Famosa hasta la muerte 41
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S tevie aparcó justo debajo del cartel de neón en el que se podía leer «Motel sin» y apagó el motor.

—Estoy totalmente a favor de volver a interrogar a Gunner, no me malinterpretes —comentó Colby mientras se retocaba el brillo de labios en el espejo retrovisor—, pero ¿estás segura de que estás bien? Te has pasado casi todo el camino hasta aquí en silencio.

—Estoy bien. —Otra mentira. Stevie no paraba de mentir últimamente.

Se había pasado todo el trayecto hasta allí dándole vueltas a lo que había dicho Bex.

Estaba claro que sabía algo sobre su familia que ella no, y también estaba claro que estaba insinuando que su padre se había inventado lo de sus problemas de corazón.

Stevie jamás lo habría creído posible, pero tampoco habría pensado jamás que su padre hubiese podido mentir en un informe policial, y, en cambio, sí que lo había hecho.

A lo mejor debería haber vuelto a casa y haber hablado con él directamente, pero cuando Colby le había preguntado qué se suponía que debían de hacer ahora, había sugerido que le hiciesen una visita a Gunner Trip.

Sabía que solo lo estaba haciendo para posponer, aunque solo fuese un poco, todo lo demás, porque no se veía capaz de enfrentarse a su padre en ese momento y descubrir si le había estado mintiendo. Todavía no.

Se encontraron con Gunner en la escalera de metal que llevaba a su habitación. Tenía los cascos puestos y llevaba una mochila colgada a la espalda.

—Ah, sois vosotras —soltó, parando la música—. Ya me iba al aeropuerto, vuelvo a casa. Por fin.

—Nos preguntábamos si podrías aclararnos una cosa antes de irte —comentó Stevie, yendo directa al grano. No esperó a que respondiese—. Llegaste a Honeyville tres días antes de lo que nos dijiste.

Gunner abrió la boca como si fuese a decir algo, pero Colby se le adelantó.

—Ni se te ocurra mentirnos. Tenemos pruebas que lo demuestran.

En realidad, lo único que tenían era la palabra de un tipo con una camiseta de tirantes blanca que había visto días mejores, calzoncillos, calcetines y chanclas, que parecía haber desaparecido de la faz de la tierra después de hablar con ellas el otro día, según el agente Dean.

Esas eran sus «pruebas que lo demostraban».

—Un hombre te vio y nos lo dijo —añadió Stevie.

Gunner suspiró con pesar, echó la cabeza hacia atrás y clavó la mirada en el cielo.

—Si os lo cuento, tenéis que prometerme que no le diréis nada a nadie.

—Eso depende de si viniste antes para asesinar a Blair o no —repuso Colby.

—¡No! No fue por eso.

—Entonces, ¿por qué?

—Me dieron un chivatazo de que iban a hacer un control aleatorio antidopaje antes de que empezase la temporada, y se me ocurrió que lo mejor sería que estuviese fuera de la ciudad para cuando eso ocurriese.

Colby recorrió sus brazos musculosos con la mirada.

—¿Te dopas? ¿En serio? Y yo que pensaba que tu cuerpo era un templo…

—No lo entenderíais, la presión a la que nos someten a los jugadores de la NFL es…

—Sí, sí, es todo muy difícil, estoy segura. —Stevie no quería ponerse a oír sus excusas en ese momento, así que se apresuró a cambiar de tema—. Nuestra fuente también nos dijo que tuviste varias visitas mientras estuviste aquí. ¿Quiénes eran?

—Estaba muerto de aburrimiento, así que invité a un par de chicas que encontré en Tinder. Necesitaba algo de diversión.

Stevie puso una mueca. «Necesitaba algo de diversión»…, qué enternecedor.

—¿Y qué estaba haciendo Blair mientras tanto que no podía quedar contigo?

—Cuando llegué aquí, el primer día, estaba grabando un programa de televisión…

—¿Y llamaste?

Gunner parpadeó desconcertado.

—¿Que si llamé al programa? No, ¿por qué iba a hacer eso?

Stevie lo observó atentamente, parecía estar diciendo la verdad.

—¿Y después? ¿Cuando Blair llegó a Honeyville?

—Después de que aterrizase, supongo que estaba demasiado ocupada preparándolo todo para el concierto.

Ah, y también me dijo que había quedado con alguien para evitar que saliese una nueva canción en la que había estado trabajando.

Antes de eso estaba emocionadísima con esa canción.

Incluso me dijo que sería la más importante y explosiva que había escrito hasta la fecha, pero, por algún motivo, acabó echándose atrás y no queriendo sacarla.

Y antes de que me lo preguntéis, no, tampoco me dijo por qué.

—¿Había quedado con alguien de Honeyville para trabajar en una nueva canción que iba a sacar? —dijo Stevie—. ¿Por qué no nos habías dicho nada de esto?

—No pensé que fuese importante. Pensé que lo del mensaje de voz que me dejó en el buzón para decirme que había descubierto quién era su acosador era más relevante.

Stevie supuso que tenía sentido.

—¿Y sabes con quién estaba quedando?

—Supongo que con ese nuevo productor del que os hablé. Me mandó una demo de la canción hace un tiempo, y me pidió que no se la enseñase a nadie… Puedo ponérosla si no me creéis. Todavía no había decidido que título ponerle, si «Romper el silencio» o «Balada para un cerdo».

A Stevie se le pusieron los pelos de punta al pensar en aquellos títulos.

—¿Una nueva canción de Blair Baker? —dijo Colby, emocionada—. ¡Sí, por favor!

Gunner desconectó el bluetooth de su teléfono y reprodujo la canción.

Entre bambalinas, nunca mostraste tu verdad,

un depredador escondido en la oscuridad.

Sin nada que me retenga, te despojo de tu corona,

el rey de la sordidez caerá.

Las paredes se ciernen a alrededor de tu persona,

tus secretos a la luz saldrán.

Porque no te tengo miedo, no soy yo la presa,

ahora es el cazador quien traicionado queda.

Gunner paró la canción.

—Es un poco oscura, pero me gusta. —Pasó la mirada de Stevie a Colby—. ¿Qué ocurre? Parece que hayáis visto un fantasma.

No lo hemos visto. Lo hemos oído.

—Por el amor de la música —susurró Colby—. Blair escribió una canción sobre Kirk Tyler.

—Y eso no es todo —dijo Stevie—. Ya había oído esa melodía antes. Y tú también.

—¿Cuándo? —le preguntó Colby.

—Cuando Terence Thompson la tarareó .