1 #2
Tenía dieciocho años y le estaba hablando como si fuese una cría de parvulitos.
Stevie bajó la mirada hacia el micrófono por un momento, solo para volver a subirla hacia Hilton un segundo después.
— Yo soy Stevie —respondió, con voz deliberadamente alegre, un tono que no encajaba en absoluto con su ceño fruncido.
—¡La hermana! —Hilton alzó los brazos—. ¡Pues claro!
—Sip, la hermana.
No una persona por derecho propio, ni nada por el estilo.
—¡No te había reconocido! —Hilton negó con la cabeza y soltó una sonora carcajada—. ¡Es extraordinario lo poco que te pareces a Blair!
Se lo solían decir bastante a menudo. Blair medía un metro ochenta, era delgada y rubia. Stevie rozaba tan solo el metro sesenta, tenía la espalda ancha como si se pasase casi todo el día en el gimnasio y el cabello oscuro.
Pero tenían los mismos ojos azules intensos.
—Debes de estar superemocionada por haber venido al primer concierto de la nueva gira de Blair. ¡Y encima en su antiguo instituto, en su ciudad!
Marnie asintió con entusiasmo, quizás con demasiado entusiasmo, pensó Stevie.
—Estamos muy muy emocionados, al igual que todos en Honeyville. Toda la ciudad lleva hablando de este concierto desde hace meses. Estamos increíblemente orgullosos de ella.
«Orgullosa» no entraba exactamente entre los adjetivos que Marnie había usado para describir lo que sentía por su hija la última vez que Blair los había honrado con su presencia.
Exasperante, agotadora, caótica… Las visitas de Blair siempre auguraban días llenos de llantos, berrinches y dramas familiares.
Era cierto lo que la gente decía de que la fama cambia a las personas.
Pero la fama no solo había cambiado a Blair; también se las había robado.
Así que, sí, Marnie tenía razón; todos estaban orgullosos de Blair. Pero su orgullo se veía empañado por una neblina de tristeza.
—¡Es maravilloso poder verla actuar después de otro de sus parones!
Hilton enfatizó la palabra «otro» de una forma de lo más molesta.
Hacía seis meses, Blair había tenido que acabar «ingresada en una clínica».
La versión oficial, la que Marnie había intentado tragarse a la desesperada, era que estaba en un balneario para descansar y relajarse durante una temporada, pero corría el rumor de que en realidad había acabado otra vez en un centro de desintoxicación.
Hilton bajó un poco la voz antes de seguir hablando.
—Aunque imagino que ha debido de ser una época difícil, ¿verdad? —La sonrisa de Hilton se vio reemplazada por una expresión preocupada y cargada de interés—. ¿Es que las relaciones familiares se han… vuelto un tanto complicadas?
Stevie observó a su padre y a su madre. ¿Cómo se suponía que iban a salir de esta? Prácticamente pegó un salto cuando Marnie soltó una carcajada bien alta y forzada.
—¿Qué clase de familia no tiene algún que otro pequeño desacuerdo de vez en cuando? Pero estamos bien. Perfectos. ¡Mejor que bien incluso!
Aquella no fue su mejor actuación, desde luego.
—Me alegro de oír eso. —Estaba claro que Hilton no se creyó ni una sola palabra—. Entonces, ¿Hal también va a venir al concierto? —Echó un vistazo a su alrededor como si quisiese decir: «Porque no le veo».
—¡Pues claro! —exclamó Marnie, alzando la voz. Pero después carraspeó con fuerza para bajar un poco el tono—. ¡No se lo perdería por nada del mundo!
Eso no era exactamente lo que el medio hermano de Stevie había dicho.
—Lo siento, Hilton, pero tenemos que irnos ya —dijo Frank, al tiempo que dejaba caer una mano sobre la espalda de Marnie, listo para alejarla de allí cuanto antes.
Siempre el bueno de Frank. Era un experto en cómo guiar a la madre de Stevie ante cualquier situación.
Frank había evitado que diese más de un espectáculo, incluyendo el momento en el que Marnie se había enfrentado al orientador escolar de Stevie en el pasillo de artículos de temporada de Target.
El señor Hassell no se había dado cuenta de lo cerca que había estado de acabar con una calabaza decorativa de sombrero.
—Creo que esa de allí es Bex Lyons —continuó diciendo Frank—. Se supone que debemos reunirnos con ella para que nos lleve a nuestros asientos.
—¡Ah, sí! —exclamó Marnie, volviéndose hacia su vía de escape—. ¡Esa es la señora Lyons! ¡Señora Lyons!
Bex era la asistente del representante de Blair.
Al menos, eso creía Steve. Era posible que también fuese su guardaespaldas.
Era una mujer bajita y robusta, de piel pálida y con el cabello cortado al ras, y desprendía un aura de «ni se te ocurra meterte conmigo».
Y en ese momento los estaba observando atentamente desde detrás de los cristales tintados de sus gafas de sol, con una expresión pétrea, sin inmutarse por la mujer ataviada con un traje amarillo pollo que la estaba llamando a gritos.
—¡Tenemos que irnos! —Marnie se alejó de allí a toda prisa, dejando a Hilton y su micrófono atrás.
