Famosa hasta la muerte
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S tevie Baker aparcó frente al estadio de fútbol americano de su instituto y se volvió hacia su hermana, para observar sus seis metros de altura.
Tan solo había pasado un año desde la última vez que había visto a Blair, y ahí estaba ahora, cerniéndose sobre ella.
Era una giganta preciosa y bidimensional.
Probablemente esa valla publicitaria de la chica rubia, ganadora de un Grammy, estrella internacional con discos de platino, se podía ver desde el otro lado de la ciudad.
Blair, lo más destacable que había salido de Honeyville desde…
, bueno…, la miel, iba vestida con el uniforme de la banda del instituto de Honeyville, aunque con una versión mucho más llamativa, con unas botas altas y un sombrero de estilo militar con incrustaciones de pedrería que se elevaba bien alto sobre su cabeza.
Las palabras «Gira Homecoming» refulgían a su alrededor, imitando a un cartel de neón.
Tenía la boca abierta, con la lengua rosa asomando de entre sus brillantes labios rojos.
Todo gritaba Blair, miraras donde mirases. El padre de Stevie, Frank Baker, le dejó caer la mano en el hombro con fuerza y le dio una enérgica sacudida.
—Esto es increíble, ¿verdad, Osita?
Sí que era increíble, en todos los sentidos de la palabra.
Hacía cinco años, justo antes de que cumpliese los dieciséis, Blair y su guitarra habían salido al escenario de America’s Next Icon y se habían catapultado desde la oscuridad, es decir, desde Honeyville, hasta el estrellato a nivel nacional.
El empezar esta nueva gira, tan relacionada con su época en el instituto, en su ciudad natal era una clara estrategia publicitaria, pensó Stevie, pero una bastante buena.
Blair estaba a punto de cumplir veintiuno, de convertirse en adulta, y este concierto iba a ser su fiesta de celebración.
Una que iba a durar tres días, desde el 1 hasta el 3 de junio.
Todo el mundo estaba invitado, si es que estaban dispuestos a pagar el precio de la entrada, claro está.
Frank le dio un suave apretón en el hombro a Stevie.
—A Mia le habría encantado todo esto.
Stevie tuvo que tragarse la repentina oleada de emoción que la sobrecogió.
—Sí, le habría encantado.
Justo en ese mismo instante, Marnie Baker se acercó a ellos y levantó las manos con una manicura perfecta por el aire, en un gesto hastiado.
—Siempre con la lengüecita fuera. ¿Es que no puede sonreír y ya? Blair tiene una sonrisa preciosa. ¿Quién narices quiere verle la lengua?
—Lo de salir sacando la lengua es su sello de identidad, mamá —repuso Stevie.
Aunque era normal que a su madre le molestase. A Stevie tampoco le gustaba tener que ver siempre a su hermana sacando la lengua. Y mucho menos en ese momento, cuando su enorme cabeza se cernía sobre ella, con una lengua mucho más grande que un flotador.
Un grupo de chicas de primero pasó correteando junto a ellos, gritando emocionadas mientras se apresuraban para unirse a una fila de fans que no hacía más que crecer y que estaban esperando para pasar por los tornos de acceso al estadio.
Todas llevaban más o menos el mismo atuendo: faldas de lentejuelas, botas vaqueras, los brazos llenos de pulseras de la amistad y purpurina por todas partes.
Un huevo de purpurina. Una incluso había traído un altavoz y, tras unos cuantos grititos emocionados, habían empezado a cantar una de las canciones más famosas de Blair: «Broken Roots and Burnt Bridges».
Frank abrió los ojos como platos, preocupado.
A Marnie no le gustaba demasiado esa canción, por mucho éxito que hubiese tenido.
De hecho, en la casa de los Baker se había prohibido explícitamente cualquier reproducción o mención a dicha canción, porque hablaba sobre una madre sobreprotectora y borracha.
Aunque era cierto que Marnie no le hacía ascos a una copa de vino o a un margarita de vez en cuando, tampoco se podía decir que fuese una alcohólica.
Al menos, no era ninguna borracha que disfrutase gritándole a los gatos desde el porche de su casa, tal y como sugería la canción.
Blair había recalcado por activa y por pasiva que la canción trataba de una madre ficticia, pero aun así Marnie se había sentido ofendida.
Y justo por eso a Stevie le gustaba ponerla a todo volumen en los altavoces de su cuarto cada vez que ella y Marnie discutían.
Lo que, últimamente, ocurría bastante a menudo.
Marnie abrió su polvera como si nada y se retocó el flequillo con un peine.
—Frank, ¿dónde está la entrada VIP? —Y después, antes de que su padre pudiese responder, añadió—: Deberías haber dejado que Blair mandase un coche a recogernos, Frank.
¿Por qué no la has dejado mandarnos un coche?
—Para después añadir—: ¿Este traje me queda bien?
¿Debería haberme puesto el azul? Debería haberme puesto el azul.
¿Por qué no me has dicho que me pusiese el azul?
Frank no parecía muy seguro de a qué pregunta debía responder primero, pero alguien que los llamó a gritos acabó salvándole.
—¿Señor y señora Baker?
Era Hilton Moore, uno de los periodistas más famosos de Hollywood.
