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T e diré lo mismo que le dije a la policía en su momento: estaba oscuro y no pude ver apenas nada.
Shiralee le sirvió a Stevie un vaso de té helado y lo deslizó sobre la mesa hacia ella.
Stevie le agradeció la bebida, ya que las lentas rotaciones del ventilador no ayudaban demasiado a combatir el calor sofocante que reinaba en la cocina de Shiralee.
Eran casi las siete de la tarde, pero su casa todavía conservaba el calor del día en su interior.
Stevie había cerrado la buhardilla de nuevo y le había enviado un mensaje a Colby para hacerle saber que iba a hablar con una testigo involucrada en el caso de Aaron Taylor. Colby no le había respondido, por lo que Stevie había supuesto que debía de estar muy ocupada con Terence.
Casi se había saltado el desvío de Hollingdale Drive.
Estaba a las afueras de la ciudad, escondido entre los robles rojos.
La casa de Shiralee era la única casa habitada en todo el barrio, porque la de enfrente estaba tapiada y el jardín cubierto de maleza.
¿Sería una buena idea presentarse en un lugar tan apartado completamente sola?
Quizás debería haber esperado a que Colby le respondiese para ir juntas.
Pero ya estaba allí, así que no tenía sentido dar media vuelta.
En cuanto Shiralee había abierto la puerta y la había saludado con una sonrisa radiante, todas las preocupaciones de Stevie se habían desvanecido de un plumazo.
Shiralee estaba preparándose para salir a trabajar.
Ya se había puesto el uniforme y se había recogido el cabello negro en un moño bajo y apretado.
Le dijo que todavía le quedaba media hora antes de tener que irse al hospital.
Stevie le dijo que no tardaría mucho. Lo cierto es que quizás exageró un poco la verdad y le dijo que era amiga de Aaron.
Stevie le dio un sorbo a su té helado. Estaba bastante bueno, muy poco dulce.
—¿Podrías empezar por contarme qué fue lo que viste esa noche?
—Estaba volviendo a casa del trabajo cuando se me paró el coche de repente.
Tuve que aparcar a un lado de la carretera.
No tengo seguro de coche y tampoco podía llamar a nadie para que fuese a ayudarme a esas horas en pleno Cuatro de Julio, por lo que lo dejé allí y decidí recorrer el resto del camino hasta casa andando.
Me había quedado tirada a solo unas calles, pero estaba agotada y de mal humor.
—Shiralee se golpeó las rodillas—. ¡Estaba que echaba humo, en realidad!
Pero bueno, el caso es que pasé frente a la entrada del aserradero, y fue entonces cuando vi el haz de una linterna.
—¿A cuánta distancia estabas del aserradero?
Shiralee se encogió de hombros.
—A menos de cincuenta metros, creo. Recuerdo que me acerqué un poco para ver si podía averiguar qué estaba pasando.
Entonces fue cuando vi al chico encaramado a la valla, con una pierna colgando a cada lado.
Al principio pensé en acercarme a él y en gritarle que se bajara, pero al final me eché atrás para tratar de evitar el enfrentamiento, porque después del turno que había tenido en el hospital, una discusión era lo que menos necesitaba.
Había habido una pelea en el Lacey’s, y había tenido que coserle una brecha enorme en la cabeza a una mujer y después llevarla a la comisaría para que la interrogasen, y no fue demasiado amable conmigo que digamos.
En fin, que no tenía ganas de enfrentarme a nadie más esa noche, así que llamé directamente a la policía.
—¿Y todo eso ocurrió a las 23:33?
La mujer soltó una carcajada grave.
—No sabría decirte con tanta precisión, pero sí que fue alrededor de esa hora.
—¿Podrías decirme algo de Aaron o de la persona con la que iba?
Sé que me has dicho que todo estaba oscuro, pero cualquier cosa que recuerdes podría serme de mucha ayuda.
¿Te acuerdas de cómo era de alto, o de qué color tenía el pelo, de cuál de los dos llevaba la pistola…
? ¿De algo? —Sabía que lo más probable era que aquello fuese mucho pedir, pero tenía que preguntárselo igualmente.
Shiralee frunció el ceño.
—Yo no vi a nadie con él. Solo vi a ese chico, encaramado en la valla, ese tal Taylor. Y llevaba una linterna, no una pistola.
—Pero en el informe policial pone que viste a dos personas colándose en el aserradero y que te pareció que iban armadas.
—No sé qué es lo que pondrá en el informe policial, pero sé lo que vi. Solo había un chico, con una linterna en la mano, no una pistola.
Sonaba muy segura, pero en el informe ponía claramente «dos hombres».
—¿Estás segura?
Shiralee se cruzó de brazos y se recostó en su asiento.
—¿Alguna vez te ha parecido ver a solo una persona cuando en realidad eran dos?
—No. —Pues claro que no—. ¿Te acuerdas de quién te interrogó?
—Frank Baker. Fue un hombre bastante amable, y me acuerdo de cómo se llamaba porque mi hermano también se llama Frank. Vino a verme el día después del tiroteo para tomarme declaración.
El corazón de Stevie comenzó a latirle acelerado. ¿Su padre había sido quien le había tomado declaración?
—¿Y no hablaste con nadie más?
—Me pasé varias semanas pensando que volverían a llamarme para interrogarme de nuevo, pero no, esa fue la única vez que hablé con la policía.
Sinceramente, me siento un tanto culpable por la muerte de ese chico.
Quizás, si me hubiese acercado y hubiese hablado con él cuando lo vi encaramado a esa valla…
—comenzó a decir Shiralee—. Pero creía que solo estaba haciendo el tonto.
No pensaba que fuese a acabar muerto. Lo único que me preocupaba era que se hiciese daño.
Los aserraderos son lugares bastante peligrosos.
Stevie se levantó, con la cabeza yéndole a mil por hora, mientras que, en algún punto en la distancia, Shiralee seguía hablando sobre todas las heridas causadas por sierras y taladros que había tenido que ver en Urgencias. Stevie se aferró al borde de la mesa, mareada y con las manos sudorosas.
Aaron Taylor no se había hecho daño él solo, alguien le había disparado. Y su padre había mentido en el informe policial sobre lo que ocurrió.
—Chica, no tienes muy buen aspecto —oyó decir a Shiralee.
—Gracias. —Tenía la boca seca, por lo que la voz le salió rota—. Debería irme ya.
—¿Te encuentras bien? ¿No prefieres quedarte sentada un momento?
—No, gracias —repuso Stevie. Tenía que salir de allí cuanto antes—. Has sido muy amable.
—Te acompaño a la salida. —Shiralee se levantó, pero Stevie ya se estaba dirigiendo hacia la puerta, caminando por aquel pasillo con unas piernas que no sentía que fuesen suyas.
El sudor se le acumuló en el cuero cabelludo, haciendo que la coleta se le pegase a la nuca.
Salió al porche entre tambaleos y respiró hondo.
El chirrido grave y entrecortado de las cigarras resonaba a su alrededor con fuerza, contrastando con el canto rítmico de los grillos, impidiéndole pensar con claridad.
Stevie trató de atar cabos. Tenía que haber alguna explicación razonable.
Frank se había volcado en cuerpo y alma en el caso de Aaron Taylor, era imposible que hubiese redactado un informe lleno de información falsificada.
Su padre era un buen policía, un policía honesto.
Sacó la llave del coche del bolsillo y abrió la puerta. Se sentó tras el volante.
—Es imposible que papá mintiese —se oyó decir en voz alta.
Pero entonces recordó algo, y un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies a pesar del calor del día. El correo que Hilton le había mostrado.
«No son más que una banda de criminales» .