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S tevie arrancó el motor y, un minuto después, el teléfono de Faith cobró vida. Colby introdujo el PIN. Al ver que no se desbloqueaba con ese código, lo intentó de nuevo con otro.
—Ha debido de cambiarlo.
—Piensa. ¿Podría ser la fecha de un cumpleaños? ¿O de otro día importante para ella? —sugirió Stevie. Sacó su propio teléfono del bolsillo y vio que había sido Frank quien la había llamado cuando estaban escondiéndose de Jimmy. Al ver que no respondía, le había mandado un mensaje.
Por favor, vuelve a casa ahora mismo. Nos tienes muy preocupados. Tu madre casi se desmaya cuando vio esa muñeca en la cocina.
Stevie le mandó una respuesta rápida para dejarle saber que estaba bien y que no se preocupase por ella, que volvería a casa en cuanto pudiese.
Se recostó contra el reposacabezas del asiento. Mierda. Había dejado la muñeca de Blair sobre la encimera de la cocina al salir corriendo para llevar a su amiga al hospital.
Colby lanzó el teléfono de Faith sobre el salpicadero.
—Bloqueado hasta dentro de quince minutos. ¿Y si no consigo averiguar cuál es el código?
—¿Podríamos usar el reconocimiento facial?
—Podríamos, pero ninguna de las dos nos parecemos tanto a mi madre como para que su teléfono nos confunda con ella.
—Bueno, pues este es el plan: te dejo en el hospital y tú le pones el teléfono a tu madre frente a la cara para desbloquearlo.
Yo volveré a mi casa, porque tengo que ocuparme de unas cosas cuanto antes.
Comprobaré las grabaciones de la cámara de seguridad de la puerta para ver quién me dejó esa muñeca siniestra, y después iré al centro comunitario para ver si encuentro a Terence y le preguntaré por qué nos mintió cuando nos dijo que no conocía a Blair.
—¿Y no necesitas que te acompañe?
—Creo que me las apañaré sola.
—¿Y qué hay de tu rodilla? ¿No crees que deberías ir a Urgencias a que le echasen un vistazo a esa herida? Lo más probable es que al menos necesites que te pongan la vacuna del tétanos.
—Me pondré una tirita, me tomaré un ibuprofeno y ya me encargaré de curarla más tarde.
Stevie entró en casa, gritó que ya había llegado y salió corriendo hacia el aseo de la planta baja para limpiarse la herida de la rodilla, antes de que sus padres la viesen y empezasen a hacerle preguntas al respecto.
Ya le iba a costar bastante explicar qué hacía esa muñeca allí.
Se habían quedado sin tiritas en el botiquín, por lo que tuvo que colarse en el baño de sus padres para ver si a ellos les quedaba alguna en el armario.
Su madre la llamó a gritos desde los pies de las escaleras.
—¿Stevie? ¿Qué estás haciendo ahí arriba? ¿Estás bien? ¡Tenemos que hablar sobre esta muñeca horrible!
—¡Lo sé! ¡Estoy en el baño! ¡Ahora bajo! —Justo después de que terminase de curarse la herida y de que comprobase las grabaciones de la cámara de seguridad de la entrada.
Stevie buscó primero en la balda de abajo del armario, e hizo a un lado el champú anticaspa, las tiras depilatorias de Veet de Marnie y cinco cajas de pasta de dientes.
Estaba claro que debían de haber estado de oferta en el supermercado.
Pero no encontró ninguna caja de tiritas.
Se puso de puntillas y registró la balda superior del armario.
Bingo. Había una caja justo detrás de los botes de medicamentos de Frank.
Bajó todos los botes y los dejó sobre el lavabo.
En el primero ponía que había propranolol.
Un betabloqueante. Aquellos debían de ser los medicamentos para el corazón que se tomaba su padre todos los días, por lo que estaba claro que Bex Lyons le había mentido para hacerla dudar.
Menuda zorra. En el segundo bote ponía Paxil. Stevie sacó su teléfono del bolsillo.
—Oye, Siri, ¿para qué sirve el Paxil?
— El Paxil, o paroxetina, se usa para tratar distintos trastornos mentales relacionados con la ansiedad y la depresión.
Stevie parpadeó con fuerza. ¿Depresión? Su padre no tenía depresión, ¿no? Saco un tercer bote de medicamentos.
—Oye, Siri, ¿para qué se utiliza el bupropión?
—El bupropión puede combinarse con algunos antidepresivos para contrarrestar los efectos secundarios que estos pueden tener dentro del ámbito sexual o para aumentar los niveles de energía y el deseo sexual.
Deseó no haber buscado ese. Le echó otro vistazo al bote de propranolol. Hizo otra pregunta más.
—Oye, Siri, ¿el propranolol se utiliza para tratar la pericarditis?
