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S tevie aparcó detrás de unos cuantos árboles, en el arcén, a unos metros de la curva de Westville. Colby y ella caminaron en fila india junto a la carretera, con Stevie encabezando la marcha. Todavía era temprano, y el sol aún no calentaba demasiado.
Stevie se detuvo cuando llegaron a las marcas de neumáticos que salían de la carretera, para después atravesar un quitamiedos roto y bajar por la ladera de la colina, entre pinos y robles rojos.
—¿Estás segura de que quieres verlo?
—Estaré bien. Solo es un coche.
Stevie echó un vistazo a los pies de la colina.
—Creo que lo veo. —Señaló hacia allí con el dedo—. Ahí. Está bastante abajo.
Colby se llevó las manos a las caderas.
—Dios, no me puedo creer que cayesen tanto con todos esos árboles de por medio.
Stevie bajó la mirada hacia sus zapatos.
—¿Estás segura de que no te vas a caer con tus botas de correr?
—¡Pues claro!
—Bajaré yo primero. Tú ve despacio, ¿vale?
—Comenzó a bajar lentamente por la ladera, con sus zapatillas resbalándose por la tierra seca.
Tuvo que agarrarse a un árbol para no perder el equilibrio, y después echó un vistazo a su alrededor y se aferró a otro más para seguir bajando—. Intenta bajar de lado para no caerte.
Colby la adelantó trotando.
—Vale, abuela.
—Pero ¿qué narices eres, una especie de cabra montesa o algo así? —dijo, tratando de seguirle el ritmo.
Colby soltó un balido y después apartó una rama de su camino. Esta rebotó y le dio a Stevie de lleno en la cara.
—¡Au! ¡Colby!
La chica se dio la vuelta al oírla.
—¿Qué? ¡Ah, ups, lo siento!
Stevie se agachó para pasar por debajo de la rama y se detuvo un momento.
Con cuidado, siguió bajando despacio, y tuvo que acabar sentándose en la tierra para deslizarse por una zona especialmente inclinada.
Para cuando llegó hasta el coche, Colby ya estaba levantando la alfombrilla del asiento del copiloto.
El coche estaba hecho un auténtico desastre. El parabrisas estaba destrozado, las cuatro ruedas se habían reventado, el techo se había hundido por culpa de un árbol que le había caído encima tras el impacto… Jimmy tenía razón, Faith había tenido mucha suerte de salir con vida de aquello.
—Ten cuidado con los cristales —le dijo a Colby.
—No encuentro su teléfono.
—Voy a mirar en el maletero —sugirió.
—¿Por qué iba mi madre a guardar el teléfono en el maletero?
—Yo qué sé, pero ¿qué perdemos por echar un vistazo?
—Pues adelante.
El maletero también estaba bastante destrozado, así que Stevie tuvo que buscar una rama y utilizarla para abrirlo.
—En el maletero no hay nada.
Colby se asomó a través de la ventana trasera.
—Menuda sorpresa. Mira en el asiento del conductor. Desde aquí no puedo ver nada de lo que hay en ese lado porque el techo está demasiado hundido.
Stevie abrió la puerta del conductor y encendió la linterna de su teléfono para iluminar el suelo, después hizo a un lado las alfombrillas y comprobó que no hubiese nada debajo. El teléfono tampoco estaba allí.
—¿Qué opinas de estos neumáticos? —le preguntó Colby, agachándose junto a la rueda delantera.
—¿Qué les pasa?
—Están demasiado rasgados…, tienen demasiadas marcas de pinchazos…
Stevie echó un vistazo también en el compartimento de la puerta, sacó un cepillo, un paquete de condones y un frasco de perfume barato.
—A lo mejor se pincharon al caer por la colina, con las rocas y los árboles, supongo.
—Los pinchazos son demasiado uniformes. Mira.
—Un momento, estoy mirando a ver si el teléfono de tu madre se cayó por el hueco entre los asientos con el impacto. —Stevie se topó con algo duro y rectangular al introducir la mano por el hueco entre los asientos. Iluminó el espacio con la linterna de su teléfono para ver mejor. Bingo.
—¡Creo que lo he encontrado!
Le costó bastante agarrarlo, pero al final logró cerrar los dedos alrededor de una esquina y sacarlo.
—¡Vale, lo tengo!
—¡Bien hecho!
Stevie salió del coche y se enderezó. Colby le quitó el teléfono de las manos.
—Mierda. Está sin batería.
—Podemos cargarlo en mi coche. —Stevie se sacudió algunas esquirlas de cristal que se le habían quedado pegadas a la tela de los pantalones cortos—. Pero antes, echémosles un vistazo a esos neumáticos.
Se agachó y rodeó el coche. Todas las ruedas estaban pinchadas, con varios agujeros alrededor de las circunferencias. Los pinchazos eran demasiado uniformes, no solo en forma, sino también en tamaño, era imposible que aquello fuese cosa tan solo de una piedra.
