Famosa hasta la muerte 25
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C omo te acabo de decir, si no eres familiar directo suyo, no te puedo contar nada.

Stevie se volvió a mirar a Colby, preguntándose qué se suponía que debían de hacer a continuación. La agente que estaba en la recepción de la comisaría de Honeyville no les estaba dando ninguna información.

Colby se recostó sobre el mostrador y bajó la mirada hacia la placa con su nombre.

—Escucha, Marge, Stevie fue a quien esa chica le lanzó el batido. Estoy segura de que tiene derecho a saber quién la atacó, ¿no te parece?

Marge las observó por encima del marco de sus gafas, claramente molesta.

—Como os acabo de decir, la chica es una menor.

Así que no puedo daros su información personal.

—Se volvió hacia Stevie—. Ahora, señorita Baker, conozco perfectamente la relación que tiene con esta comisaría.

Conozco tanto a su tío como a su padre, y lamento mucho por lo que está pasando, pero me temo que no puedo responder a sus preguntas.

En realidad, no parecía que lo lamentase en absoluto.

—¿Está mi tío aquí? ¿Puedo hablar con él?

—le preguntó Stevie. A Jimmy no le haría ninguna gracia que estuviese por ahí haciendo preguntas, pero a lo mejor sí que le daba alguna información si le insistía un poco.

Colby tenía razón, y había sido ella a quien habían atacado con ese batido, al fin y al cabo.

Marge se recostó en su asiento y les lanzó una mirada molesta.

—No, no está aquí.

—Vale… ¿Y el agente Dean? ¿Podrías preguntar a ver si puede hablar conmigo un momento?

—No te va a decir nada que no te haya dicho yo ya.

Stevie la observó con los ojos bien abiertos y le dedicó una mirada suplicante.

—Por favor, Marge, mi padre siempre hablaba de lo eficiente y servicial que eres.

Marge la observó con los ojos entrecerrados.

—Halagarme no te va a servir de nada, jovencita.

Colby se apoyó sobre el mostrador.

—Venga, Marge, hazle una llamadita a nuestro Ollie. Si no, nos vamos a tener que quedar aquí contigo hablando toda la tarde. Toooooda la tarde.

Marge soltó un suspiro hastiado, pero tomó el teléfono.

—Os lo estoy diciendo, no os va a contar nada.

Puede que fuese cierto. Pero merecía la pena intentarlo igualmente.

Unos minutos más tarde, Oliver atravesó las puertas dobles que daban a la sala de espera de la comisaría, estirándose la camisa y terminando de masticar algo.

—Stevie, creía que te habías ido a casa —comentó, observándolas claramente desconcertado.

—Nos preguntábamos si podrías decirnos algo sobre la chica a la que habéis detenido.

—Lo siento, pero no puedo contaros nada sobre ella, al menos, aún no.

Marge, que estaba tecleando sin parar, murmuró:

—Eso es lo que les he dicho yo. Pero ¿me han hecho caso? Ni por asomo.

Colby se volvió hacia ella como un resorte.

—Gracias, Marge. Ya lo has dejado claro.

—Oliver, ¿por favor? —Stevie le agarró del brazo.

Él bajó la mirada hacia su mano. Y Stevie también. ¿Por qué narices le estaba tocando? Apartó la mano de inmediato.

—¿Ha dicho por qué lo hizo? ¿O por qué odia a Blair?

Oliver miró a Marge de reojo y después señaló un rincón de la sala con un gesto de la cabeza. Stevie lo siguió de inmediato, con Colby prácticamente pegada a sus talones.

—¿Qué es lo que tienes para nosotras, Oliver? —preguntó Colby.

—Preferiría que me llamaseis agente Dean en el trabajo —repuso él.

Colby le hizo un saludo militar.

—Muy bien, agente Dean, ¿qué es lo que ha dicho la bandida del batido? ¿Fue ella quien mató a Blair?

—Sinceramente, no lo creo, pero solo tiene quince años, por lo que no podemos hablar con ella hasta que llegue su padrastro.

Debería llegar mañana por la mañana. Cuando le hemos llamado, nos ha dicho que llevaba todo el día buscándola como loco.

Al parecer, la chica tomó un autobús para venir anoche.

Debió de tardar al menos ocho horas en llegar.

—¿Y la habéis arrestado oficialmente? —preguntó Stevie.

—Eso depende de si quieres presentar cargos en su contra o no.

—No, no quiero —respondió Stevie rápidamente—. Solo quiero hablar con ella.

—Me temo que no puedo dejarte entrar ahí atrás.

—¿La tenéis encerrada en una celda? —preguntó Colby.

—No, no está encerrada. La estamos vigilando y manteniendo a salvo hasta que llegue su padrastro.

Stevie intentó echar un vistazo a su espalda, a través de la pequeña ventana que daba a la comisaría.

