57
A nnie, ¿qué estás haciendo? —Stevie se levantó del sofá, con la cabeza yéndole a mil por hora y la mirada clavada en la pistola.
—Voy a ir al hotel de Kirk Tyler y le voy a apuntar con esta misma pistola a la cabeza hasta que me diga dónde está mi pequeña.
—¿Y si Kirk no quiere hablar?
—Créeme, hablará. —Su voz sonaba desafiante—. Y, cuando acabe de hablar, pienso matarlo también. Kirk Tyler se merece morir por todo lo que ha hecho. Por lo que le hizo a Mia, y a esas otras chicas. Incluso por lo que le hizo a Blair y por lo que me ha hecho a mí.
—Annie, por favor, no lo hagas. —Stevie sacó su teléfono con las manos temblorosas—. Deberíamos ir a hablar con la policía. Ellos pueden encargarse de interrogar a Kirk y lograr que confiese. Si les explicas…
La mujer le apuntó con la pistola. Tenía el dedo en el gatillo.
—Suelta ese teléfono ahora mismo. —La voz de Annie sonaba fría, distante.
—¿Qué vas a hacer, dispararme? —Stevie soltó una carcajada seca, a pesar del miedo que sentía.
—Sí, en el brazo o en la mano, si es que no me dejas más remedio.
Stevie abrió los ojos como platos al tiempo que el miedo le oprimía el pecho.
—¡Te has vuelto loca!
—Eso es lo que el dolor puede hacerle a una persona.
—Annie, no estás pensando con claridad…
—Lo estoy, Stevie. Estoy pensando con muchísima claridad.
Kirk Tyler no va a hablar con la policía.
De hacerlo, contrataría a los mejores abogados del país para que lo defendiesen.
Compraría su libertad. Estoy ya de mierda hasta las orejas.
Y ya he aceptado el hecho de que voy a pasarme el resto de mi vida en la cárcel por haber matado a Blair.
Pero también sé que por fin me sentiré en paz cuando descubra dónde está Mia.
Mi preciosa y dulce pequeña se merece un entierro como Dios manda. Seguro que lo entiendes, ¿no?
—Pero así no, Annie. —Buscó el número de Oliver entre sus contactos. Pero los dedos le temblaban demasiado.
Oyó cómo Annie le quitaba el seguro a la pistola.
—Suelta el teléfono.
Stevie alzó la mirada. Los ojos de Annie estaban clavados en su rostro.
—¡Que lo sueltes! ¡Ahora mismo!
Se agachó y dejó el teléfono sobre la mesita de centro.
—Bien, ahora, muévete. —Annie señaló hacia una puerta con el cañón de la pistola.
Stevie soltó una carcajada incrédula. No podía creerse que aquello estuviese pasando.
—Annie, no tienes por qué…
—Lo digo en serio. Al pasillo, ahora.
Stevie la fulminó con la mirada y, por un momento, se quedó donde estaba, pero entonces se fijó en el destello de locura que surcó la mirada de Annie. Lo decía totalmente en serio lo de que le dispararía si no le dejaba más remedio.
Su cuñada abrió la puerta del armario cuando salieron al pasillo.
—Entra.
—Annie, no pienso meterme en el armario. Podemos ir juntas a hablar con la policía.
—Stevie, tienes que meterte ahí dentro ahora mismo. Hal no tardará en volver y te sacará, pero yo necesito hacer esto, y no pienso dejar que me detengas.
Stevie intentó pasar junto a ella a la carrera.
—No, no pienso dejar que mates a nadie más. ¡Tú no eres así, Annie!
—¡Sí que lo soy!
El sonido del disparo fue ensordecedor. A Stevie le empezaron a pitar los oídos y el pasillo se llenó de humo.
Stevie observó la estampa boquiabierta. Annie había disparado hacia la barandilla de las escaleras, y se había llevado un buen cacho de la madera con el disparo.
—¡Que te metas en el armario! —gritó, respirando con dificultad y con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
Una vez dentro, Stevie oyó cómo echaba la llave al armario y después escuchó el chirrido de los neumáticos del coche de Annie alejándose a toda velocidad.
Stevie zarandeó el pomo del armario. Kirk Tyler era el peor ser humano que había tenido la desgracia de conocer, pero aun así no podía dejar que Annie le quitase la vida.
¿De qué serviría todo eso? Solo traería más y más dolor.
Su padre, Jimmy, Blair, Annie…, todos habían hecho cosas horribles.
¿Se merecían morir por ello? ¿Cuándo se suponía que iba a acabar todo ese sufrimiento?
Una venganza siempre daba pie a otra. Pero eso tenía que acabarse ya.
Ella se encargaría de ponerle fin a aquello.
Golpeó la puerta con el hombro. Una vez.
Dos. Y mucho más fuerte una tercera. Las bisagras empezaron a ceder.
Por lo que volvió a golpear la madera. Se lanzó contra la puerta, dejando caer todo su peso contra ella.
Oyó un crujido hueco y discordante que provenía de las bisagras.
El hombro le aullaba de dolor. Le dio una patada a la puerta con todas sus fuerzas, y entonces el frágil marco se resquebrajó.
Uno más, solo uno más. Apoyó las manos en las paredes del armario, alzó las piernas y pateó la madera con todas sus fuerzas.
La puerta cedió en cuanto una de las bisagras se desprendió.
Stevie se deslizó a través del hueco que había abierto y salió corriendo hacia su coche.
