52
E l coche patrulla de Jimmy estaba aparcado frente a la casa de los Baker.
Mierda . Había ido a hablar con ellos sobre el secuestro.
A la mierda. Iba a tener que escuchar lo que tenía que decir.
Stevie entró por la puerta con el estómago revuelto, con la bilis subiéndole por la garganta.
Su madre, su padre y Jimmy estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina.
Jimmy llevaba el uniforme puesto, tenía las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos.
Frank estaba mirando hacia el vacío, con la mirada perdida, y Marnie estaba sentada demasiado erguida y tensa, dándole vueltas a su alianza con nerviosismo.
Marnie se levantó de un salto en cuanto la vio aparecer. Tenía el rostro ceniciento y los ojos enrojecidos, como si hubiese estado llorando.
—Stevie, ¿dónde te habías metido? ¡Nos tenías muy preocupados!
A Stevie comenzó a temblarle el mentón de forma incontrolable. Las lágrimas brotaron desconsoladas de entre sus párpados, y se deslizaron a toda prisa por sus mejillas. Estaba a punto de destrozar a su familia. Si decía lo que había ido a decir, todo cambiaría para siempre.
Frank también se levantó de su asiento, con la preocupación reflejada en su expresión.
—Ay, Osita, debes de haber pasado muchísimo miedo. El agente Dean nos ha contado lo que ha ocurrido en el parque. Tienes que contárselo todo a Jimmy para que pueda atrapar al malnacido que te ha hecho eso.
Stevie no creía que fuera capaz de hablar, de decir lo que tenía que decir.
Estaba dividida; la verdad la estaba destrozando por dentro.
Una parte de ella seguía creyendo que su padre era el mejor hombre del mundo, la única persona en la que siempre podría confiar en que siempre hiciese lo correcto.
Pero la otra necesitaba saber la verdad de lo que había hecho.
—¿Dónde guardaste la pistola, papá?
La pregunta se cernió sobre ellos, llenando la estancia, apoderándose de todo.
Frank tragó con fuerza y, cuando habló, la voz le salió débil y temblorosa.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué pistola?
A Stevie se le formó un nudo en la garganta.
—La pistola con la que Jimmy mató a Aaron Taylor.
Frank la observó con atención, y la preocupación que antes había refulgido en su mirada se transformó en algo totalmente distinto.
—Stevie, ¿de qué estás hablando? —Marnie señaló a su tío—. Jimmy ha venido para hablar de lo que te ha ocurrido hoy.
A Stevie se le revolvió el estómago, pero no se atrevió a apartar la mirada de su padre.
—¿Dónde está la pistola con la que Jimmy mató a Aaron Taylor?
—¡Ya basta! ¡Esto es una tontería! —Jimmy se levantó de un salto, con tanta fuerza que la silla chirrió al deslizarse por las baldosas del suelo—. ¿Por qué iba a saber tu padre dónde está esa pistola?
—¡Lo sabes perfectamente! —le espetó Stevie, furiosa, con la ira ardiéndole en las venas—. ¡Y papá intentó matar a Faith Green porque ella también lo sabía!
—¿Que yo intenté el qué ? —le preguntó Frank, volviéndose hacia Jimmy como un resorte.
—Está claro que no tiene ni idea de lo que está hablando. ¡No sé quién le ha dicho ese montón de tonterías!
Jimmy se estaba poniendo rojo de la ira, y las manos le temblaban a los costados.
Stevie se volvió hacia Frank con los ojos entrecerrados.
—Sé que fuiste tú quien mandó a Faith Green por Westville Drive, y quien le reventó las ruedas con una cadena de pinchos.
—¿Qué? No… Ay, Dios… —La mirada de Frank cobró un brillo distinto, como si acabase de caer en la cuenta de algo horrible. Y entonces respiró lenta y profundamente—. Jimmy, dime que no lo hiciste. Dime que no es verdad.
Durante un segundo, el cerebro de Stevie trató de ponerse de nuevo al día. Y entonces la verdad le cayó encima como un jarro de agua helada.
¿Jimmy? ¿Había sido Jimmy? Se giró y fulminó a su tío con la mirada.
Él levantó los brazos sobre su cabeza, exasperado.
—Pues claro que no es verdad. Frank, fue un accidente.
Estaba mintiendo. Su padre no había sido quien había atraído a Faith hasta esa carretera, sino Jimmy. Stevie suspiró aliviada por un momento, aunque el alivio no le duró demasiado.
—¡El novio era quien conducía e iba demasiado deprisa! Esa curva es una auténtica pesadilla, ya lo sabes, y al tipo ya lo habíamos detenido más de una vez por conducción temeraria y… —Jimmy se quedó callado al fijarse en cómo lo estaba mirando Frank.
Frank negó con la cabeza y se le hundieron los hombros.
—Ay, Jimmy, ¿qué has hecho?
—¡Nada! ¡Tu hija está desvariando otra vez! —Jimmy intentó soltar una carcajada, pero le salió demasiado seca y vacía.
—Tengo pruebas —repuso Stevie, con firmeza—. He leído los mensajes. Y te vi en el lugar del accidente cuando fuiste a buscar el teléfono de Faith.
Marnie pasó la mirada de Stevie a Frank, con los ojos desorbitados.
—Frank, ¿de qué está hablando?
—¡No tiene ni puta idea de lo que está hablando! —repuso Jimmy a gritos, con tanta rabia que incluso escupió al hablar—. Solo es una maldita zorra que ha estado otra vez metiendo las narices donde no debía. ¡No os podéis creer nada de lo que dice!