—No, los betabloqueantes no suelen utilizarse para tratar la pericarditis, una afección caracterizada por la inflamación del pericardio. Los tratamientos para esta enfermedad suelen centrarse en reducir la inflamación mediante el uso de AINE, es decir, antiinflamatorios no esteroideos.
El bote se le cayó de las manos y aterrizó sobre las baldosas del baño. ¿No se solía utilizar para tratar la pericarditis? ¿Su padre había estado mintiéndole todo ese tiempo?
—Stevie, ¿qué estás haciendo aquí?
Stevie se dio la vuelta. Marnie estaba en el umbral, observándola con una mirada interrogante.
—Estaba buscando tiritas.
Marnie se llevó una mano a los labios.
—¿Qué demonios te ha pasado en la rodilla?
—Me he caído.
—Pues ha debido de ser una buena caída, a juzgar por esa herida. Tienes que limpiártela cuanto antes para que no se infecte. Y puede que incluso necesites puntos.
Marnie bajó la tapa del retrete y obligó a Stevie a sentarse encima.
—Yo me encargo.
Marnie tomó unos cuantos algodones y sacó una crema antibiótica del armario, al tiempo que abría el grifo para llenar el lavabo.
¿Su madre lo sabía? ¿Cómo no iba a saberlo?
Se arrodilló frente a Stevie y chasqueó la lengua.
—Está sucísima. ¿Dónde narices te has caído para hacerte esto?
Empezó a limpiarle la herida con un algodón húmedo. Stevie ni siquiera se estremeció.
—Mamá, ¿papá de verdad tiene pericarditis?
Marnie se detuvo por un momento, con el algodón sobre su piel. Lo sabía.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque he buscado para qué sirven sus medicamentos. Tiene depresión, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijisteis? ¿Por eso tuvo que dejar la policía?
Marnie se balanceó sobre sus talones. Y se quedó callada por un momento, considerando su respuesta.
—Tu padre es un hombre orgulloso, Stevie. No quería que nadie pensase que era menos que los demás, que estaba enfermo. Que tú pensases menos de él si te enterases.
Stevie guardó silencio, dándole tiempo a su madre para que siguiese hablando.
—El caso de Aaron Taylor le afectó muchísimo mentalmente.
—Marnie tomó otro algodón limpio y siguió limpiándole la herida—.
No sé si fue por no haber encontrado nunca al culpable, o porque el chico no fuese más que un crío cuando murió, pero el tema es que no volvió a ser el mismo después de eso.
Tu padre sabía que estaba cometiendo errores en el trabajo por culpa de cómo aquello le estaba afectando.
Se pasó muchos meses sin poder dormir, sin poder apenas probar bocado.
Al final, no le quedó más remedio que dejar el cuerpo de policía por su salud mental.
—¿Cómo no me di cuenta? —murmuró Stevie. Se le encogió el corazón al pensar en lo mucho que había tenido que sufrir su padre.
—¡Porque eras muy pequeña! Y él quiso ocultártelo. Se lo ocultó a todo el mundo durante un tiempo. Hubo una época en la que me tuvo muy preocupada. Pero ahora está tomando los medicamentos adecuados y el tratamiento le está yendo bien. Y estoy muy orgullosa de él.
—¿Blair lo sabía?
—Creo que, cuando ella empezó a perderse a sí misma por culpa de la ansiedad, Frank habló con ella sobre sus propios problemas mentales para ver si así podía hacerla entrar en razón.
—¿Y Hal?
—Sí, Hal también lo sabe.
—¿Así que la única que no tenía ni idea era yo? —La pequeña Stevie, que siempre era la última en enterarse de todo.
—Creo que te lo ocultó porque tu opinión ha sido la que más le ha importado, siempre, desde que eras pequeña.
Stevie asintió y se mordió el labio inferior.
A su padre le habría resultado muy difícil admitir cualquier clase de debilidad ante nadie, pero ella era su Osita.
Él sabía que, para ella, él era su héroe, su modelo a seguir.
Deseó que su padre hubiese sabido que jamás habría pensado menos de él por estar pasando por algo así.
Marnie tiró los algodones sucios a la basura, y después, con cuidado, le echó un poco de neomicina en la herida. Stevie apretó los dientes con fuerza para no aullar de dolor.
—Creo que esto ya está, tómate un ibuprofeno para aliviar el dolor, pero creo que deberías ir igualmente a Urgencias y ver si necesitas puntos.
Stevie metió la cabeza bajo el grifo para tragarse un par de pastillas de ibuprofeno.
—Ahora en un rato iré. De todos modos, tengo que ir a ver a Colby al hospital.
—Antes de que te vayas, tenemos que hablar de lo de la muñeca. Stevie, ¿por qué no nos habías dicho que Eric Corder te había mandado otro regalo?
No se molestó en corregir a Marnie.
—Se me olvidó.
Su madre la observó con los ojos como platos.