Oyó cómo su teléfono sonaba en el salón, por lo que se dio la vuelta a la carrera, lo tomó y respondió a la llamada mientras se dirigía hacia su coche a toda prisa.
—Colby —respondió, jadeante.
—¡Stevie! ¿Estás bien? Estaba durmiendo…
Stevie conectó el teléfono a la radio y arrancó el motor.
—Colby…
—Y no sé por qué, pero me he despertado con la sensación de que me necesitabas…
—Colby, escúchame…
—Y, al abrir los ojos, he visto tu mensaje sobre que Kirk había matado a Blair y a Mia.
—¡Me he equivocado! ¡Fue Annie quien mató a Blair!
—¿Qué coño…?
—Se ha ido al Sable & Stone. Va a matar a Kirk.
—¿Qué cojones estás diciendo?
—Tienes que llamar a Oliver y contarle lo que está pasando. Yo voy a detenerla.
—Espera. Stevie. ¿Crees que eso es buena idea?
—Tú solo llama a Oliver y dile que mande a la policía al hotel tan rápido como pueda.
Y, dicho eso, Stevie colgó la llamada y pisó el acelerador.
Diez minutos más tarde, llegó al Sable & Stone, con la gravilla del aparcamiento crujiendo bajo sus neumáticos.
Eran poco más de las tres de la mañana, y todo estaba a oscuras.
En cuanto se adentró en el aparcamiento, los faros de su coche lo iluminaron todo.
Ahí estaba el coche de Annie, aparcado al fondo.
Stevie apagó el motor y alzó la mirada hacia la ventana que sabía que daba a la habitación de Kirk, en la planta superior.
Las cortinas estaban corridas. Y las luces apagadas.
Entonces deslizó la mirada hacia una pequeña ventana abatible que estaba medio abierta. Y luego hacia la escalera de incendios que llevaba hasta ella y, justo ahí, en lo alto de esa plataforma metálica, estaba Annie, que desapareció en ese mismo instante a través del hueco de la ventana.
Stevie llevó la mano a la manilla de la puerta, con el corazón latiéndole acelerado, y cruzó el aparcamiento a la carrera, para después subir el camino de entrada del hotel sin detenerse.
Subió las escaleras metálicas de dos en dos, y se detuvo tan solo cuando llegó a lo alto, para tratar de oír qué estaba ocurriendo dentro de la estancia.
Había demasiado silencio, que solo se veía interrumpido por su agitada respiración.
Vaciló un momento antes de asomarse a través de la ventana.
Annie no le dispararía solo por haberla seguido, ¿verdad?
Una vez dentro, aguardó a que la vista se le acostumbrase a la densa oscuridad que reinaba en la estancia.
Estaba en el saloncito adyacente, lo reconoció porque ya había estado allí antes, y conocía esa mesa, esos sofás, que eran los mismos en los que se habían sentado todos la mañana después de que Blair fuese asesinada.
Encendió la linterna del teléfono y se fijó en que había una puerta entornada un poco más adelante.
Se acercó a ella de puntillas, y el sonido de unos suaves ronquidos fue cobrando fuerza a medida que cerraba la distancia.
Contuvo el aliento y cruzó el umbral del dormitorio de Kirk.
Todo estaba a oscuras, pero Stevie pudo vislumbrar la silueta de Annie.
Estaba de pie junto a la cama de Kirk, con una mano en el cable de la lámpara de la mesilla y sujetando la pistola contra su cabeza en la otra, mientras el pecho del hombre subía y bajaba con la misma cadencia que sus ronquidos.
Con un movimiento rápido, Annie tiró del cable y la lámpara se encendió.
Stevie tuvo que entrecerrar los ojos para protegerse ante aquella repentina luz.
Kirk, que estaba tumbado sobre unas sábanas de color azul marino, con su pijama de seda y roncando plácidamente, se revolvió un poco sobre el colchón.
—Annie —la llamó Stevie en un siseo, con el corazón aporreándole las costillas y el estómago revuelto.
Annie se volvió hacia ella como un resorte, sorprendida, pero recobró la compostura rápidamente.
—Stevie.
—Annie, por favor, no lo hagas. Todavía no es demasiado tarde.
A Stevie le temblaba todo el cuerpo, pero su cuñada, en cambio, sostuvo la pistola contra la cabeza de Kirk con firmeza.
—No pienso marcharme hasta que me cuente qué hizo con el cuerpo de Mia. ¿Es que tú no quieres saberlo?
Pues claro que quería saberlo. Estaba igual de desesperada que ella.
—Pero así no.
—Esta es la única manera.
Presionó el cañón de la pistola contra la frente del hombre y le dio un suave golpecito en la cabeza.
Stevie se quedó helada y, por un momento, incluso dejó de respirar.
—Buenos días, señor Tyler.
Kirk soltó un gemido suave y abrió los ojos.
Annie esbozó una sonrisa malvada, sin apartar la mirada de él.
—Ah, señor Tyler, está despierto.
Kirk abrió los ojos como platos al verla, y se quedó blanco como la cera. Soltó un gemido y trató de deslizarse hacia el otro lado de la cama, pero tenía las piernas enredadas entre las sábanas.
—No tiene por qué tener miedo —dijo Annie—. Solo he venido a hacerle una pregunta muy sencilla y, lo único que tiene que hacer, para que no le mate, es responderla.
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude! —gritó Kirk, volviéndose hacia Stevie.