En ese momento, Marnie pareció crecer un palmo por cómo se estiró, y la mirada le refulgió de ira.
—¡No te atrevas a hablarle a mi hija de ese modo! —Atrajo a Stevie hacia su pecho y acunó su rostro entre sus manos, buscando en su mirada como si fuese a encontrar allí las respuestas que buscaba—. Stevie, cariño, cuéntame qué está pasando.
A Stevie le costaba respirar y las palabras brotaron aceleradas de entre sus labios, en medio de un sollozo.
—Jimmy… mató a Aaron… y papá lo sabía y lo encubrió.
Marnie se volvió hacia Frank. Él ni siquiera se atrevió a mirarla, se quedó con la vista clavada en el suelo y los hombros hundidos.
A Marnie comenzó a temblarle el mentón. Pero entonces tragó con fuerza, parpadeó para contener las lágrimas y le secó a Stevie con el pulgar las que le caían descontroladas por las mejillas.
Mantuvo la mirada clavada en sus ojos, como si pretendiese comprobar así si estaba diciéndole la verdad o no.
—¿Estás segura, cariño? —Stevie asintió, y se dio cuenta del momento en que su madre unió todas las piezas del rompecabezas, y en el dolor que eso le trajo consigo.
—¡Está mintiendo! ¡O al menos está confundida! —gritó Jimmy, con la desesperación y la ira entremezclándose en su voz.
Marnie se volvió hacia él como un resorte, fulminándolo con la mirada.
—Frank, ¿lo que dice Stevie es cierto? ¿Tuviste algo que ver con el accidente de Faith Green?
—Jimmy me pidió que le escribiese. —Frank no alzó la mirada al hablar, en voz baja y rota—. Me dijo que iba a reunirse con ella en el Kavannagh para hablar sobre la situación, para ver si podíamos llegar a algún acuerdo.
El otro hombre se acercó a él, blanco como la cera.
—Frank, no digas ni una palabra más.
Su padre alzó entonces la mirada, con los ojos anegados de lágrimas.
—Jimmy, aún no he terminado. Esto tiene que acabar ya.
—¿Y fue Jimmy quien disparó a Aaron Taylor? —insistió Marnie, sin apartar la mirada de su marido.
—¡Esto es ridículo! —gritó Jimmy, con una vena hinchándose en su cuello, furioso—. ¿Tú te estás oyendo, Marnie? ¿No puedes estar creyéndote en serio todo esto? Frank, díselo.
—Jimmy lo mató —dijo Stevie—, y Faith Green lo sabía y los estaba chantajeando.
—Frank… —A Marnie le tembló la voz al hablar—. ¿Fue Jimmy quien mató a Aaron?
Frank volvió a bajar la mirada hacia el suelo y asintió.
Marnie tragó con fuerza y se puso en tensión cuando comprendió el alcance de aquella confesión.
—¿Dónde está la pistola?
—No lo sé —dijo Frank, hundido.
Marnie volcó entonces toda su furia sobre su marido.
—¡¿Dónde está la maldita pistola?!
Stevie se sobresaltó. El corazón le latía acelerado, y Frank se dejó caer de nuevo en su asiento, llevándose las manos a la cabeza.
—No sé dónde está. Después de que Jimmy disparase a Aaron, me encargué de borrar todas las pruebas que pudiesen llevar hasta él, y escondí el arma en la buhardilla. Pero ha desaparecido, y no sé dónde está. Jimmy y yo la hemos buscado por todas partes.
—¿Por eso subisteis ese día a la buhardilla? No estabais investigando el caso de Aaron. —Stevie se sobresaltó al caer en otra conclusión—. Pero si estabas buscando el arma, eso significa que no fuiste tú quien mató a Blair.
Frank alzó la mirada hacia su hija, con lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Ay, Osita, pues claro que yo no maté a Blair. Stevie, sé que ahora crees que no sabes quién soy, pero ¿matar a mi propia hija?
—Yo… Yo… —Al ver el dolor que se reflejaba en la mirada de su padre, el mismo dolor que la atormentaba a ella, Stevie tuvo ganas de retirar lo que acababa de decir.
—¿En la buhardilla? —Marnie se tambaleó como si alguien le hubiese asestado un puñetazo en el estómago, y tuvo que aferrarse al borde de la mesa para no caerse—. ¿La pistola estaba en la buhardilla?
—Mamá, ¿qué te pasa? —Le pasó un brazo por los hombros y la ayudó a sentarse.
—Yo… no lo sabía… —dijo Marnie, empalideciendo de golpe.
—¿De qué estás hablando?
—No sabía que la pistola que había en la buhardilla fue la misma que se usó para matar a ese chico, la misma que luego mataría a mi Blair.
Creía que era de Frank. La encontré ahí arriba unas Navidades, hace unos años, cuando estaba guardando las decoraciones.
—Se volvió hacia Frank—. Creía que la tenía porque iba a usarla para suicidarse —dijo con amargura—. Así que me deshice de ella.
Stevie se aferró a la mano de su madre.
—Mamá, esto es importante. ¿Qué hiciste con la pistola?
—No estaba segura de qué hacer con ella —respondió en apenas un susurro—. Lo único que sabía era que tenía que librarme de ella y sacarla de aquí.
Stevie podía oír el latido lento y fuerte de su corazón en los oídos.
A Marnie se le nubló la vista.
—Se la di a tu hermano, Stevie. Se la di a Hal .