27 #2
Se acercó un poco más a la pantalla y echó la grabación hacia atrás lentamente, fotograma a fotograma. Contuvo el aliento. No era más que una figura borrosa y apenas visible, pero ahí estaba, la espalda de su gabardina.
—Te tengo, cabrón —jadeó—. Ahora, veamos qué es lo que me has traído.
Dejó a Catsy en el suelo con cuidado y se acercó a la cama, donde el paquete seguía esperándola, con las piernas temblorosas y el corazón latiéndole acelerado.
Alargó las manos hacia la caja, antes de volver a apartarlas de golpe un segundo después. No debería tocarla.
Debería llamar a Jimmy. Él se encargaría de mandar a los forenses para que viniesen a por ella y la analizasen.
Sacó su teléfono móvil del bolsillo y marcó el número de su tío, pero no pudo darle a llamar.
¿Qué daño haría que le echase antes un vistazo rápido?
¿Y si tuviera cuidado? No debería manipular lo que estaba claro que era una prueba.
Jimmy se pondría furioso cuando se enterase.
Pero podía ponerse guantes, para no dejar huellas.
Rebuscó en el interior de los cajones de su escritorio, en busca de unos.
Lo más probable es que estuviesen todos guardados en cajas en el sótano, junto con el resto de su ropa de invierno.
Así que tomó un par de calcetines. Con eso tendría que bastar.
Catsy le maulló, preocupada.
—No pasa nada, peque, solo voy a echar un vistazo rápido, eso es todo.
No le resultó nada fácil despegar el papel, porque le temblaban las manos y los estúpidos calcetines no hacían más que ponerle las cosas mucho más difíciles, pero no pensaba manipular las pruebas forenses otra vez. Al final, consiguió despegarlo todo y levantó la tapa de la caja.
En su interior había un marco de fotos boca abajo, con un sobre negro encima, igual que el anterior.
Tomó el sobre. Lo abriría por abajo. Podría haber ADN de la saliva del remitente en la solapa. Encontró unas tijeras para uñas en un cajón. Intentó abrirlo, pero usar las tijeras con los calcetines puestos en las manos fue incluso más difícil que desenvolver el paquete.
Cuando por fin lo abrió, sacó una tarjeta de su interior.
«Mi princesa, preciosa incluso muerta. ¿La echas de menos, Stevie? Porque yo sí».
A Stevie se le revolvió el estómago al ver que el acosador había escrito su nombre. Dejó la tarjeta sobre la tapa de la caja y tomó el marco de fotos. Se armó de valor y cerró los ojos por un momento antes de darle la vuelta. Contó desde tres.
Tres.
Dos.
Uno.
Abrió los ojos.
El acosador había creado un collage de las letras «BB» con fotografías del cuerpo inerte de Blair sobre la plataforma del escenario, mezcladas con planos mucho más cercanos de algunas partes muy concretas de su cuerpo ensangrentado.
Sus brazos, sus piernas, sus pechos. Esas fotografías destacaban con fuerza en comparación con las demás, tan bronceadas y vibrantes frente a las otras, mucho más granuladas, en las que salía su cuerpo entero.
A Stevie le entraron ganas de estampar el marco contra la pared hasta hacerlo mil pedazos.
Una oleada de náuseas se apoderó de ella, y el vómito le subió rápidamente por la garganta, caliente y denso.
Quienquiera que hubiese hecho aquello, estaba claro que había corrompido el cuerpo de su hermana.
La había asesinado y lo había disfrutado, incluso encontrando cierta belleza en ello.
Stevie devolvió el marco al interior de la caja.
Se alejó de la cama. Se quitó los calcetines de las manos, los tiró en la basura y después se llevó las manos a la cabeza antes de ponerse a recorrer su habitación de un lado a otro como un animal enjaulado.
El acosador debía de haber entrado en su casa mientras todos estaban en la vigilia.
Había sabido que todos estarían allí. Ella misma le había entregado la oportunidad de entrar en su casa en bandeja de plata, y él la había aceptado para dejarle bien claro lo que había hecho.
Pero ¿cómo había logrado entrar? ¿Por la puerta trasera? ¿Por una ventana?
Se le volvió a revolver el estómago, mucho peor esta segunda vez.
Se aferró al cubo de la basura y tragó saliva una vez, dos, tres veces, intentando contener las ganas de vomitar.
La cabeza le daba vueltas. No podía dejar de pensar en el acosador y en Kirk Tyler.
Había estado tan segura de que había sido Kirk quien había asesinado a Blair…
Pero ¿ahora? Le echó otro vistazo a la caja.
Kirk Tyler no le parecía la clase de hombre dispuesto a colarse en su casa solo para dejarle un regalo tan macabro.
Además, lo había visto en la vigilia. Mierda. Quizás se había equivocado.
Tomó su bolso, metió su ordenador portátil, un neceser lleno de artículos de aseo, sus lentillas y una muda de ropa limpia para poder cambiarse. Y después, con Catsy en brazos, se fue a la habitación de sus padres, y llamó con suavidad a la puerta.
—¿Papá?
Oyó un suspiro, el susurro de unas sábanas al apartarse, y después los pasos de su padre acercándose a la puerta.
—Stevie, estaba durmiendo. —Su voz sonaba firme, todavía estaba enfadado con ella.
A Stevie comenzó a temblarle el mentón. No podía estar enfadado con ella. No cuando estaba tan asustada.
—Papá, me ha dejado otro regalo. El acosador —se le rompió la voz— ha estado en mi habitación .