Famosa hasta la muerte 1 #4
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Para cuando los teloneros se marcharon, Gunner Trip todavía no había aparecido. Marnie tan solo dejó de suspirar decepcionada cuando se apagaron las luces y el estadio se sumió en la más profunda oscuridad.

Entonces aparecieron dos rostros en la pantalla grande bajo la frase: «Para honrar a aquellos que hemos perdido».

Stevie contuvo el aliento tan rápido que casi se ahoga con ello, y un denso silencio se apoderó del estadio.

Aaron Taylor y Mia.

¿Qué narices estaba pasando?

Aaron salía con expresión seria, y llevaba puesta la chaqueta del equipo del East Side.

Tenía el cabello rubio oscuro cortado al ras a los lados, pero ligeramente más largo y despeinado por arriba.

Su rostro anguloso, casi severo, y sus ojos verdes miraban fijo a la multitud.

Stevie no había llegado a conocerlo, aunque sí que había coincidido con sus padres de acogida, Marvin y Gloria Thompson, en un par de ocasiones en el centro comunitario, cuando había ido con su padre.

Aaron era un chico bastante apuesto, pero tenía una mirada triste.

Al contrario que él, la sonrisa de Mia lo iluminaba todo.

Esa foto la había sacado Hal durante unas vacaciones familiares, el verano antes de que cumpliera los doce.

Justo antes de tomarla había soltado algo cursi como: «Acaba de llamarme el sol, dice que lo estás dejando ciego», y su sonrisa tan solo se había ensanchado incluso más, como si eso fuese justo lo que quisiese.

Llevaba puesto un vestido blanco y la pulsera de colgantes que nunca se quitaba.

Tenía el cabello, rubio como la arena, recogido en una coleta alta, y su tez, normalmente pálida, había adoptado un ligero bronceado.

Aquella era una foto privada y familiar, una que Stevie pensaba que nunca se había llegado a hacer pública de ninguna manera.

La voz de Blair resonó con fuerza a través de los altavoces.

—Honeyville ha sufrido dos tragedias horribles. Hoy, como comunidad, llevamos a Aaron y a Mia en nuestros corazones más que nunca.

Stevie se volvió hacia su madre.

—¿Tú sabías que iba a hacer esto? —le preguntó en un susurro.

Marnie, con los ojos anegados de lágrimas, negó con la cabeza.

Stevie se volvió entonces hacia su padre, que también parecía sorprendido.

—Estoy seguro de que tu hermana solo estaba tratando de hacer algo bueno…

¿Algo bueno? Estaba aprovechándose del dolor de la ciudad en su propio beneficio.

Menos mal que Hal había decidido no venir.

Entonces comenzaron los fuegos artificiales, que salieron disparados hacia el cielo nocturno y explotaron formando una serie de figuras rojas y amarillas, los colores del instituto de Honeyville. La multitud soltó gritos asombrados y después una voz resonó por las gradas.

Pero Stevie no era capaz de procesar lo que estaba pasando, porque no podía olvidar lo que acababa de presenciar.

Blair debería haberlos advertido de lo que pensaba hacer. Debería habérselo preguntado.

El último cohete explotó con un estruendo dramático. Entonces el estadio guardó silencio, con la anticipación electrizando el ambiente.

—¡HE VUELTO, CAbrONES! —La voz de Blair reverberó con fuerza a través de la multitud.

—Tu hermana, siempre tan educada —le dijo Frank a Stevie, tratando de aligerar un poco el ambiente.

Se oyeron gritos y vítores. Todo el mundo se puso en pie. El humo surcó el escenario. Los focos parpadearon. Entonces el rasgueo de una guitarra eléctrica llenó el estadio, tan fuerte que Stevie sintió cómo su pecho retumbaba con el sonido que surgía a través de los enormes altavoces.

Más gritos, ahora casi rozando la histeria.

—¡HE VU-VU-VUELTO A CASA! —repitió la voz de Blair.

Las luces parpadearon más rápido y entonces una plataforma se alzó entre el humo.

Tumbada encima, con las piernas bronceadas colgando por el borde, estaba su hermana. Llevaba puesto el mismo atuendo que en el cartel publicitario, salvo que tenía el gorro tirado a un lado, y las luces de los focos se reflejaban sobre las piedras falsas que este tenía incrustadas.

