17
El teléfono comenzó a sonarle sobre la mesilla. Alargó un brazo por encima de Catsy, le dio a responder con el altavoz puesto, y dejó el teléfono sobre la almohada, junto a su cabeza.
—¿Diga? —dijo mientras acariciaba a Catsy.
—¿Stevie? Ay, Stevie… —La voz de su madre se rompió en llanto, y entonces oyó cómo el teléfono cambiaba de manos.
Ay, Dios, ¿y ahora qué?
Se incorporó en la cama y se llevó el teléfono al oído.
—Hola, Stevie, soy Ronald Bryant, de Gilbert & Greens. Tengo a tu madre aquí, en mi tienda. Me temo que tenemos un pequeño problemilla, aunque nada de lo que alarmarse, pero esperaba que pudieses venir un momento.
¿Qué estaba haciendo su madre en la tienda? Tan solo habían pasado dos días desde que habían asesinado a Blair. Era imposible que hubiese decidido salir a comprar, más bien, salir a la calle, en general, con todos los periodistas que había sueltos por la ciudad.
—¿Qué ha pasado? ¿Está bien? —Menuda pregunta más estúpida. Su hija acababa de morir.
—Ha venido a la tienda a comprar, pero me temo que, al ir a pagar, su tarjeta ha sido denegada.
La he traído conmigo a mi despacho y le he dicho que no pasaba nada, sobre todo teniendo en cuenta por todo lo que estáis pasando en este momento.
Podemos arreglarlo más tarde, claro está, por eso no te preocupes, pero no creo que esté en condiciones para conducir.
—Ahora mismo voy.
Colgó y se bajó de la cama de un salto. Catsy le lanzó una mirada interrogante.
—Lo siento, pequeña, tengo que irme.
Salió corriendo hacia la entrada de la tienda al mismo tiempo que Annie y Marnie salían de allí. Ronald las seguía de cerca, empujando un carrito lleno de comida, y Annie tenía un brazo alrededor de los hombros de Marnie.
—¿Mamá? —dijo Stevie—. ¿Estás bien?
Marnie alzó la mirada hacia ella, con las mejillas llenas de surcos negros de máscara de pestañas.
—Lo siento mucho, no pretendía causar tantos problemas. No debería haberme afectado tanto que el sistema me rechazase la tarjeta.
—Creo que no ha sido solo por eso, mamá —repuso Stevie.
—Los pequeños problemas sin importancia nos pueden parecer todo un mundo cuando estamos sufriendo tanto —comentó Annie—.
Todavía me acuerdo cuando, un mes después de que Mia desapareciese, me eché a llorar desconsolada junto a un parquímetro al darme cuenta de que no llevaba ni una sola moneda encima para pagar el ticket.
—Se me ocurrió salir de casa a comprar unas cuantas cosas que nos hacían falta para comer… No pretendía armar una escena.
—Deberías habérmelo dicho —dijo Annie—. Podría haberme pasado yo a comprar.
—¿Cómo es que has llegado antes que yo? —le preguntó Stevie.
—Estaba comprando un par de cosas para casa cuando me encontré con Ronald y me avisó que Marnie estaba en su despacho. Voy a llevarla a casa. Hal puede encargarse luego de venir a buscar su coche.
—He traído mi tarjeta —comentó Stevie—. Para pagar la compra.
—Ya me he ocupado de eso —repuso Annie.
—Eres una santa —dijo Stevie, y después ayudó a su madre a subir al asiento del copiloto del coche de Annie. Le dio un suave apretón en la mano y después cerró la puerta.
—¿Crees que se recuperará?
Annie cerró el maletero y se acercó a Stevie.
—Va a tener sus más y sus menos. Forma parte del proceso del duelo. Supongo que la visita a la morgue la ha afectado más de lo que creía. Estaba muy alterada cuando me la encontré en el despacho de Ronald.
Stevie asintió. Sabía que aquello era verdad, pero eso no hacía que fuese menos duro el tener que presenciarlo.
Annie le dio un fuerte abrazo.
—¿Nos vemos en tu casa?
El teléfono de Stevie vibró en el bolsillo trasero de sus pantalones. Colby le había escrito un mensaje: ¡MADRE MÍA! ¡Amiga, creo que he encontrado ALGO!
A Stevie se le aceleró el corazón y apretó los labios. ¿Estaría mal si dejase que Annie se ocupase de llevar a su madre a casa? Lo más seguro es que eso no le diese puntos para ganar el premio a «hija del año», pero Colby había descubierto algo. Y ese «algo» estaba escrito en mayúsculas.
—¿Te importaría quedarte un rato con mamá? —De todos modos, a Annie se le daban mucho mejor esa clase de cosas.
—Claro, cariño —repuso—. Yo me ocupo de llevarla a casa.
Ni siquiera le pidió que le diese una razón, pero Stevie lo hizo de todos modos.
—Tengo que ir a ayudar a Colby con lo de la vigilia de Blair. —Aquello era una mentira a medias. No una completa, porque puede que también tuviesen que ocuparse de planearla.
Stevie le echó un último vistazo a su madre. Tenía la mirada perdida a través del parabrisas, y se estaba secando las lágrimas de los ojos con un pañuelo, esperando pacientemente a que la llevasen de vuelta a casa.
—Volveré a casa en cuanto pueda.
—¿Y tú estás bien? —le preguntó Annie—. Me tienes preocupada, ya lo sabes.
—Estoy bien —aseguró.
—Recuerda que siempre me tendrás aquí si necesitas hablar con alguien. —Annie se despidió de ella con un último abrazo y después rodeó el coche, abrió la puerta y se subió al asiento del conductor.
