Famosa hasta la muerte 46
84%

46

C erró el portátil de golpe. Empezó a dar vueltas por la habitación, nerviosa, ignorando lo muchísimo que le dolía la rodilla.

No podía quedarse quieta, no cuando la cabeza y el corazón le iban a toda velocidad.

Oliver era quien le había traído el paquete con la muñeca.

Había sido una cadena de pinchos policial la que había causado el accidente de la madre de Colby.

No había estado con Jimmy cuando había ocurrido porque Jimmy había ido al lugar del accidente solo.

Pero ¿por qué? ¿Por qué iba a querer Oliver matar a Faith Green y por qué iba a querer asesinar a Blair?

¿Y qué clase de conexión tenía con el arma que había disparado a Aaron Taylor?

¿Es que fue amigo de Aaron? ¿Fue él quien estaba con Aaron en el aserradero esa noche?

Era una posibilidad, porque Aaron habría tenido veintiún años de haber seguido con vida, por lo que Oliver y él habrían sido más o menos de la misma edad.

Alguien llamó con suavidad a su puerta.

—¿Stevie? —Frank se asomó al interior de la habitación, aunque se cubrió los ojos enseguida al ver que seguía en ropa interior y volvió a cerrarla de golpe.

Stevie tomó un par de pantalones cortos de un cajón y se los puso a toda prisa.

—Ya puedes pasar.

Frank entró en la estancia con cautela.

—¿Va todo bien, cariño?

¿Bien? Stevie podría haberse echado a reír a carcajadas en ese mismo instante, de no haber tenido tantas ganas de llorar.

—¿Tienes el número del agente Dean?

—¿Su número? ¿Es que ha pasado algo malo?

Sí, había ocurrido algo horrible.

—No, solo quiero llamarlo para disculparme por haberle pegado la otra noche.

—Probablemente sea lo mejor, sí. —Frank sacó su teléfono y abrió la aplicación de contactos—. ¿Cómo te lo puedo enviar?

—¿Puedes mandármelo por Air Drop?

Frank sostuvo el teléfono frente a su rostro, aunque a cierta distancia, porque no veía demasiado bien sin gafas.

—Mmmm, ¿se supone que tengo que darle aquí?

—Se espera que en Carolina del Sur haya temperaturas bastante cálidas, casi hasta veraniegas. Se prevé que las máximas durante el día alcancen unos 30 ºC (86 ºF), con mínimas durante la noche en torno a los 26 ºC (79 ºF)

—Deja, ya lo hago yo.

Stevie le quitó el teléfono de las manos y bajó por sus contactos hasta que llegó al de Oliver. Estaba a punto de devolverle el teléfono a su padre cuando otro contacto le llamó la atención.

«Número Desconocido».

¿Por qué narices tenía su padre un contacto guardado como Número Desconocido? Supo la respuesta de inmediato. Estaba tratando de esconder la identidad de alguien. El corazón comenzó a latirle incluso más acelerado que antes.

—¿Ya has terminado? —le preguntó Frank, acercándose a ella.

—Casi. —Tuvo que hacer su mejor intento por mantener una expresión neutral y porque no le temblasen los dedos cuando entró en el contacto. Pero no reconoció aquel número.

—Anda, dámelo y te lo dicto —dijo Frank, alargando una mano hacia ella para que le devolviese el teléfono, aunque de repente sonaba un tanto nervioso.

Stevie trató de memorizar los cuatro últimos dígitos del número repitiéndolos una y otra vez en su cabeza.

4276, 4276, 4276. Y después regresó al contacto del agente Dean y se lo mandó por Air Drop al mismo tiempo que Frank le arrebataba el teléfono de las manos.

Su móvil soltó un pitido al recibir el contacto y Stevie esbozó una sonrisa.

—Listo.

Frank volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo y se dispuso a marcharse, pero se volvió de nuevo hacia ella en el último momento. Bajó la mirada hacia el suelo y tragó con fuerza.

—Tu madre me ha dicho que lo sabes…, lo de mis problemas de salud.

—Siento muchísimo que sintieses que no podías contármelo, papá. —Se suponía que siempre se lo contaban todo, pero, por algún motivo, Stevie sentía que había un muro invisible entre ellos que no hacía más que separarlos, y no sabía cómo sortearlo.

Frank frunció los labios.

—No siempre resulta sencillo admitir la verdad ante aquellos a los que más quieres.

—Sabes que a mí puedes contarme cualquier cosa, papá, ¿no? Si hay algo que te molesta o que te preocupa, puedes decírmelo. —Lo miró directamente a los ojos, esperanzada y expectante. Él también se quedó mirándola fijo por un momento, pero entonces apartó la mirada y la envolvió en un fuerte abrazo.

—Pues claro que sí, pequeña. Y tú también puedes contarme cualquier cosa, lo que sea. Si te pasa algo, tienes que decírmelo.