—¿Hal va a venir, papá? —le preguntó Stevie cuando su padre y ella fueron tras su madre.
—No lo sé. Antes me ha parecido ver su camioneta en el aparcamiento, pero supongo que quizás me lo he imaginado —repuso—. Tu madre intentó convencerlo de que viniese. Pero él dijo que era demasiado mayor como para ir de concierto.
Stevie enarcó las cejas. Hal tan solo tenía treinta y tres años, así que los dos sabían que en realidad eso no era más que una excusa. La verdad era que Hal no había llegado a perdonar a Blair del todo por la historia que había filtrado a la prensa hacía unos años sobre él.
—Puede que Annie lo haya convencido. Dijo que, aunque Hal se negase a venir, a ella sí que le apetecía ver el concierto —comentó Frank.
Hal no iba a aparecer. No después de la desastrosa cena de bienvenida para Blair que se suponía que debían haber celebrado la noche anterior.
Cuando en lugar de Blair había llegado un enorme ramo de flores con un mensaje en el que decía que no iba a poder ir a la cena porque tenía mucho trabajo que hacer, Hal se había enfadado muchísimo.
Annie había intentado calmarlo, pero ni siquiera su influencia como su esposa, que normalmente hacía maravillas, había funcionado.
Stevie comprendía a la perfección por qué había reaccionado así: Hal había ido a la cena, listo para arreglar las cosas con Blair de una vez por todas, y le había dolido que ella ni siquiera se hubiese molestado en aparecer para disculparse en persona.
Blair le había mandado después un mensaje a Stevie, el primero que le había enviado en los últimos cuatro meses, según su teléfono, y estaba claro que lo había hecho solo para que ella se encargase de calmar los ánimos.
Por favor, no me odies. Diles a todos que lo siento. Pero esto es muy muy importante. Todavía no puedo explicártelo, pero créeme, tengo un buen motivo.
La misma excusa dramática y probablemente mentira de siempre. «Tengo un muy buen motivo, pero ahora mismo no se me ocurre cuál, así que acepta esta retahíla de palabras sin sentido como disculpa».
Stevie le había respondido con un simple:
Claro. No hay problema.
No le veía sentido a pedirle más explicaciones.
—Señor y señora Baker… —Bex se bajó las gafas de sol, aunque solo un poco, y se volvió hacia Stevie—. ¿Y tú eres la hermana ?
De nuevo el mismo tono sorprendido, y eso que Bex ya había coincidido en al menos un par de ocasiones con Stevie. Aunque supuso que había pasado mucho tiempo desde entonces.
La música comenzó a sonar desde el interior del estadio. Los teloneros, Dime a Dozen, ya habían empezado a tocar. Un murmullo de impaciencia recorrió la multitud de gente que todavía estaba esperando para entrar.
—¿Tenéis vuestros pases? —les ladró Bex.
Stevie se estremeció.
Vaya. Bex Lyons era realmente encantadora.
Marnie rebuscó a toda prisa en el interior de su bolso, tendiéndole a Stevie un enorme bote de laca para el pelo, un puñado de tickets y un sándwich de pavo envuelto en film transparente antes de sacar los tres pases VIP con un grito triunfal.
—¡Tachán!
Bex permaneció impasible.
—Si no os importa, ponéroslos para que pueda acompañaros a través del control y llevaros hasta vuestros asientos.
La mujer los guio hasta el principio de la cola, donde un guardia de seguridad estaba observándolo todo con indiferencia, mientras una fan emocionada de Blair Baker le suplicaba que la dejasen pasar al backstage .
—¡Por Dios! ¿Esa chica solo lleva puesto un bañador? —preguntó Marnie en un susurro, aunque lo bastante alto como para que cualquiera que se encontrase a menos de diez metros a la redonda pudiese oírla perfectamente.
Estaba claro que la chica llevaba un atuendo de lo más arriesgado. Un bañador de cuerpo entero morado, con una serie de flecos colgándole del pecho y los brazos, y unas botas vaqueras a juego.
Stevie conocía a esa chica, era Colby Green, con su cabello rubio e impecable y demasiadas capas de brillo sobre los labios.
Hacía tan solo un par de años, Colby se había trasladado del instituto East Side al Honeyville justo a mitad del primer curso.
Cuando Colby había descubierto que estaba en la misma clase que la hermana de Blair Baker, se había pasado todo el semestre persiguiéndola de un lado a otro.
Stevie había intentado evitarla por todos los medios, pero cuando un día Colby la había acosado mientras estaba en el baño durante el almuerzo, Stevie había decidido que ya había tenido suficiente.
Justo mientras estaba meando no era el mejor momento como para ponerse a hablar sobre si Blair estaría dispuesta a hacer un directo con Colby para su página de fans de Blair Baker.
Stevie le había dicho que la dejase en paz de una vez o se encargaría personalmente de que no pudiese volver a pisar ni un solo concierto de Blair en toda su vida.
Colby no la había vuelto a molestar después de aquello.
Aunque esta vez no parecía que fuese a rendirse tan fácilmente. Los flecos que decoraban su bodi se agitaban con violencia mientras sacudía el teléfono móvil frente al rostro del guardia de seguridad.