—Es raro, ¿no? —dijo Colby.
Stevie se enderezó.
—Sí, pues claro, es como si… —Se detuvo en seco al oír un coche frenándose de golpe y luego el cómo alguien cerraba una puerta de un portazo—. Viene alguien.
—Entonces, quizás no deberíamos estar aquí —repuso Colby—. Porque alterar el lugar de un accidente seguramente no esté muy bien visto que digamos.
—¿Nos escondemos?
—Sí, nos escondemos. —Colby se abrió paso entre los árboles a la carrera, descendiendo de lado por la ladera de la colina.
Stevie salió corriendo tras ella, aunque no paraba de resbalarse por culpa de las suelas lisas de sus zapatillas.
Se tropezó y extendió los brazos frente a ella para tratar de agarrarse a un árbol para no caerse.
Pero no lo consiguió, por lo que se precipitó hacia el suelo y se clavó una roca en la rodilla al caer.
El dolor le recorrió la pierna tan rápido como un rayo, subiéndole incluso hasta la mandíbula.
Cuando bajó la mirada hacia la rodilla, se dio cuenta de que no había sido una roca sobre lo que había caído.
Bajo su pierna había todo un entramado de púas metálicas, una de las cuales se le había clavado en la rótula.
¿Eso era…? Mierda, pues claro que lo era.
Había caído sobre una cadena de pinchos, una tijera, como solía llamarlas Frank, un dispositivo que servía para pinchar neumáticos y así detener vehículos de delincuentes a la fuga.
Se le revolvió el estómago en cuanto lo vio.
Por un momento, incluso le entraron ganas de vomitar.
Cerró los ojos y liberó la pierna de un tirón.
Soltó un sonoro gemido y se tragó la bilis que le subió por la garganta en cuanto vio la sangre que le caía por la pierna.
Se levantó como pudo y caminó hasta Colby cojeando, haciendo una mueca de dolor con cada paso.
Colby estaba agachada detrás de un arbusto, mirándola con los ojos como platos y una mano sobre los labios.
Stevie se lanzó al suelo a su lado.
—Madre mía, ¿estás bien?
La pierna le dolía horrores.
—Estoy bien.
—¡Stevie, tienes un agujero enorme en la rodilla! —Cerró los ojos—. No puedo mirarlo. Tengo ganas de vomitar.
—¡Así no ayudas! —siseó. La pierna le palpitaba de dolor. Y la rodilla le crujió al doblarla. ¿Se había roto también el hueso?—. ¿Puedes ver quién es desde aquí?
Colby se tumbó boca abajo en el suelo y echó un vistazo desde detrás del arbusto.
—Es tu tío.
Stevie también se asomó, estremeciéndose de dolor al mover la pierna. Jimmy estaba registrando el coche, sacando las alfombrillas. Entonces pasó a mirar en la guantera. Y por último en el maletero.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Colby.
—Supongo que está registrando el lugar del accidente —comentó Stevie.
Pero había algo que no encajaba. ¿No debería haber alguien con él durante el registro?
¿No era eso lo que dictaba el protocolo?
Y por la forma en la que se estaba moviendo alrededor del coche, como si estuviese nervioso, o incluso enfadado…
Cerró el maletero de un golpe seco, le dio una patada a una rueda y soltó un grito de frustración.
—¿Qué mosca le ha picado? —preguntó Colby en un susurro.
Stevie contuvo el aliento y después soltó todo el aire lentamente. El dolor la estaba matando, la pierna entera le palpitaba de dolor, y este subía después por su columna.
—No lo sé. Tú solo quédate muy callada, no queremos que nos descubra.
El teléfono de Stevie comenzó a sonar en su bolsillo. Colby abrió los ojos como platos, aterrada, mientras Stevie luchaba por ponerlo en silencio, pero Jimmy también debió de oírlo, porque entonces se detuvo de golpe y se volvió en su dirección.
—¿Quién anda ahí?
La ira que le teñía la voz hizo que Stevie y Colby se escondiesen de nuevo tras el arbusto.
—¿Crees que nos ha visto? —le preguntó Colby en un susurro.
—No lo sé. —A Stevie el corazón le latía acelerado. Jimmy era su tío, pero, en ese momento, le tenía muchísimo miedo, y no sabía muy bien por qué.
—¿Hola? ¿Quién anda ahí?
—Creo que viene hacia aquí —dijo Colby—. ¿Deberíamos huir?
Stevie bajó la mirada hacia su rodilla.
—Yo no puedo.
—¿Y si te llevo en brazos? Eres enana, al fin y al cabo.
—Tú solo quédate agachada y en silencio.
—¿Quién anda ahí? —repitió Jimmy. Se oyó el sonido de la tierra al deslizarse por la ladera de la colina y el crujir de las ramitas a medida que se acercó a ellas.