Stevie aguardó a que el coche de Annie saliese del aparcamiento antes de responder a Colby.
Voy ahora mismo.
Se adentró en el camino de la entrada de la casa de Colby y apagó el motor.
Alargó una mano hacia atrás para tomar su bolso, pero se detuvo en seco al fijarse en otra cosa.
Había un paquete en el asiento trasero, del tamaño de una caja de zapatos y envuelto en papel marrón.
Lo observó con la cabeza ladeada. Aquello no era suyo y no creía haberlo visto antes.
Se le aceleró el corazón. ¿Había cerrado el coche con llave antes?
El agente Dean le había aconsejado que mantuviese todo siempre cerrado con llave.
¿Lo había cerrado al llegar a la tienda?
Había tenido prisa, así que quizás se había olvidado.
¿Estaba siquiera cerrado con llave cuando había salido de casa?
Sacudió la cabeza. Basta. Estaba entrando en bucle.
Puede que no fuese nada. Quizás sus padres lo habían dejado allí.
Lo tomó. No pesaba casi nada.
Estaba a punto de abrirlo cuando alguien abrió la puerta de su coche de un tirón. Se sobresaltó y el corazón se le subió a la garganta.
—¡Por el amor de Dios, Colby!
Colby la estaba observando fijamente.
—¿Qué haces?
—Esto estaba en mi coche. —Stevie le tendió el paquete como si de una ofrenda se tratase.
—¿Para mí? —le preguntó, quitándoselo de las manos—. ¿Qué es? —Colby lo sacudió con fuerza, lo que quiera que hubiese dentro se deslizó en su interior.
—Espero que no fuese algo frágil. Ha aparecido de la nada en el asiento trasero de mi coche.
—¡¿En serio?! —La chica observó la caja con fijeza—. Eso es un poco raro, ¿no te parece?
Sí, se lo parecía, pero se negaba a alarmarse por ello.
—A lo mejor es algo de mis padres. Tal vez se lo dejaron ahí olvidado o algo. —No sonaba muy convencida.
—Tengo una idea —soltó Colby—. ¿Qué te parece si entramos y lo abrimos?
Se sentaron con las piernas cruzadas en el suelo de la habitación de Colby, con el paquete sobre la alfombra, frente a ellas.
—Lo haré yo —dijo Colby—. Y, a cambio, te diré lo que he descubierto sobre la vida amorosa de Blair gracias a mi búsqueda por internet.
Stevie señaló la caja. Intentó sonar despreocupada. De todos modos, estaba segura de que no iba a ser nada.
—Adelante. Lo más probable es que sea algo que mi padre ha pedido para las clases de carpintería que da todas las semanas en el centro comunitario.
Colby tiró de la caja hacia ella y después levantó la vista de nuevo.
—Espero que no haya un dedo o algo así aquí dentro. A los asesinos suele gustarles enviar dedos cortados, ¿no?
Stevie tragó con fuerza. No…, no podría ser un dedo. ¿De serlo, de quién sería? Suspiró, molesta porque Colby la había hecho pensar, aunque solo fuese por un momento, que podría serlo.
—No creo que sea un dedo.
Colby se encogió de hombros.
—Probablemente tengas razón. —Rasgó el papel que envolvía la caja y le quitó la tapa. Dentro había una tiara decorada con pedrería.
Stevie frunció el ceño. Una tiara. Aquello no gritaba amenaza, que digamos. Aun así, era bastante raro.
—¡Ayyyyy, qué bonita! —Colby la hizo girar entre sus manos—. Por algún motivo, no creo que sea de tu padre.
Era llamativa y horrible, y no, estaba claro que no era de Frank. Stevie no tenía ni idea de dónde podría haber salido. Y no podía quitarse de encima la sensación de que algo iba terriblemente mal. Pero al menos no se habían encontrado un dedo dentro de la caja.
Y Colby tampoco parecía preocupada. Se la colocó sobre el cabello, juntó los labios como si fuese a lanzarle un beso y batió las pestañas.
—¿Qué tal me queda?
—Si te digo que pareces una reina de la belleza, ¿te sentirás ofendida?
—¡No! ¿Sabes? Creo que, de haberme presentado, habría arrasado en el concurso. —La chica se puso de pie y juntó las manos—. ¡Convertirme en Miss América es todo un sueño hecho realidad! Me gustaría agradecerle a mi culo…, por darme siempre apoyo y por tener un aspecto excepcional.
Stevie puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa divertida pero, por algún motivo, seguía inquieta. ¿Por qué iba alguien a dejarle un paquete con una tiara en su coche?
Colby se acercó al espejo y empezó a posar, primero fingiendo que era una especie de modelo y después solo poniéndose a hacer simples tonterías. Entonces se volvió hacia Stevie y bajó un poco la cabeza, lo que hizo que le saliesen un número impresionante de papadas, e hizo una mueca triste.
—¿Me dices que soy guapa, porfi?
—Tú, Colby Green, eres preciosa. —Stevie tomó la caja. Tal vez encontrase alguna pista sobre su procedencia en el interior. El fondo estaba cubierto por un papel negro… No, no era ningún papel, era un sobre. A Stevie se le aceleró el pulso—. ¡Hay una nota!
Rasgó el sobre y sacó la carta, el corazón se le detuvo de golpe en cuanto leyó lo que había escrito y se le pusieron los pelos de la nuca de punta.
«Para mi princesa Blair, para que la lleve puesta durante su descanso eterno».
—¿Qué pasa? ¿Qué pone? —quiso saber Colby.