Famosa hasta la muerte 55
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E l teléfono de Marnie sonó al recibir un mensaje, rompiendo así el silencio que reinaba en la habitación.

Stevie abrió los ojos de golpe y se volvió hacia el despertador que había sobre la mesilla. Eran poco más de las doce.

Marnie alargó una mano hacia la lámpara, observó la pantalla del teléfono con los ojos entrecerrados y después se lo tendió a Stevie.

—Me he dejado las gafas abajo.

—Es Annie. —Una oleada de adrenalina la recorrió de la cabeza a los pies—. Dice que se acaba de ir la policía de allí. ¿La llamo?

—Sí, llámala a ver qué tal están.

Stevie marcó el número de Annie y esta respondió a la llamada después del primer tono.

—Hola, Annie. Soy Stevie. ¿Qué ha pasado? —Tuvo que hacer su mayor esfuerzo para no preguntarle por la pistola.

—Yo también estoy aquí con Stevie —dijo Marnie, dándole un suave codazo en el costado—. Ponlo en altavoz, yo también quiero oír a Annie.

—Hola, Marnie, me temo que por aquí hemos tenido una noche bastante movidita. Hal ha tenido que pasar por un interrogatorio bastante exhaustivo, bueno, en realidad, los dos.

—Pero ¿estáis bien? —le preguntó Stevie.

—Yo estoy bien, y estoy segura de que Hal también lo estará. Se lo han acabado llevando a la comisaría para tomarle declaración formalmente.

¿A la comisaría? Mierda. ¿Qué quería decir con eso?

—¿Y no podían haber esperado a mañana por la mañana? —dijo Marnie.

—Fue él quien sugirió hacerlo ahora para quitárselo de encima.

—Annie suspiró con fuerza—. Sinceramente, ha sido demasiada información de golpe como para procesarla bien.

Aún seguimos intentando asumir que Frank y Jimmy estuvieron involucrados en el asesinato de Aaron Taylor, y la policía no paraba de preguntarnos por la dichosa pistola.

Les dije que no tenía ni idea de que hubiese habido una pistola en esta casa.

—Pero… ¿sí que teníais la pistola en casa? —le preguntó Stevie.

—Eso parece. Hal les explicó que Marnie le había pedido que se deshiciese de ella, así que él decidió guardarla en una caja metálica con candado en el sótano.

La policía estuvo buscando la caja, pero no pudieron encontrarla.

Creo que debí de tirarla sin darme cuenta durante una de mis sesiones intensivas de limpieza.

Recuerdo que pedí que nos mandasen desde Goodwill una camioneta para venir a recoger un montón de cajas y nuestra vieja secadora hace un tiempo.

Así que supongo que debí de pensar que no contenía más que cables viejos y les dije que se la llevasen también.

Ya sabéis lo mucho que le gusta a Hal guardar los cables de todos los chismes electrónicos que se compra por si algún día los acaba necesitando.

Stevie se relajó notablemente. No había sido Hal. Gracias a Dios, no había sido Hal. Pero entonces una oleada de desesperación la invadió. Porque cabía la posibilidad de que nunca descubriese quién había asesinado a Blair.

—Así que podría tenerla cualquiera…

—Supongo. De haber sabido que estaba ahí, se la habría entregado a la policía. Pero ya basta de hablar de la pistola. ¿Cómo estáis vosotras? Lo que ha pasado con Frank y con Jimmy… Es mucho que asimilar.

—En un momento me niego a creer que todo esto esté ocurriendo de verdad, luego me siento furiosa y, al final, me sobrecoge la desesperación —dijo Marnie—. Pero esta familia ya ha tenido que pasar por cosas mucho peores. Así que también saldremos de esta.

—Sí, hemos tenido que pasar por cosas mucho peores.

—Annie se quedó en silencio por un momento.

Nadie se atrevió a pronunciar el nombre de Mia.

O el de Blair. Y entonces carraspeó con fuerza y su tono cambió por completo—.

Debería colgar ya. Intentad dormir un poco.

Me pasaré mañana por la tarde para ver cómo estáis.

—Te queremos mucho, cariño —se despidió Marnie.

Stevie colgó la llamada, apagó la lámpara de la mesilla y se volvió a tumbar sobre la almohada.

—¿Crees que podrás quedarte dormida?

Marnie buscó su mano por debajo de las sábanas.

—Creo que tengo más probabilidades de descansar un poco contigo aquí.

—Yo también.

Las dos guardaron silencio, pero el sueño las evadió. Stevie rodó sobre sí misma una vez, y después otra. Sentía que el cerebro le iba a mil por hora, y era incapaz de apagarlo. El asesino de Blair seguía suelto.

—¿Qué tal tienes la rodilla? —le preguntó Marnie en un susurro.

—Me palpita de dolor.