—Pero está allí, ¿no? ¿En una celda?

—Sí, Stevie. ¿Por qué?

—¿Y de verdad no hay forma de que me dejes hablar con ella, aunque solo sean cinco minutos? —Volvió a intentar lo de observarlo con mirada suplicante.

Él negó con la cabeza, se volvió hacia Marge un momento, y bajó la voz al volver a hablar.

—Esta noche ya os he dejado entrar donde no debíais. Y las únicas personas a las que se les permite entrar ahí atrás es al personal de la comisaría y a los detenidos.

—Creo que estás siendo demasiado intransigente —comentó Colby, indignada.

—Tienes derecho a tener tu propia opinión —repuso Oliver—. Pero, a menos que quieras que te arreste, Stevie, me temo que la respuesta es que no.

—Arréstame, entonces —soltó Stevie.

Oliver parpadeó confuso y esbozó una pequeña sonrisa ladeada.

—No pienso arrestarte. No cuando no has hecho nada malo. Lo que voy a hacer es insistir en que vuelvas a casa. —Le colocó con delicadeza una mano en el hueco de la espalda, como si fuese a acompañarla hasta la puerta.

Stevie se apartó de su contacto. No iba a dejar que la echase. Tenía que hablar con esa chica y descubrir qué era lo que tenía contra Blair. Tenía que entrar en ese calabozo como fuera. Pero, para hacerlo, iba a tener que hacer algo malo, y tan solo se le ocurría una posibilidad.

—Stevie, tienes que irte —repitió Oliver.

Lo más probable es que más tarde se arrepintiese de lo que estaba a punto de hacer. Pero él no le había dejado otra opción. Si acaso, había sido él quien le había dado la idea.

—Lo siento mucho, Oliver. Ojalá no tuviera que hacer esto. No te lo tomes como algo personal.

Oliver la observó con el ceño fruncido.

—¿De qué estás hablando?

Stevie echó el brazo hacia atrás y después le asestó un puñetazo en la cara.

—¡Joder, Stevie! —soltó Colby, al tiempo que Oliver se tambaleaba hacia atrás por el impacto, llevándose las manos a la cara.

Stevie sacudió la mano con la que le había golpeado y se la metió entre las piernas.

—Lo siento, lo siento. —Y de veras lo sentía.

Marge se puso a gritar y pulsó el botón para dar la voz de alarma.

Oliver miró a Stevie con incredulidad.

—¿A qué ha venido eso?

—Yo… Eh…

Dos agentes de policía salieron entonces del interior de la comisaría. Altos y de cabello oscuro, tan parecidos que podrían haber sido perfectamente la misma persona.

—¡Ha sido ella! ¡Esa chica de allí! —dijo Marge, señalando a Stevie—. ¡Ha agredido a un agente!

Oliver se limpió la sangre que le caía por la nariz con la manga del uniforme, sin dejar de mirar a Stevie en ningún momento.

—Lleváosla a las celdas. Metedla en la 3B. Yo voy a redactar un informe rápido sobre la infracción y ahora voy.

Las bisagras de la celda chirriaron con fuerza al abrirse, justo antes de que los agentes la encerrasen dentro y la volviesen a cerrar con un golpe seco.

Stevie se dejó caer en el banco de metal.

Respiró profundamente un par de veces. Estaba en una celda de verdad.

Una con barrotes y un váter de acero inoxidable como los que salían en las series de policías.

Le habían tomado las huellas, le habían quitado el teléfono, le habían tomado declaración…

y luego le habían quitado los cordones de los zapatos.

Stevie tragó saliva. ¿Qué demonios acababa de hacer?

Había hecho que la arrestasen, eso había hecho, y cuando Marnie y Frank se enteraran, que lo harían, se iban a poner furiosos.

Y Oliver… Le había dado un buen puñetazo.

Iba a pensar que estaba completamente loca. Quizás lo estaba.

Menuda forma de arruinarte la vida, Stevie. Seguro que esto va a quedar de lujo en tus solicitudes para la universidad.

Captó un destello de movimiento en la celda de enfrente y se volvió hacia allí.

Era ella. La chica. Y estaba justo ahí, frente a ella, sentada en el suelo de la celda 3A, con una manta en el regazo y la mirada clavada en el suelo de cemento.

En ese instante, alzó la mirada hacia Stevie y parpadeó, claramente sorprendida por encontrársela allí.

Y entonces, con rapidez, volvió a bajar los ojos hacia el suelo.

¿De verdad Oliver la había ayudado poniéndola aposta en la celda de enfrente de la chica del batido?

Una repentina corriente cálida la recorrió de la cabeza a los pies, tomándola por sorpresa.

