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L a muerte de Blair fue la noticia estrella de todos los canales de noticias.
Todos los periódicos importantes se habían hecho eco de ello, publicando artículos de última hora.
Al igual que todas las páginas de cotilleos.
Pero esas eran las peores. El entusiasmo de los editores lograba traspasar la pantalla.
«¡La vuelta a casa acaba con un corazón roto!».
«¡El micro de la princesa del pop se apaga para siempre!».
«¡Blair Baker ha sido silenciada por toda la eternidad!».
«¡No habrá un último aplauso para Blair Baker!».
«¡Aplazada la gala de Noche con las estrellas tras el asesinato de Blair Baker!».
¿Desde cuándo se aceptaban los signos de exclamación como muestra de respeto para anunciar la muerte de alguien?
¿Quién había dado el visto bueno a esa mierda de titulares?
La alegría perversa que algunos periodistas parecían sentir al escribir sobre el asesinato de su hermana hizo que se le revolviese el estómago.
Otros titulares eran bastante más personales.
En State habían publicado un artículo en portada con «Dos tazas de corazón roto para la familia Baker» como titular, con una fotografía de Mia de cuando acababa de entrar en secundaria, junto con otra de Blair.
En News habían publicado: «Una chica desaparecida, la otra perdida para siempre».
Pensándolo bien, quizás Stevie prefería los signos de exclamación.
Y en Post and Courier, el principal periódico de Carolina del Sur, habían optado por: «El horror se apodera de Honeyville: el asesinato de la estrella es la tercera tragedia que azota la ciudad en casi media década».
El artículo ponía en duda que Jimmy Baker fuese capaz de investigar el asesinato de su propia sobrina y acababa con la pregunta: «¿El Departamento de Policía de Honeyville estará a la altura del caso?
». Estaba claro q ue, al igual que Stevie, ellos también pensaban que la respuesta era que probablemente no.
Stevie devoró todo lo que pudo encontrar por internet.
Cada palabra de cada artículo, por si acaso había alguna pista, por pequeña que fuese, entre aquellas frases que pudiese ayudarla a descubrir qué era lo que había ocurrido.
Algo. Cualquier cosa. Pero no encontró nada que no supiese ya.
Blair ya estaba muerta para cuando salió al escenario.
Una sola herida de bala le atravesaba el pecho.
La policía estaba empezando a interrogar a los principales sospechosos.
Stevie oyó cómo se cerraba la puerta de un coche de un portazo en la calle, y entonces alguien se puso a gritar. Catsy alzó su cabecita y Stevie apartó la mirada de la pantalla del ordenador.
—¿Qué crees que ha sido eso? —preguntó, mientras acariciaba la cabeza de Catsy.
La gata se bajó de la cama de un salto y se acercó a la ventana sin hacer ruido.
Stevie la siguió e hizo a un lado la cortina.
Fuera, el agente Dean estaba arrastrando a un periodista por el patio delantero de su casa.
El otro hombre se estaba resistiendo, gritando sin parar que la gente tenía derecho a saber la verdad y que no estaba infringiendo ninguna ley.
El agente Dean no se molestó en responderle, se limitó a abrirle la puerta del coche y a empujarlo dentro.
—Vaya —soltó Stevie, bajando la mirada hacia Catsy—, lo ha hecho mejor de lo que esperaba.
El agente Dean alzó entonces la mirada hacia su ventana y levantó una mano a modo de saludo.
Stevie contuvo el aliento.
Ay, Dios, la había visto.
—Bien hecho, Catsy —siseó.
La gata la observó desinteresada antes de bajarse del alféizar de la ventana y acurrucarse de nuevo en la cama.
Stevie trató de esconderse, pero se enganchó con las cortinas. Con las mejillas sonrojadas, le devolvió el saludo.
Él se despidió de ella con una especie de saludo militar, se enganchó los pulgares en las hebillas del cinturón y se encaminó de vuelta hacia el coche patrulla.
De camino al vehículo, se tropezó con el bordillo e intentó disimularlo echándose a trotar y pasándose una mano entre los mechones castaños oscuros. Stevie soltó una risita suave.
Se dispuso a darse la vuelta, pero algo al otro lado de la ventana le llamó la atención.
Se acercó un poco más al cristal. Un poco más abajo, en la calle, había un hombre completamente inmóvil en medio de la acera, teñido de blanco bajo la luz de la luna.
Era alto y corpulento. Tenía las manos metidas en los bolsillos de una gabardina que se hinchaba notablemente alrededor de su cintura.
¿Qué hacía allí? ¿Era otro periodista? No parecía ningún periodista.
Pero era bastante extraño que estuviese allí a esas horas si no lo era.
A Stevie se le pusieron los pelos de punta y la inquietud se le asentó en los huesos, hasta transformarse en una firme certeza: estaba claro que había algo que no encajaba con ese hombre.
¿Cuánto tiempo llevaba allí de pie? ¿Unos minutos? ¿Varias horas? Su tamaño lo hacía parecer casi omnipresente, como un árbol plantado en medio de la acera.
