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Stevie apoyó la cabeza contra la ventanilla del coche patrulla del tío Jimmy mientras su madre lloraba intentando no hacer ruido en el asiento de atrás.
El cristal estaba frío y resultaba agradable contra la piel de Stevie.
Parpadeó con fuerza, todavía con cientos de motas negras surcándole la visión por culpa de los flashes de las cámaras.
La ruta que Jimmy había escogido para sacarlos del estadio por la parte de atrás para evitar a la prensa no había funcionado.
Habían tenido que abrirse paso a empujones a través de una marea de lentes, micrófonos y cuerpos, y toda una muralla de preguntas distintas, solo para llegar hasta el coche.
Frank había incluso llegado a perder la paciencia en un momento dado y había empujado a un hombre, le había quitado la cámara de las manos para lanzarla contra el suelo y después había intentado romperle también el micrófono estampándoselo contra la rodilla.
Cuando se había dado cuenta de que no iba a poder romperlo, lo había lanzado lejos, como si fuese una especie de jabalina con la punta peluda.
En ese momento, estaba sentado en el asiento trasero, rodeando a su mujer con un brazo, con la mirada clavada al frente, aunque completamente perdida.
Nadie dijo nada mientras la ciudad pasaba a su alrededor, formando un torbellino de luces y recuerdos.
Ahí estaba la tienda de mascotas donde Blair, cuando tenía ocho años, se había echado a llorar de felicidad cuando ella y Stevie habían elegido un par de gatitos azules rusos para llevarse a casa con ellas.
Blair los había bautizado con los nombres de dos de sus cantantes favoritas: Dolly Purrton y Catsy Cline; a Stevie le había parecido bien porque sabía que su sugerencia de llamar a uno Bigotes era bastante aburrida.
Ahí estaba el parque de los fundadores, donde Stevie y Blair solían pasarse el rato sentadas en los columpios, hablando sobre cómo crearían una banda de chicas, mientras Stevie daba vueltas en su columpio tratando de hacerlo girar del todo.
Ahí estaba la piscina donde Blair se había dedicado a inventarse coreografías en el agua, dando instrucciones sin parar que Stevie ignoraba descaradamente y Mia se dedicaba a seguir a rajatabla porque Blair siempre usaba la baza de «tengo cinco años más que tú y soy tu tía».
Ahí estaba el Wes’s Diner, con su toldo descolorido por el sol, donde Blair le había dado a Josh Wright un rodillazo en la entrepierna después de que él se dedicase a ir diciendo por ahí que Stevie besaba fatal.
Lo que era una estrepitosa mentira. Porque Stevie besaba de maravilla.
En ese momento, no pudo evitar acordarse del agente Dean diciendo que era una pena que ya no conociese a Blair.
Pero sí que había habido un tiempo en que había conocido a su hermana.
En que la había conocido de verdad. Y Stevie había pensado que siempre la conocería.
Cuando Blair había empezado a despegar hacia el estrellato y a tener éxito, le había prometido a Stevie que su relación con ella no cambiaría, que seguirían siendo la persona favorita del mundo de la otra.
Pero, en algún momento, sus vidas se habían vuelto demasiado distintas.
Blair ya no solo era la persona favorita de Stevie, lo era de muchas otras personas más.
Si Stevie era sincera consigo misma, nunca la había llegado a perdonar por romper su promesa.
Y Blair siempre estaba enfadada porque Stevie no comprendiese por qué estaba pasando, el precio que tenía la fama y esa clase de cosas.
Las peleas y discusiones que solían tener cuando eran pequeñas estaban llenas de rabia y gritos, cargadas de emoción, y siempre tenían un motivo claro detrás, uno que se echaban gustosamente en cara una y otra vez.
Se decían las peores cosas que se les ocurrían, tratando de tocarle la fibra sensible a la otra y de romperle el corazón como solo podía rompérselo una hermana.
Pero siempre eran sinceras la una con la otra, y siempre acababan encontrando la manera de perdonarse.
Las peleas que habían venido después, cuando ya eran más grandes, se solía cocer a fuego lento, cargándose poco a poco de rabia, porque había cosas que se dejaban sin decir, porque siempre creían que la otra debería haber sabido qué era lo que estaba pasando y disculparse primero.
A pesar de la distancia, a pesar de ya no conocerse la una a la o tra.
Blair había esperado que Stevie la perdonase por lo que le había hecho a Hal, incluso aunque nunca llegase a darle una explicación de por qué lo había vendido de ese modo.
Blair nunca explicaba por qué hacía lo que hacía.
Y Stevie no tenía forma de saber aquello que desconocía.
Habría dado cualquier cosa por poder hablar con su hermana en ese momento, por hablar de verdad, como cuando eran pequeñas. Y no podía aceptar que ya jamás tendría la oportunidad de hacerlo.
Stevie debería haberla llamado. Debería haberlo intentado, haber insistido más. ¿Por qué no lo había hecho?
«Cuanto más sepamos sobre Blair y sobre por lo que estaba pasando, más oportunidades tendremos de encontrar a su asesino».
Aquellas palabras se repitieron en su cabeza una y otra vez. ¿Y si en realidad no era demasiado tarde? ¿Y si descubría en quién se había convertido su hermana?
Se sentó un poco más erguida en su asiento, con la mirada clavada en la ventana.
Cuando Mia había desaparecido, había sido la falta de respuestas lo que la había consumido.
El dolor de no saber era uno que se negaba a adoptar una forma en concreto, un dolor que no podía alcanzar o analizar.
Y, sin embargo, lo había sentido por todas partes; en cada célula de su cuerpo, en cada aliento.
Siempre estaba presente. Era insalvable.
Stevie no podía permitirse volver a pasar por todo ese dolor, otra vez no. Y tampoco podía ver a su familia pasar por él.
Tenía que hallar la forma de reconectar con su hermana.
No podía seguir adelante sin respuestas.
Por eso iba a encontrar al asesino de Blair .