FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

FAMILIA CABEZÓN

Lunes, 23 de septiembre, 07:00

PAPÁ

feliz equinoccio de otoño! Este curso reiniciáis

el marcador por todo lo alto! A darlo todo!

DAFNE

feliz otoño a ti también, supongo…

yo me voy ahora a entrenar!

MAMÁ

que vaya genial, cariño!

PAPÁ

también es el día del mimo y del rinoceronte!

En el día que los conmemoraba, Silas había buscado información sobre los rinocerontes y sus hallazgos le habían sorprendido.

Parecían animales fuertes y muy preparados, pero en realidad tenían muy mala vista y una esperanza de vida realmente baja.

Los rinocerontes estaban constantemente al borde de la muerte.

Silas se sentía identificado con ellos. El primer entrenamiento del curso era igual que ir a la guerra, y había pasado la noche en vela imaginando escenarios imposibles.

En uno de ellos Tomás no aparecía y todo lo de su traslado era una tremenda confusión.

En otro, Tomás corría hacia él en el vestuario.

Le agarraba la cara con las manos, le besaba apasionadamente y le confesaba que nunca se había enamorado hasta que le conoció a él.

«Soy patético».

«Por favor, que Tomás no aparezca».

Y, al principio, pensó que sería así. Al llegar al vestuario para ponerse su uniforme, Tomás no estaba en ninguna parte. Al menos, no físicamente. Su presencia estaba en el ambiente, como flotando. Saludó a sus compañeros, pero nadie actuaba de manera normal.

En una esquina, alejado del resto, estaba Arturo, con los ojos fijos en el techo y en completo silencio.

Vio a Héctor, el segundo portero, que tiraba frenéticamente del lóbulo de su oreja derecha.

Nada más llegar, Nabeel se había sentado en el suelo y se pasaba una pelota pequeñita con Marc.

Y lo más fuerte: Rowan tenía el móvil guardado en la bolsa de deporte. No lo había sacado en ningún momento.

¡Era el mundo al revés!

—¡Venid ya! El míster se está cabreando —informó Felipe, asomando la cabeza en el vestuario.

Todos caminaron en silencio hasta el campo de fútbol. Ahí esperaban los demás compañeros junto a Tomás, con su cabello pelirrojo recogido en una coleta diminuta, la cicatriz que le atravesaba el rostro y la cara de quien se esfuerza por sonreír cuando no le sale.

A Silas le sorprendió verlo así: tímido, inseguro como un perro mojado.

Tardó un poco en comprender lo que había pasado. Y es que Tomás llevaba un chándal de color gris en vez del uniforme naranja-pálido-estelar que se convertía en azul que caracterizaba al F.A.R. Estels.

—¿Por qué no llevas el uniforme? ¿Es que lo has perdido? —preguntó el míster en ese momento, con el ceño tan fruncido que seguro que le dejaría una marca permanente.

—Sí, he debido perderlo, señor —reconoció Tomás.

Entonces sus compañeros comenzaron a reírse prácticamente a la vez, como un piano que suena un poco desafinado en distintos agudos.

—Silencio —dijo el míster sin alzar la voz. Bastó para que todos callaran. Después, miró a Tomás y añadió—: Espero que encuentres el uniforme para el próximo entrenamiento.

—¡Que me lo han robado estos, joder! —exclamó Tomás entonces.

El míster suspiró, miró al equipo y dijo:

—No toleraré una sola jugarreta o novatada a ningún compañero. Ahora quiero que empecemos el entrenamiento como un equipo. ¡Ocho vueltas al campo!

Sin embargo, antes de que todos empezaran a correr, el míster miró a Tomás de nuevo y dijo con la voz firme:

—En cuanto a ti, espero que tengas esto claro: la confianza se gana. Y el respeto también.