Lentamente, echó la cabeza hacia atrás, y su rostro se vio sumido en las más densas sombras mientras lo observaba todo con unos ojos negros como la brea.
Stevie contuvo el aliento. Estaba mirando fijo hacia su casa.
No, tenía la vista clavada en su ventana…
, en ella. Su corazón se saltó un par de latidos, haciendo que le empezasen a pitar los oídos.
Desde allí, Stevie estaba segura de que podía verla con claridad, con él sumido entre las sombras de la noche y ella en su dormitorio con la luz encendida.
Se lanzó hacia el interruptor, apagó la luz, y se volvió de nuevo hacia la ventana.
¿Seguiría allí el hombre? ¿O se habría marchado ahora que sabía que lo habían descubierto?
La cabeza le daba vueltas. Quizás ni siquiera estuviese allí.
Tal vez todo habían sido imaginaciones suyas.
Una imagen fantasmal que su cerebro había creado para tratar de combatir el trauma.
Como todas esas veces que le había parecido ver a Mia o cuando le había parecido ver a alguien vigilando su casa.
Pero ahí seguía, con la mirada clavada en su ventana. Se llevó una mano al interior de su abrigo y sacó algo del bolsillo, como si supiese que ella lo estaba observando. Como si quisiese que lo viera. Stevie se puso en tensión, y notó cómo se le erizaba el vello de la nuca.
Algo destelleó bajo la luz de la luna. ¿Algo de acero? ¿Una pistola? No…, un cuchillo.
Su corazón se saltó otro latido, solo para después ponerse a latir tan acelerado como el de un pajarillo asustado. ¿Qué hacia allí parada, observándolo? Tenía que hacer algo…
¡Haz algo!
Abre la ventana y llama al agente Dean. Dile que el asesino de Blair está justo ahí. Porque ese hombre tenía que ser su asesino, ¿no?
El hombre bajó el brazo, dejándolo caer a un costado, flácido.
¡Abre la ventana y avísale!
Sentía los brazos y las piernas sin fuerza, demasiado pesados como para moverlos. Y esos dos profundos ojos negros seguían clavados en ella…
Entonces, lentamente, el hombre se dio la vuelta.
Se alejó calle abajo, con su gabardina meciéndose con el viento y el brazo colgando a un lado, sujetando con fuerza el cuchillo…
Porque era un cuchillo ¿verdad? Stevie no pudo apartar los ojos de él hasta que desapareció tras las casas que hacían esquina.
Entonces, por fin, por fin, su cuerpo pareció responder de nuevo.
Llevó las manos al pestillo de la ventana y la abrió de golpe.
—¡Agente Dean! —lo llamó, con la voz rota.
La puerta del coche patrulla se abrió de par en par y el agente Dean se apresuró a bajarse del vehículo de un salto, acercándose a la carrera a su ventana, y observándola claramente preocupado.
—Stevie, ¿qué pasa?
—Un hombre… ¡Había un hombre!
—¿Un hombre?
—Estaba vigilando la casa. —La voz se le quedó atorada en la garganta—. Creo que tenía un cuchillo.
—¿Cuándo?
—¡Justo ahora!
El agente Dean la observó con los ojos como platos.
—¿Estás segura?
¿Estaba segura? No pudo evitar cabrearse por esa estúpida pregunta.
—Sí, estoy segura. Ha desaparecido hace un momento tras esas casas.
Pero ya era demasiado tarde. Había tardado demasiado en reaccionar. A esas alturas, el hombre ya habría desaparecido. Habría desaparecido y todo era culpa suya.
El agente Dean se volvió hacia el final de la calle, y después de vuelta hacia ella, y entonces se giró y salió corriendo hacia donde le había indicado, con los brazos balanceándose a los costados.
Stevie no le quitó los ojos de encima mientras él bajaba la calle a la carrera y desaparecía tras las casas unos segundos después.
A Stevie la cabeza le daba vueltas. ¿Y si el hombre no se había marchado?
¿Y si seguía allí? Esperando, listo para atacar.
¿El agente Dean podría defenderse si lo atacaban?
Tenía una pistola, pero… ¿y si lo tomaban por sorpresa?
¿Y si le clavaba el cuchillo en el cuello antes de que pudiese echar mano a su arma?
A Stevie se le formó un nudo en la garganta.
Intentó quitarse esa imagen de la cabeza. ¿Sería culpa suya si le pasaba algo?
Se mordió el labio inferior. No. Él solo estaba haciendo su trabajo.
Era agente de policía. O, bueno, estaba a punto de serlo.
No estaría allí si Jimmy no pensase que estaba listo.
Pero ¿el agente Dean estaba listo para aquello?
¿En serio lo habían dejado salir solo? Debería haber estado vigilando la casa.
¿Cómo era posible que no hubiese visto al hombre? Dios…, si ese hombre seguía allí…
Stevie clavó la mirada al final de la calle, sin atreverse siquiera a tomar aliento, y aguardó. Estaba segura de que el agente Dean regresaría pronto.
Pronto.
Se asomó un poco más por la ventana. Y prestó atención a cualquier ruido. Pero la calle estaba sumida en el más profundo silencio.