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Porque eso era lo que había ocurrido, ¿verdad? Blair estaba muerta. Su hermana estaba muerta.
—¡Stevie!
Una voz la sacó de su ensimismamiento, devolviéndola al presente.
—¡Stevie, por aquí! —Un agente de policía se estaba abriendo paso hacia ellas. Y Stevie pudo ver su rostro con claridad en medio de aquel océano de caras borrosas.
—¿Tío Jimmy? —La determinación de Stevie vaciló por un momento, tanto que tuvo que valerse de todas sus fuerzas para no echarse a llorar en ese mismo instante. Tragó con fuerza y luchó por recuperar la voz—. Mamá, mira, es el tío Jimmy.
Marnie le tomó de las manos de inmediato.
—¡Ay, Jimmy! ¡Creo que ha ocurrido algo horrible!
—Me acaban de llamar justo por eso. Y he venido tan rápido como he podido. —Su mirada se deslizó de Marnie a Stevie, como si estuviese evaluándolas—. ¿Qué es lo que sabéis?
El paramédico negando con la cabeza… Stevie no lograba quitarse esa imagen de la cabeza, pero no tenía fuerzas para admitirlo. No delante de su madre.
—Solo que ha habido una emergencia médica.
Su tío asintió. Por cómo las estaba mirando, Stevie se dio cuenta de que él sí que sabía algo más.
—¿Frank está con vosotras?
—Papá ha ido a ver qué pasaba.
Jimmy resopló con fuerza y negó con la cabeza.
—No es capaz de dejar de comportarse como un poli, ¿eh?
Vamos a llevaros a las dos a algún lugar un poco más privado y después iré a ver qué es lo que está pasando.
—Las guio a través de una puerta con la palabra «Camerinos» escrita en un cartel.
Entonces la radio que llevaba a la cadera se puso a zumbar, y se oyó una voz crepitante decir: «Unidad cuarenta y seis, acuda al estadio del instituto Honeyville.
La víctima es una mujer de veinte años. Se acaba de confirmar su fa… ».
Jimmy la apagó antes de que la voz pudiese anunciar lo que Stevie ya había supuesto. Pero no podía creerlo, se negaba a creer que fuese cierto.
El hombre abrió la puerta, echó un vistazo a su alrededor y respiró hondo, claramente satisfecho.
—Aquí. El agente Dean se quedará con vosotras. Yo volveré a buscaros en cuanto pueda.
Stevie frunció el ceño.
—¿El agente qué?
El joven agente de policía que los había seguido sin decir ni una sola palabra se acercó entonces a ellas.
—El agente Dean —se presentó, con un asentimiento de cabeza.
Stevie apenas le prestó atención a su nombre.
Lo observó de arriba abajo, pero sin fijarse realmente en él; no era más que un chico de hombros anchos con un uniforme de policía bien planchado, el cabello castaño cortado al ras a los lados y un poco más largo por arriba, y con un rostro afilado pero dulce a la vez.
—Descubre qué es lo que está pasando —le pidió Marnie a Jimmy, agarrándolo con fuerza de la mano y observándolo con urgencia—. Y después vuelve y dime que mi niña está bien, ¿me has oído?
El tío Jimmy no pudo mirarla a los ojos siquiera.
—Volveré tan pronto como pueda.
La puerta se cerró a su espalda y entonces la estancia se sumió en el más profundo silencio. Stevie permaneció allí de pie, tratando de encontrarle algo de sentido a aquella situación.
Las paredes del camerino estaban llenas de pósteres de Blair.
Su rostro sonriente los observaba desde todas partes.
Y ahí estaba esa maldita lengua de nuevo.
Era horrible, eso de tener que quedarse allí, esperando a recibir noticias de su hermana, mientras la susodicha la observaba desde la pared, guiñando un ojo, sonriendo y riéndose de ellos.
Había d emasiadas Blair. Pero ¿dónde estaba su Blair?
Tenía que estar bien. Seguro que ese paramédico se había equivocado.
Seguro que no había sido más que un malentendido.