Stevie intentó olvidarse del rostro de Mia, dejarlo atrás y disfrutar del concierto. Los gritos de la multitud se intensificaron al tiempo que la plataforma seguía subiendo.

El corazón comenzó a latirle acelerado. Blair sí que sabía cómo hacer una buena entrada.

—Espero que esté bien atada a esa cosa —comentó Marnie, con una mueca preocupada—. Esa plataforma está muy alta.

La guitarra volvió a sonar. La multitud se puso a vitorear al reconocer la canción que iba a abrir el espectáculo.

Stevie sonrió de oreja a oreja. Blair iba a empezar con «Broken Roots and Burnt Bridges».

Marnie se puso en tensión a su lado. Un grupo de fans que estaban en la pista se tomaron de las manos y se pusieron a saltar, gritando sin parar.

Había varias chicas entre la multitud que incluso se habían echado a llorar.

—¡Te quiero, Blair! —gritó una, como si el quererla fuese de lo más sencillo.

Todos tenían sus teléfonos en alto, listos para grabar la primera actuación de la nueva gira de Blair.

La guitarra volvió a sonar, empezando a tocar los primeros acordes de la canción. Los gritos cesaron, acallándose para dejar que Blair comenzase a cantar el primer verso.

—Cuatro álbumes, más de ochenta canciones escritas y va y elige esta —murmuró Marnie.

—Es la favorita de sus fans, mamá —repuso Stevie.

—¿Por qué no podía cantar la que habla sobre su primer amor? Esa es preciosa.

Se oyó un fuerte «shhh» que provenía de detrás de ellos. Stevie se giró y vio a Todd Richards, fulminándolos con la mirada, claramente furioso.

Marnie se dio la vuelta, lo saludó con una mano y sonrió.

—¿Quién se cree que es, mandándome callar en el concierto de mi propia hija? ¡Menuda cara tiene! —murmuró, enfadada.

Pero se calló poco después, lista para oír cantar a Blair. Pero cuando la banda comenzó a tocar el primer verso, nadie cantó la letra.

—¿No suele empezar a cantar aquí? —preguntó Marnie.

—Normalmente sí —repuso Stevie—. Seguro que solo lo está haciendo para crear expectación.

La guitarrista principal volvió a tocar los acordes del primer verso por segunda vez, y fue como si todo el estadio se inclinase hacia delante, expectante, listo para oír a Blair cantar: «Una reina en su propio reino, con una botella en la mano», pero a los acordes tan solo les siguió de nuevo el silencio.

—¿Y si no le funciona el micrófono? —dijo Marnie, dándole un codazo a Stevie en el costado—. Ve a buscar a alguien y dile que tal vez tenga el micro roto.

—Estoy segura de que tiene un enorme equipo técnico a sus espaldas que ya se habrá encargado de comprobar que el micro funcione, mamá. Solo lo está haciendo para crear expectación.

—Bueno, pues ojalá se dejase de tonterías —repuso Marnie.

—Está muy quieta ahí arriba, ¿creéis que está bien? —dijo Frank.

—Seguro que está genial. Solo es Blair siendo Blair, disfrutando del momento —respondió Stevie, pero le pareció ver un destello confuso en los rostros de los miembros de la banda, antes de que volviesen a empezar a tocar la canción.

Los acordes del primer verso retumbaron por tercera vez en el interior del estadio, esta vez con la guitarra resonando mucho más alto que antes, con más urgencia, como si la guitarrista se estuviese hartando de esperar.

Stevie no la culpaba por ello. Marnie tenía razón, Blair debería dejarse de tonterías y ponerse a cantar.

Pero, de nuevo, tan solo hubo silencio.

Una serie de murmullos se extendieron por todo el estadio, y la banda volvió a empezar la canción por cuarta vez.

Stan, el meteorólogo, batió su petaca en el aire y gritó:

—¡Ponte a cantar de una vez!

Marnie se volvió hacia él como un resorte y le ladró:

—¡Solo lo está haciendo para crear expectación, pedazo de idiota!

Stevie observó el escenario con la cabeza ladeada. Frank tenía razón, Blair estaba inusualmente quieta. Tuvo un mal presentimiento.

Algo iba mal. Terriblemente mal.

Todo el estadio pareció contener el aliento cuando estaba a punto de llegar el momento de la canción en el que Blair debía empezar a cantar.

Seguro que esa vez lo hacía.

Solo cuando alguien gritó Stevie se fijó en la sangre .