—Tengo un bote de ibuprofeno en el armario del baño. Tómate un par de pastillas y mañana por la mañana nos acercaremos al médico para que te lo miren.

¿La gente iba al médico cuando sus padres estaban siendo acusados de encubrir un asesinato? Stevie supuso que sí.

Se levantó de la cama y encendió la luz del cuarto de baño. Se metió un par de pastillas en la boca e introdujo la cabeza debajo del grifo.

Se echó un vistazo en el espejo. Una chica pálida y rota le devolvió la mirada. Stevie le dio la espalda, porque no podía soportar ver su reflejo en ese momento, pero entonces un pequeño destello le llamó la atención. El que reflejaba el colgante de plata en forma de pluma.

Se llevó los dedos al collar y dejó que la cadena se deslizase entre sus dedos.

En ese momento, algo se despertó de repente en el borde de su conciencia. Una idea, una conexión, un destello importante, pero se le escapó entre los dedos antes de que pudiese aferrarse a él.

—¿Va todo bien ahí dentro? —le preguntó Marnie.

—Sí —respondió, distraída.

Apagó la luz del baño y regresó a la cama junto a su madre.

¿Qué era lo que estaba tirando de ella, lo que la estaba empujando a unir las piezas de un rompecabezas que no lograba encajar?

Era como cuando, al despertar, intentaba recordar con qué había soñado, aunque ya hubiese empezado a olvidarse de los detalles.

La respiración de Marnie cobró una cadencia suave y uniforme, y después empezó a roncar con suavidad, pero Stevie no logró conciliar el sueño.

Y entonces, de repente, lo recordó. Se incorporó de un salto.

La pulsera de Mia. La que llevaba puesta en la foto de Marnie. Era una pulsera de dijes. Y Mia siempre la llevaba puesta.

Sabía que uno de los colgantes era un corazón, de ese se acordaba con claridad. ¿También tenía una manzana? Y una herradura. También se acordaba de la herradura. Pero ¿tenía uno en forma de pluma?

Stevie se apartó las sábanas de encima, tomó el marco de fotos que había sobre la mesilla y salió al pasillo de puntillas, sin hacer ni un ruido.

¿Tenía un dije en forma de pluma? Encendió la luz del pasillo y observó atentamente la fotografía.

Aunque no pudo ver apenas nada. Porque la pulsera quedaba oculta tras un destello del sol.

Salió corriendo a su cuarto, abrió el armario de un tirón y se subió a una silla para poder llegar a la balda superior. Sacó sus jerséis de invierno y los lanzó al suelo. Y ahí estaba, justo al fondo del armario. La caja que le había prometido a su familia que había tirado hacía años.

Se sentó sobre la moqueta, con la pierna mala estirada, y levantó la tapa. Sacó el pesado cuaderno que había guardado dentro y recorrió la portada con las manos, pasando los dedos por las letras que había grabadas.

«Encontrar a Mia».

Por un momento, fue como si el tiempo se detuviese.

Llevaba dos años sin ver ese cuaderno, y aquella letra le resultó extraña y familiar a partes iguales.

Su psicóloga le había animado a que se centrase tan solo en la vida de Mia y en celebrar el tiempo que habían pasado juntas, en vez de obsesionarse con cada pequeño detalle de su desaparición.

Le había dicho a Stevie que tenía que dejar de investigar el caso.

Y Stevie, como respuesta, la había mandado a la mierda.

Pero, al final, había aceptado que tenía que dejarlo, para recuperarse.

Por eso había encerrado todos los detalles de su investigación en aquella caja, para protegerse.

Pero ahora necesitaba volver a sacarlos.

Furiosa, revisó todas y cada una de las páginas del cuaderno, los recortes de periódico que hablaban sobre la desaparición de Mia y los carteles que habían colgado por toda la ciudad para tratar de encontrarla.

Las fotos de las vigilias. Los detalles de todos los supuestos avistamientos.

Las copias de todas las cartas que le había escrito al tío Jimmy pidiéndole que la dejase ver los expedientes de la policía.

Y sus respuestas, en las que siempre le decía que no podía darle esa información.

Y, finalmente, llegó a la última foto que le habían sacado a Mia. La foto que Stevie le había hecho durante la fiesta de su decimosexto cumpleaños.

En ella, Mia tenía la cabeza apoyada en las manos. Y llevaba puesta la pulsera, de la que colgaban distintos dijes.

Una herradura, un corazón con un diamante en el centro, una estrella, una mariposa…

Y una pluma.

La misma pluma que en ese momento colgaba del cuello de Stevie.

Se lo quitó y le dio la vuelta entre los dedos. Cada célula de su cuerpo se puso en tensión en ese mismo instante.

No era una «B» lo que había grabado por detrás del colgante. Era una «M» .