47
T odo ocurrió tan rápido que Stevie no tuvo tiempo ni de gritar.
Unas manos fuertes se cerraron alrededor de sus muñecas.
Y otras le rodearon la cintura. Ella pataleó y trató de liberarse, pero su agarre era demasiado férreo.
Se removió de un lado a otro, con la respiración acelerada.
Alguien la alzó por el aire y la lanzó con fuerza.
Entonces se puso a gritar.
Aterrizó de costado. De repente, todo olía a cuero.
Oyó cómo una puerta se cerraba de un portazo.
El sonido de un motor al arrancar y acelerar.
Un coche. La habían metido en un coche. Gritó con más ganas y pataleó la puerta con todas sus fuerzas.
Intentó liberarse las manos, pero no pudo.
Le habían atado las muñecas con unas bridas de plástico que le estaban cortando la piel.
—Cierra el pico o te rajo la garganta —gruñó una voz grave y ronca.
Stevie se mordió la lengua para no gritar, aunque los gritos de auxilio siguieron resonando en su cabeza, y entonces se echó a llorar, sollozando con fuerza.
Aquello no podía estar pasando. No iba a permitirlo.
Luchó contra la impotencia, volvió a golpear la puerta e intentó encontrar la manilla con los pies. El coche tomó un giro brusco.
—¡Estate quieta! —¿Otra voz diferente? No estaba segura. La cabeza le daba vueltas, barajando todas las distintas teorías.
—¿Por qué estáis haciendo esto?
—Te he dicho que te calles. Tengo un mensaje que darte.
Había algo extraño en aquella voz. Sonaba demasiado ronca, como si no fuese real. Estaban distorsionando sus voces. A Stevie se le paró el corazón al darse cuenta del porqué. Porque los conocía. ¿Uno era Oliver? Solo él había sabido que estaría a esa hora cerca del parque.
—¿Oliver? —probó a decir, y después más alto—. ¡Oliver!
Stevie rodó sobre el asiento cuando el coche volvió a girar con brusquedad, antes de detenerse de golpe.
—Último aviso. No te metas en lo que no te incumbe, o la próxima vez te aseguro que no tendrás tanta suerte.
Las manos de antes volvieron a rodearla, sacándola del coche.
La lanzaron al suelo, de rodillas. Un ramalazo de dolor le recorrió la pierna.
Entonces oyó cómo le cortaban las bridas que le rodeaban las muñecas.
Era libre. Se oyó el chirrido de unos neumáticos alejándose a toda velocidad por la calzada. El ruido de un motor al acelerar.
Se llevó las manos al saco de tela que le cubría la cabeza y se lo quitó de un tirón.
Tuvo que parpadear con fuerza para acostumbrarse a la repentina luz, y respiró hondo, llenándose los pulmones de aire fresco.
Volvía a estar al principio del callejón.
Del callejón de Mia. La habían metido a la fuerza en un coche y habían conducido en círculos alrededor del parque.
Se volvió hacia donde había oído que se había marchado el coche, y lo vio desaparecer tras doblar una esquina.
Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no parecían querer cooperar.
Le pesaban demasiado y, a la vez, no las sentía.
Se arrastró por el suelo hacia atrás y se recostó contra la pared.
Temblorosa, cerró los ojos, con las lágrimas escapándosele a través de las comisuras de los párpados, y en ese momento se dio cuenta de lo sencillo que resultaba hacer que alguien desapareciera sin dejar rastro .