Pero hizo aquella sensación a un lado. Debía de ser tan solo una coincidencia, al fin y al cabo, le había asestado un puñetazo en la nariz, por el amor de Dios, seguro que él no iba a querer hacerle un favor después de eso.

Y Stevie no debería estar pensando en el agente Oliver Dean; estaba en mitad de una investigación de asesinato.

Céntrate, Baker, se dijo mentalmente o, al menos, creía que se lo había dicho mentalmente, pero, cuando vio a la chica volver a alzar la mirada, se dio cuenta de que quizás lo había dicho en voz alta.

Estupendo. Ahora además era una loca encerrada en una celda hablando consigo misma.

—No estoy loca —dijo Stevie en alto, y entonces se percató de que quizás sí que podía parecerlo al presentarse así—. Me llamo Stevie. Stevie Baker. Antes me has tirado un batido de plátano encima.

La chica no reaccionó de ningún modo, más que poniéndose casi imperceptiblemente en tensión. Siguió con la mirada clavada en el suelo, con el cabello oscuro ocultándole el rostro.

Stevie también se sentó en el suelo, para estar a su misma altura, y se inclinó hacia los barrotes de la celda. Se aseguró de mantener un tono amable al hablar.

—No voy a presentar cargos contra ti, por cierto.

Nada.

—He oído decir que hiciste ocho horas en autobús para venir a la vigilia de Blair. ¿Tenías algún buen motivo para hacer algo así?

—Es que me encantan los autobuses. —Siguió con la mirada clavada en el suelo.

—Parecías bastante enfadada con Blair. Y yo creo que viniste a su vigilia porque tenías algo importante que decir, así que aquí estoy, lista para escuchar lo que quieras contarme.

—Suenas como ella. —La voz de la chica sonó afilada, como si la estuviese acusando de algo horrible.

—¿Como quién? ¿Como Blair?

La chica alzó la mirada y la observó con los ojos entrecerrados.

—No, como la reina de Inglaterra. Pues claro que como Blair.

—Entonces, ¿la conocías?

La chica soltó una carcajada amarga.

—Sé que era una zorra mentirosa.

Stevie tragó saliva con fuerza y tuvo que reprimir el impulso que la invadió por defender a su hermana, e intentó mantener la voz firme al volver a hablar.

—¿Blair te hizo daño?

—Mira, no sé qué es lo que quieres de mí, pero no me apetece una mierda abrirte mi corazón en una celda. Así que, si no te importa cerrar el pico de una vez, te lo agradecería.

Por un momento, Stevie se preguntó si habría cometido un error.

Esa chica parecía haberse cerrado herméticamente, y era evidente que estaba enfadada.

Pero ella sabía lo que era estar enfadada.

Se había pasado mucho tiempo cabreada con el mundo después de que Mia desapareciese.

Su enfado la había protegido del dolor. Y podía ver ese mismo dolor tras la furia que iluminaba los ojos de esa chica.

El ser amable con ella no iba a servirle de nada.

—Entonces, ¿no conocías a Blair? ¿Me lanzaste un batido de plátano por otro motivo?

—Stevie señaló su teléfono con un gesto de la cabeza—.

¿Para que la gente te siguiese en redes?

—Asintió lentamente para sí misma—. Sí, supongo que eso tiene cierto sentido, aunque es una forma bastante retorcida de llamar la atención.

Dios, se sentía horrible por estar haciendo eso.

La chica la fulminó con la mirada.

—No lo hice por eso.

—Pues claro que no. —Stevie puso los ojos en blanco—. Y pues claro que conocías a Blair, siempre iba por ahí haciéndose amiga de adolescentes rabiosas.

La chica se levantó de un salto y se aferró a los barrotes de su celda con todas sus fuerzas.

—¡Sí que conocía a Blair! Bueno, al menos creía que la conocía. Creía que le importaba. Creía que era buena. Pero era una mentirosa.

Stevie también se levantó.

—Una mentirosa, ¿en serio? ¿Sobre qué te mintió?

—Me prometió que iba a ayudarme y yo le creí —respondió la chica, furiosa.

—¿Ayudarte con qué?

La pregunta se cernió sobre ellas por un momento. A la chica comenzó a temblarle el mentón y se le anegaron los ojos de lágrimas. Stevie se sintió culpable por haberla presionado.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó en un susurro.

La chica se sorbió los mocos.

—Melissa.

—Melissa, ¿con qué prometió ayudarte Blair? —Formuló la pregunta con suma delicadeza y amabilidad, para asegurarse de que la joven no volvía a cerrarse a cal y canto con ella.

Pero tardó tanto en responder que, por un momento, Stevie llegó a pensar que no iba a hacerlo.

—Le dije lo que él me estaba haciendo —dijo entonces—, y ella me prometió que haría que parase.

A Stevie se le encogió el corazón.

—¿De quién estás hablando, Melissa?

—De su representante, Kirk Tyler .