39. Las cosas de todo el mundo
Marta
Volvimos a la casa a las seis y treinta y cinco de la mañana, mi hija y yo, en el coche de mi madre, sin decir una palabra en los doce minutos.
Ella iba descalza con los zapatos en el regazo y con el pelo hecho una cosa que ya no era un peinado. Yo llevaba casi veinticuatro horas despierta y las manos me olían a hielo y a limón de haber recogido copas que no tenía que recoger yo.
Álvaro se quedó allí con Bram cerrando lo de las sillas. Bruno y Nico estaban desde las tres y media en casa de mi tía Puri, que se los llevó y que hizo bien.
Y cuando abrí la puerta de la casa vi la luz de la cocina encendida.
Y en la cocina estaba mi madre.
Sentada a la mesa, en la silla de siempre, la de espaldas a la ventana.
Con el vestido azul puesto.
El de la manga hasta el codo, el que se probó en la calle Colón, el que dijo que era para una boda cuando yo le dije que íbamos a una boda. Con los pendientes puestos. Con los zapatos puestos.
Y con las manos encima de la mesa, quietas.
Sin nada delante. Ni un vaso, ni una taza, ni un trapo. Nada.
Mi madre lleva setenta y tres años sin estar sentada delante de una mesa vacía. Yo eso lo puedo firmar. Mi madre no está nunca sin hacer algo, y si no hay nada que hacer se inventa que hay que doblar una bolsa.
Y estaba allí, a las seis y treinta y cinco de la mañana, sin haberse acostado, con el vestido de la boda de su hijo, con las manos sobre el hule, sin hacer nada.
Y yo dije:
—Mamá, ¿qué haces?
Y ella dijo:
—Nada.
Y era verdad.
Yo pensé que estaba mal. Es lo primero que pensé y es lo que hubiera pensado cualquiera. Pensé que se le había juntado todo, la boda, la noche, lo de su hijo, y que se había quedado ahí sentada porque no podía más.
Y ya tenía la mano en la silla para sentarme al lado y hacer lo que hago yo, que es ponerme a resolverlo.
Y entonces mi hija pasó por detrás de mí y subió las escaleras.
Y no dijo «buenos días, abuela». No dijo «me voy a dormir». No dijo nada.
Subió las escaleras a las seis y treinta y seis de la mañana con casi veinticuatro horas sin dormir, y a los dos minutos bajó.
Había dejado arriba el vestido y se había puesto una camiseta, unos pantalones cortos y unas zapatillas.
Y traía una bolsa de tela.
Y de la bolsa de tela asomaba una toalla enrollada.
Enrollada, no doblada. Enrollada como un canuto, apretada, con las puntas metidas hacia dentro.
Y yo llevo desde octubre viendo esa toalla enrollada así encima de la silla de la entrada del piso de mis padres los martes por la tarde, cuando paso por allí y ella ya tiene preparada la bolsa desde antes de que llegue Vega.
Se enrolla así porque los martes lleva el bañador dentro.
Yo sé desde abril lo que significa esa bolsa. Me enteré por una tontería, por una bolsa de la farmacia de la calle Sagunto con dos pares de calcetines de compresión y un ticket, y tiré del hilo yo sola en cuatro días como tiro yo de los hilos, y no dije nada.
No dije nada porque me lo había pedido a ella y no a mí.
Y llevo desde abril callándome eso. Sabiendo que mi hija de dieciséis años lleva a mi madre a la piscina municipal todos los martes y que ninguna de las tres ha dicho en voz alta lo que sabe.
Y me he callado por orgullo las primeras semanas, y luego por costumbre, y luego, en algún momento que no sabría decir cuál, porque entendí que callarme era la única cosa que yo podía hacer por ellas.
Y mi madre se levantó de la silla.
Y le dijo a mi hija:
—¿Está?
Y mi hija dijo:
—Está.
Y ya está. Esa fue toda la conversación. Dos palabras, delante de mí.
Y mi madre cogió el bolso —el bolso, con el vestido de la boda, a las seis y cuarenta de la mañana— y salió por la puerta detrás de mi hija.