Stevie lo reconoció de inmediato. Ahí estaba, con su cabello oscuro y rizado, que le llegaba a la altura los hombros, con su traje ajustado y su mandíbula afilada.
Era un hombre objetivamente apuesto, Stevie tenía que admitirlo, aunque también bastante mayor.
Debía de rondar los cuarenta a esas alturas.
Hilton se acercó a ellos, caminando como si el mundo entero le perteneciese, con una sonrisa engreída que era todo dientes y un micrófono en mano, con su camarógrafo tras él, aunque a este segundo parecía costarle seguirle el ritmo.
Stevie soltó un gemido frustrado sin querer.
Hilton era un imbécil. Había sido él quien había escrito ese artículo tan horrible sobre Hal.
Marnie se obligó a esbozar una sonrisa de oreja a oreja.
—Sed encantadores, los dos —murmuró—. No le deis nada que pueda hacernos parecer otra cosa que una gran familia feliz.
Stevie se volvió a mirarla con recelo.
—¡Que sonrías! —siseó Marnie. Recorrió a Stevie de arriba abajo con la mirada, y después se volvió hacia Frank—. ¿No os había dicho que esta noche habría cámaras por todas partes? Os dije que os pusieseis elegantes, ¿por qué nunca me hacéis caso?
El padre de Stevie se alisó la camisa con la mano.
—Pero es que nos gusta el estampado a cuadros. —Frank le guiñó un ojo a Stevie—. ¡Y vamos a juego!
Stevie le dedicó una sonrisa tímida a su padre. Era cierto, ella también llevaba una camiseta a cuadros. Habría evitado ir a juego con su padre de haber podido, pero había tenido que ir allí directa del gimnasio, y aquella era la única prenda limpia que llevaba encima.
—¡Señor Moore! —le saludó Marnie alegremente.
Stevie se quedó atrás, medio escondida detrás de su padre, para no tener que hablar con él.
—Señora Baker, hoy está radiante —dijo Hilton, inclinándose hacia su madre para darle un par de besos al aire, junto a sus mejillas—. Ese tono de amarillo… ¡le sienta de maravilla!
—Es el tono doce de la gama Pantone, canario resplandeciente —susurró Stevie.
Frank trató de ahogar una risa y tuvo que echarse a toser para tratar de disimularla.
—Ay, qué cosas dices —repuso Marnie, dándole a Hilton una palmada juguetona en el brazo—. ¿Qué te parece de momento Carolina del Sur?
—Absolutamente encantadora, toda la ciudad huele a masa frita y a agua del lago. Anoche cené en el hotel las mejores gambas con sémola de maíz que he probado en mi vida —respondió Hilton, antes de tenderle una mano a Frank—. Señor Baker.
Frank le dio la mano, aunque era más que evidente que no quería hacerlo.
—¡Y permítame decirle que usted también está increíblemente radiante!
Ahora le tocaba a Stevie reírse por lo bajo.
«Radiante» no era exactamente el adjetivo que ella habría elegido para describir a su padre. Él era más bien… predecible. Robusto. Un padre de los pies a la cabeza, incluso.
Frank le observó ligeramente horrorizado.
—¿«Radiante»?
—Seguro que es por la camisa a cuadros —comentó Stevie en un susurro.
—Claro, aparte de por el ojo —repuso Hilton, al tiempo que ladeaba ligeramente la cabeza—. ¿Es un moratón eso que tiene ahí, señor Baker? ¿En qué líos se ha metido últimamente?
—Frank echa una mano en el Centro Comunitario Aaron Taylor —respondió Marnie a toda prisa, claramente preocupada porque Hilton pudiese insinuarles a sus lectores que el padre de Blair Baker era en realidad una especie de luchador callejero.
—Aaron Taylor… ¿De qué me suena ese nombre? —preguntó Hilton.
Stevie le lanzó una mirada preocupada a su padre. Ese era un tema bastante sensible para él, ya que había sido uno de los primeros agentes que había llegado a la escena del crimen.
Marnie se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón.
—Era el pobre chico que fue asesinado durante el Día de la Independencia, hace cuatro años. Después de retirarse del cuerpo de policía, Frank quiso seguir aportándole su granito de arena a la comunidad de alguna forma, por lo que empezó a trabajar como voluntario en el centro comunitario.
—¿Y alguien de ese centro le puso el ojo morado?
Frank hizo un gesto displicente con la mano.
—No fue nada. Me metí en medio de una pequeña peleílla tonta entre un par de críos. Algunos chiquillos se pueden poner bastante revoltosos a veces.
Hilton sonrió.
—¡Ah, ya veo, tiene sentido! Pero no he venido aquí a hablar de adolescentes problemáticos…
—Yo creo que en realidad no son más que adolescentes normales, como cualquier otro —le interrumpió Stevie.
Hilton se volvió hacia ella como un resorte.
Estupendo. Ahora tendría que hablar con él. Debería haber mantenido el pico cerrado.
—¡Ay, cielos! ¡No te había visto! —Hilton se llevó una mano al pecho, observándola con una expresión de auténtica sorpresa. Vale que era bastante bajita, sobre todo comparada con Blair. Pero no era transparente —. ¿Y quién eres tú ? —le preguntó, antes de colocarle el micrófono frente a la cara.