Stevie cerró los ojos con fuerza e intentó mantener la calma. No podía estar a más de seis metros. Colby le dio un codazo en las costillas y después señaló hacia el bosque con un gesto de la cabeza.
—Madre mía, mira —murmuró, casi inaudible.
Había un maldito pavo salvaje pavoneándose hacia ellas. ¿En serio iba a delatarlas un pavo ? Colby agitó los brazos para tratar de alejarlo, pero el ave no pareció inmutarse y siguió su camino, dejando escapar un graznido grave al pasar junto a ellas.
—¿Quién anda a…? Ah. —Los pasos se detuvieron. Se oyó un sonoro resoplido—. Por Dios, Jimmy, te estás volviendo loco.
Stevie y Colby intercambiaron una mirada, con los ojos abiertos de par en par. Jimmy reemprendió su camino, aunque en esta ocasión sus pasos se estaban alejando. Entonces se oyó el ruido del motor de un coche al arrancar y el de los neumáticos al chirriar sobre el asfalto.
Aguardaron unos minutos más, y entonces, con cuidado, Colby volvió a asomarse por un lado del arbusto.
—Sí, se ha ido.
Las dos suspiraron con fuerza.
Colby negó con la cabeza.
—¿Te puedes creer que apareciese aquí al mismo tiempo que nosotras? ¿Qué probabilidades había?
Stevie se encogió de hombros.
—¿Qué probabilidades había de que nos salvase un maldito pavo salvaje?
—¡Lo sé! ¡Qué locura! —Colby esbozó una sonrisa divertida—. ¿Eso significa que tendremos que comer pastel de carne en vez de pavo este Acción de Gracias?
Stevie soltó una suave carcajada, aunque esta murió rápidamente en sus labios, viéndose sustituida por un gemido de dolor.
Colby bajó la mirada hacia su rodilla y respiró hondo, apretando los dientes.
—Uffff, eso tiene muy mala pinta.
A Stevie se le revolvió el estómago. La herida era demasiado profunda, y no paraba de sangrar.
—Me he caído sobre una cadena de pinchos de la policía.
—¿Una qué?
—Esas tiras de pinchos que suele usar la policía para detener a los coches que se dan a la fuga durante una persecución. Debe de ser lo que causó los pinchazos que hemos visto antes en los neumáticos del coche de tu madre.
Colby la miró boquiabierta.
—¿Crees que fue eso lo que causó el accidente?
—Desde luego, no puede ser tan solo una simple coincidencia.
Colby abrió los ojos como platos.
—Entonces, ¿estás sugiriendo que la policía podría estar implicada?
Stevie se paró a pensarlo por un momento, porque aquello no tenía ningún sentido.
—No, cualquiera podría comprar una cadena de pinchos por eBay.
Colby apretó los dientes con fuerza.
—Cualquiera, como Bex Lyons, por ejemplo.
¿En serio Bex Lyons enviaría un mensaje que pudiese inculparla después de haber hecho algo así?
—Tendría que tener los cojones bien puestos como para amenazarte y después sacar el coche de tu madre de la carretera.
—A lo mejor está usando… ¿Cómo se llama? —Colby chasqueó los dedos—. ¿Psicología inversa? ¿Se dice así? Seguro que cuenta con que la descartemos por ser la sospechosa más obvia.
Stevie arrugó la nariz. Quizás estaban buscándole tres pies al gato…
—Ya, no sé, la verdad.
—¿Y qué narices estaba haciendo tu tío aquí? Ya que estamos hablando de coincidencias…
Una oleada de inquietud recorrió a Stevie de pies a cabeza. El comportamiento de Jimmy había sido de lo más extraño.
—Está claro que estaba buscando algo, y no parecía demasiado contento de no encontrarlo.
—¿El teléfono de mi madre?
—Eso, o tal vez estaba buscando pruebas de lo que causó el accidente.
—Las dos teorías sonaban bastante razonables, al fin y al cabo, Jimmy era agente de policía.
Pero ¿por qué se había puesto así al no encontrar lo que andaba buscando?
Stevie apoyó las manos en el suelo, preparándose para impulsarse y ponerse de pie—.
Tenemos que cargar ese teléfono y ver qué es lo que esconde. Volvamos al coche.
—¿Necesitas ayuda para levantarte?
—Me las puedo apañar sola. —Stevie intentó dejar caer todo el peso sobre sus pies para levantarse, pero un ramalazo de dolor la hizo tambalearse.
Colby le tomó un brazo y la obligó a pasárselo sobre los hombros, para ayudarla a ponerse de pie.
—Deberíamos comprarte unas botas vaqueras como las mías para la próxima vez que tengamos que correr por el bosque. Las suelas de esas zapatillas tuyas no tienen el agarre necesario .