—¿Que «se te olvidó»?
—La madre de Colby tuvo un accidente y tuve que salir corriendo para llevarla al hospital.
—¡Madre mía! ¿Se encuentra bien?
—No lo sé. Eso espero.
—Si hay algo que podamos hacer por Colby, dile que puede contar con nosotros.
—Se lo diré —repuso Stevie.
—Pero, bueno, en cuanto a lo de la muñeca. Tu padre ha llamado a Jimmy. Va a venir a recogerla para enviarla a que la analicen. Cree que puede ser que Eric Corder te la enviase antes de que lo arrestasen.
—¿Eso cree? —Stevie hizo una mueca. Aquel paquete no tenía nada que ver con los anteriores regalos que había recibido. Con los que Eric le había hecho para Blair. La muñeca en realidad era una advertencia para Stevie.
—Nunca habría metido esa caja dentro de casa de haber sabido que llevaba esa monstruosidad dentro —soltó Marnie.
—¿Estaba en la puerta? —Aquello tampoco encajaba con el modus operandi de Corder. Él le había dejado sus regalos en su coche, en su habitación…, siempre invadiendo su privacidad de algún modo. El dejar el paquete en la entrada no le pegaba, era demasiado… impersonal.
—Lo pasé dentro cuando tu padre y yo volvimos de casa de Annie y Hal anoche.
—¿A qué hora fue eso?
—Pues salimos de aquí a las siete y media más o menos, y volvimos después de las diez.
—Marnie fue bajando poco a poco la voz, y clavó la mirada en un punto de la pared, perdida—.
Estuvimos repasando todos los planes para el funeral de Blair.
—Se recostó contra el lavabo—. ¿Debemos dar la misa por la mañana o por la tarde?
¿El ataúd lo pedimos de arce, cerezo o roble?
¿Qué flores compramos? ¿Qué música ponemos?
Todas estas preguntas por responder y yo solo quiero gritar que no.
No quiero ninguna misa. No quiero ningún ataúd.
Ni nada de flores o de música. No. No. ¡No!
No quiero nada de eso. No quiero tener que pensar en ningún entierro.
Porque nada de esto debería estar pasando.
No debería tener que enterrar a mi hija.
No debería por qué tener que responder a todas esas preguntas.
A Stevie, un pinchazo de dolor le atravesó el pecho al ver a su madre así. Su hermana había muerto, y solo había una pregunta de la que ella necesitase respuesta: ¿quién la había matado? Por eso tenía que comprobar las grabaciones de la cámara de seguridad.
Marnie enterró el rostro entre sus manos y respiró hondo.
Stevie alargó una mano hacia ella.
—¿Mamá?
—Solo necesito un momento.
Aguardó, observando cómo su madre luchaba consigo misma por mantenerse de una pieza.
Marnie apartó la cabeza de las manos, se sorbió los mocos y se alisó la blusa. Y después alzó una mano hacia la mejilla de Stevie.
—¿Por qué no te vas a quitar esos pantalones sucios? ¿Tienes hambre? Debes de estar hambrienta. Creo que han sobrado unos cuantos gofres del desayuno.
—Me encantaría comer unos gofres, mamá.
Stevie lanzó los pantalones sucios en el cesto de la ropa y se sentó frente a su escritorio en ropa interior, con el corazón encogido.
Odiaba ver a su madre sufrir. Odiaba cómo el ser testigo de su dolor siempre la obligaba a ser consciente de que ella también estaba sufriendo.
Y Stevie no estaba preparada para enfrentarse a su dolor. Aún no.
Enterró el rostro entre sus manos. Su padre le había mentido sobre su enfermedad, y ahora estaba segura de que también le estaba mintiendo sobre algo más.
¿Y qué había de Jimmy? ¿Por qué se había comportado de esa forma tan extraña en el lugar del accidente de Faith?
¿Qué era lo que se le estaba escapando? Alzó la cabeza de nuevo y se acercó el ordenador.
¿Y quién narices le había enviado esa muñeca?
Entró en la cuenta de la familia Baker del programa que estaba conectado con la cámara de seguridad de la entrada, y buscó las grabaciones de la noche del seis de junio.
Quienquiera que le hubiese dejado ese paquete, debía de haberlo hecho entre las siete de la tarde, cuando sus padres se habían marchado a casa de Hal y de Annie, y cuando Stevie volvió, a las nueve y media.
El sensor de movimiento se había activado tres veces.
Las dos primeras habían sido por culpa de Catsy, pero la tercera había sido a las 19:56.
Le dio a esa grabación y vio cómo alguien subía los escalones de la entrada, llamaba al timbre y aguardaba frente a la puerta a que le abrieran durante un buen rato, antes de dejar el paquete allí y marcharse.
Stevie se quedó blanca como la cera, y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
Y entonces se oyó murmurar su nombre.
—Oliver .