—Entonces, ¿no tienes nada que contarme? —le preguntó Stevie en cambio.

Frank apoyó la barbilla sobre su coronilla.

—Es solo que la echo mucho de menos, nada más. Ojalá la hubiésemos visto más a menudo. Ojalá la hubiésemos conocido mejor.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo. ¿Y tú? ¿Te pasa algo, Osita?

—No, estoy bien. —Stevie se recostó contra su pecho, con el corazón encogido.

Los dos eran unos mentirosos.

Después de que Frank se marchase, Stevie observó el contacto del agente Dean. ¿De verdad iba a hacerlo? No pensaba que él fuese a contarle la verdad por teléfono, así que optó por mandarle un mensaje.

Soy Stevie. ¿Puedes quedar un momento?

Claro, como en media hora. ¿Dónde?

En el Parque de los Fundadores. En el banco junto a los columpios.

Lo mejor sería que quedasen en un lugar público. Tomó su bolso, por si acaso necesitaba rociar al agente Dean con espray de pimienta.

Sus llaves no estaban en el recibidor. Seguramente Marnie las había guardado en el cajón.

Lo abrió, tomó las llaves y se detuvo de golpe al percatarse de algo extraño.

Ahí estaban los pases VIP del concierto de Blair, con «Homecoming» impreso en negrita sobre «invitado VIP».

Pero su hermana nunca había llegado a volver a casa, como decía el nombre de su gira, ¿verdad?

En realidad, no, y ya nunca volvería. A Stevie la golpeó de lleno una pena tan repentina y devastadora que le robó el aliento.

Se tuvo que aferrar al mueble del recibidor y trató de respirar hondo.

Una vez. Y después otra. Y otra, hasta que el dolor mitigó.

Cerró los ojos y el cajón.

Y después volvió a abrirlos de nuevo.

Uno, dos, tres, cuatro pases. Pero Satellite Entertainment les había mandado cinco. Annie y Hal no habían ido a buscar los suyos a casa, y ninguno de los dos había ido al concierto.

¿Así que dónde estaba el quinto pase?

Stevie lo buscó desesperada en el interior del cajón. Su madre tenía guardadas allí toda clase de objetos. A lo mejor se había perdido entre ellos.

Pero no, solo había cuatro pases.

Volvió a cerrar el cajón.

A lo mejor solo les habían enviado cuatro pases y se estaba equivocando. No había sido ella quien los había recogido. Tan solo le habían dicho que Blair había enviado uno para cada uno.

Hal podría haber tirado el suyo a la basura a modo de protesta. Eso sería algo que podría haber hecho perfectamente.

O a lo mejor su madre se había guardado el suyo en su «caja especial», donde guardaba todos los recuerdos de cada uno de los éxitos de Blair.

Al fin y al cabo, siempre lo guardaba todo.

Marnie también tenía una caja para Hal y otra para Stevie, aunque las suyas eran considerablemente más pequeñas que la de Blair.

Stevie se llevó las manos a la cara. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se estaba poniendo nerviosa por nada cuando se suponía que tenía que irse a interrogar a Oliver?

Decidió ir andando al Parque de los Fundadores.

El ibuprofeno había empezado a hacerle efecto y la rodilla ya no le dolía tanto.

Le vendría bien tomar algo de aire fresco para aclararse las ideas.

De todos modos, el parque no estaba muy lejos de su casa, a unos veinte minutos andando, más o menos, si atajaba a través del callejón de la calle Millbrook.

Por lo general no le gustaba pasar por allí, porque había sido justo en ese mismo callejón donde Mia había desaparecido.

El mural que sus compañeros de clase le habían pintado tras su desaparición ya se había desvanecido prácticamente entero, y las enredaderas de color rojo anaranjado habían crecido tan rápido durante esos últimos meses que le cubrían casi toda la cara en el mural.

Stevie solía pensar que las flores que echaban en primavera eran preciosas.

Pero en ese momento pensó que no tenían derecho a crecer donde había ocurrido algo tan horrible.

Recorrió aquel callejón a toda prisa, con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de los pantalones cortos, cerradas en puños, repasando todas las preguntas que iba a hacerle al agente Dean.

Bueno, repasando la única pregunta que iba a hacerle.

¿Había matado a Blair? Se detuvo para dejar a un coche pasar antes de cruzar la carretera.

Y después siguió caminando hasta el final de la calle, donde giró a la izquierda sin fijarse en que el SUV negro al que acababa de dejar pasar se acababa de detener junto a la cera.

Tampoco se percató de cómo su conductor lo había dejado en marcha antes de bajarse.

Entonces oyó el susurro de unas pisadas acercándose a ella. Se dio la vuelta. Pero su instinto de supervivencia se despertó demasiado tarde.

La oscuridad la engulló.

Y una tela áspera se cerró alrededor de su cabeza .