengo un rato libre.

—Perdóname tú a mí. Me he visto desde fuera y he sonado como una borde.

Lo observó bien: el cabello negro y lacio le había crecido un poco más durante ese verano y ahora se le rizaba por las puntas. También estaba más moreno y quizás a causa del contraste sus ojos miel brillaban como dos soles.

—Eres la primera persona que conozco capaz de verse desde fuera.

—Parece un superpoder, pero la psicóloga dice que es ansiedad.

Dafne sonrió y Nabeel la imitó por fin. Esa sonrisa que se extendió por sus labios la calentó como si fuese un ave fénix abriendo sus alas.

—No deberíamos estar tan tensos, ¿no? Somos amigos —dijo Dafne, dando un paso hacia delante.

—En eso estoy de acuerdo. Aunque hayas pasado un poco de mis mensajes —dijo Nabeel.

—Perdona. Es que estos días han sido un caos… ¡Creo que sería más fácil si te diera un abrazo!

No entendía por qué había tardado tanto en hacerlo: dar un paso hacia delante, abrir los brazos, estrecharle con ellos.

Sus cuerpos se adaptaban bien el uno al otro.

Se había empeñado en huir de ese gesto cuando en realidad era lo más natural, lo que le salía de dentro.

Y una vez lo abrazó por fin, le costó apartarse de él.

—¿Has acabado ya de entrenar?

—Justo estaba empezando. ¿Quieres…? ¿Quieres venir conmigo?

Así que volvieron a correr juntos. Y entonces Dafne lo notó. Aún no tenía muy claro qué era lo que sentía por Nabeel, pero ese algo intangible seguía ahí. Y Dafne había aprendido a apreciar aquello que no cambiaba pese a los golpes.

Durante media hora, corrieron protegidos por el silencio. Y al acabar ese circuito entre árboles, se miraron a los ojos, jadeando por el esfuerzo.

—¿No sientes que este curso va a ser distinto? —preguntó Dafne por fin—. Creo que simplemente soy imbécil. Estaba convencida de que había avanzado. Que todo el esfuerzo del primer año iba a verse recompensado y que ahora, durante este curso, las cosas serían más fáciles.

—Bueno, eres la capitana de un equipo que ganó la liga. ¡Eso es un paso hacia delante!

—Soy capitana porque Saylor se lesionó… —murmuró Dafne.

—¡Eso no lo sabes! Te nombraron capitana porque eras la guía que necesitaba tu equipo.

Dafne se encogió de hombros y apartó un mechón de cabello castaño que se le había salido de la coleta.

—Da igual. Ganamos la liga pasada, sí, pero no significa que este año vaya a ser más fácil. Solo significa que tengo más que perder… No sé. Es como si el tablero o las piezas hubieran cambiado, ahora en vez de correr sobre el suelo lo hago sobre un hielo que se podría romper en cualquier momento.

—Si alguien es capaz de avanzar sobre el hielo sin romperlo, esa eres tú.

Dafne sintió que Nabeel la acariciaba con palabras. Agachó la cabeza, avergonzada, y para disimular los nervios que le habían entrado se agachó para estirar.

—¿Qué vamos a hacer con tu hermano? —preguntó Nabeel. ¡No puede seguir tan cabreado con la vida! Yo soy su mejor amigo, sí, pero tú eres su hermana. Creo que los dos tenemos su custodia. Y es una putada no compartir habitación con él este año. Parece tan triste…

—¡Él se lo ha buscado! Es tan negativo que espanta a la gente.

—No digas eso…

—El curso pasado acabamos teniendo una bronca…

me dijo unas cosas horribles. —Dafne carraspeó.

No quería contarle que Silas había asegurado que le rompería el corazón a Nabeel y a ella le había sonado como una maldición—.

Hemos hecho las paces, sí. Pero Silas está más cerrado que nunca.

Yo intento ser paciente y acercarme a él, pero no quiere hablar conmigo… Está de un insoportable…

Nabeel se encogió de hombros.

—A ver, es comprensible. Él decidió alejarse de Tomás y ahora, ¡pum! No puede hacerlo porque está en su equipo. Es un caos, claro. Todos están enfadados. Pero Silas… Silas ya no es Silas. ¡Algo tendremos que hacer!

Dafne bajó la cabeza.

—A mí ya no me cuenta nada…

—¿Tan grave fue la discusión?

Dafne asintió y con la mirada le pidió a Nabeel que no hiciera más preguntas.

Nabeel obedeció. Pronto reemprendieron la marcha a la residencia.

—Ojalá me hubiera gustado el beso que me dio —dijo Nabeel de repente—. Igual así el pobre se habría olvidado de Tomás.

Dafne abrió los ojos como platos.

—¿Qué pasa? ¿No lo sabías? —preguntó Nabeel, llevándose una mano a la boca.

—Esto… Intuía que tenía un crush contigo al inicio del curso. Bueno, por eso de compartir habitación. Y porque tu isla del Animal Crossing debe ser increíble —sonrió—. Pero eso… No…

—¿Y estás celosa?

Dafne estuvo a punto de caerse del susto.

—¿Qué?

—Que si hubieras querido que el beso fuera contigo en vez de con él. Yo sí, lo reconozco. Ojalá hubiera sido más valiente y te hubiera besado el año pasado.

Su corazón empezó a latir descontroladamente.

Abrió la boca, pero no fue capaz de decir nada. Nabeel se le adelantó.

—Tranquila, que ya lo he superado. ¡Curso nuevo, vida nueva! No quería agobiarte este verano…

—¡No me has agobiado! —insistió Dafne.

—Bueno, pues creo que no querías responder a mis mensajes y yo debía pillar la indirecta…

Dafne frunció el ceño. Quiso hablar de nuevo, explicarse bien, pero Nabeel le interrumpió:

—¡Solo quiero ser sincero! Nosotros somos amigos. Ya está. Eso es lo más importante… Dale una vuelta a lo de Silas, ¿vale? No a lo del beso. A lo de vuestro enfado. Vuestro cumple es pasado mañana, así que igual podríamos hacer algo.

—Lo celebraremos, sí, pero en la fiesta de bienvenida del sábado. Así que no te compliques, ¡y no nos regales nada, que te veo venir!

Nabeel puso los ojos en blanco.

Estiraron juntos y después lo acompañó a su planta en la residencia. Y mientras le veía alejarse por el pasillo pensó que era cierto, que Silas ya no era Silas, pero que Nabeel ya no era Nabeel tampoco…