Blair no estaba muerta. No podía estar muerta.
Su hermana no. Su Blair no. El corazón le latía acelerado en el pecho y le costaba respirar.
La cabeza le daba vueltas y se le revolvió el estómago.
Había habido demasiada sangre. Se le escapó un sollozo de entre los labios.
—No —le advirtió Marnie, enfadada—. Seguro que está bien.
Stevie asintió y trató de recomponerse, deseando poder creerla.
Marnie se tambaleó y alargó una mano hacia la pared.
Stevie se apresuró a agarrarla.
—Deberías sentarte.
—No quiero hablar —dijo Marnie—. No hasta que me digan que Blair está bien. No puedo hacerlo.
Stevie llevó a su madre hasta uno de los enormes sofás rosas en forma de labios.
Marnie se sentó bien erguida, dándole vueltas a su alianza una y otra vez.
Parecía diminuta sentada sobre aquella boca rosa gigante.
Era bajita, igual que Stevie, pero por lo general solía parecer bastante más alta de lo que era.
Probablemente por cómo caminaba, por cómo su mera presencia siempre parecía ser capaz de llenar cualquier estancia, relegando a los demás a un rincón oscuro.
Pero en ese momento no.
El canario resplandeciente hacía tiempo que había desaparecido, y Marnie aguardó, con el rostro ceniciento y la mirada clavada en la puerta, a recibir noticias de su hija.
Había tanta esperanza en su mirada que Stevie no pudo seguir observándola ni un segundo más, porque sabía que esa puerta volvería a abrirse y, cuando lo hiciese, la verdad atravesaría aquel umbral y les rompería el corazón.
No. No. No. Blair no estaba muerta. El tío Jimmy iba a volver y les iba a decir que Blair estaba bien.
Stevie se puso de pie y comenzó a recorrer la estancia como un animal enjaulado.
No sabía qué otra cosa hacer. Las luces halógenas brillaban demasiado.
Allí hacía demasiado calor. Abrió una lata de Coca-Cola Light.
Pero la dejó sobre la mesa sin darle ni un solo trago.
Se sentó en el sofá, dando golpecitos en el suelo.
Conocía perfectamente aquella sensación de inquietud.
La misma que venía de no saber qué era lo que estaba ocurriendo.
Había tenido esa misma sensación hacía más de un a ño, después de que Mia desapareciese.
La había llevado a estar constantemente nerviosa, incapaz de centrarse en nada, e incluso a algo mucho peor.
Hasta el punto de que no parecía ser capaz de apagar su propio cerebro, y había empezado a preguntarse si ella también iría a desaparecer.
—Va a estar bien —repuso Marnie con fiereza, con la mirada todavía clavada en la puerta—. Blair va a estar bien.
Stevie tragó con fuerza, pero no pudo responder.
Se levantó de nuevo. Recorrió otra vez la estancia de un lado a otro.
Se mordió las uñas. Se detuvo cuando vio al agente Dean sentado en el otro sofá en forma de labios, observándola con solemnidad, con un brillo compasivo en la mirada.
Stevie se había olvidado por completo de que él también estaba allí.
En ese momento, no pudo evitar sentirse enfadada por ello.
—¿Y tú cuántos años tienes?
—Veintiuno, señorita.
Tan solo era tres años mayor que ella, por lo que debía de haber asumido el cargo de agente de policía hacía poco tiempo.
¿Cómo se suponía que iba a serles de alguna ayuda?
Estaba ridículo en ese momento, sentado sobre esos labios gigantes.
¿Y encima acababa de llamarla «señorita»?
Aquello era una tontería. Nada de eso debería estar pasando.
—Estoy seguro de que el jefe Baker regresará pronto con noticias —dijo, lanzando una mirada esperanzada hacia la puerta.
—Con buenas noticias —dijo Marnie—. Volverá con buenas noticias.
El agente Dean abrió la boca. La volvió a cerrar. Respiró con fuerza. Y acabó asintiendo con la cabeza, aunque poco convencido. Pareció sentirse aliviado cuando oyeron una serie de voces que provenían del exterior.