Y yo salí al escalón.
Y las vi bajar por la calle.
Y en la esquina no giraron a la derecha, que es por donde se va a la plaza y al bar de Pilar y a la carretera.
Giraron a la izquierda.
Que es la calle del lavadero.
Y por la calle del lavadero, después del lavadero, hay una senda que va por detrás de los huertos y que baja ochocientos metros, y los últimos ciento cincuenta bajan mucho, y abajo hay un azud roto y una poza de veinte metros por ocho con la sombra de los chopos encima.
Yo eso lo sé porque el jueves mi hijo volvió a las nueve menos veinte y me dijo que el río tiene agua, y porque mi hija se lo dijo a mi madre en la cocina mientras ponía la mesa, y mi madre dijo «ah» y siguió poniendo la mesa.
A mí, el jueves, aquel «ah» me pareció un «ah».
Me quedé en el escalón.
Y aquí voy a contar lo que hice, porque es lo único de este verano de lo que estoy orgullosa, y son ocho minutos de no hacer nada.
Primero pensé en ir.
Lo pensé con detalle, además, que es como pienso yo las cosas.
Pensé: hay ochocientos metros y los últimos ciento cincuenta bajan mucho.
Pensé: tiene setenta y tres años y una cadera que le duele desde las siete de la tarde.
Pensé: hay una niña de dieciséis años que lleva casi veinticuatro horas sin dormir y que ha llorado delante de ciento veintisiete personas hace siete horas.
Pensé: allí abajo no hay cobertura, eso lo dijo Bruno.
Pensé: si pasa algo, no puede subir nadie a avisar en menos de veinte minutos.
Y todo eso era verdad. Todo. Cada punto.
Y luego pensé la otra cosa, que también es verdad y que me costó más.
Que si yo bajo, aquello se acaba.
Porque yo no sé bajar a un sitio sin llevar algo.
Yo hubiera bajado con una toalla más, y con el móvil en la mano, y con una silla plegable, y hubiera dicho «mamá, aquí no, que resbala» y «mamá, un momento» y «mamá, espérate que me quite yo los zapatos».
Yo hubiera hecho una lista antes de llegar abajo. Yo hubiera puesto la mano.
Y mi madre, que ha vivido setenta y tres años cuidando a gente y a la que no le ha preguntado nadie nunca qué quería, no ha bajado a ese río para que yo le ponga la mano.
Y mi hija sí sabe.
Mi hija no pregunta. Mi hija se pone al lado y no toca y deja las manos preparadas. Es su manera de cuidar. Y no sé de dónde la ha sacado, porque de mí no.
Y a la sexta o séptima vez que me dije «va, bajo», me di cuenta de lo que estaba pasando de verdad, y me senté en el escalón.
Que mi madre se lo pidió a ella.
Hace un año, en Ámsterdam, con quince años.
A ella y no a mí.
Y que si hoy bajo esos ochocientos metros no bajo por la cadera de mi madre.
Bajo porque no soporto no estar.
Así que no bajé.
Entré en la casa y cerré la puerta y me quedé de pie en el pasillo.
Y la casa era esto:
Cuatro pares de zapatos de tacón en la entrada, dos de ellos míos.
Una chaqueta de traje encima del respaldo del sofá.
Dos corbatas. La funda vacía del vestido de Femke colgada de la puerta del altillo, con la cremallera abierta hasta abajo.
Seis vasos en el fregadero. La bandeja del arroz del viernes todavía en el escurridor.
Bolsas del catering. Una caja de cartón con cartulinas del menú que habían sobrado.
El ventilador de pie en mitad del comedor con el cable atravesado.
Los dos colchones del suelo de la habitación de delante sin recoger.
La cuna de viaje de Nico abierta. Tres móviles cargando en el mismo enchufe.
Un ramo de novia en un cubo de fregar con dos dedos de agua.
Las cosas de todo el mundo.
En una casa de cuatro habitaciones y un patio de doce metros por cuatro y medio, en la que llevábamos once noches metidos allí —ocho la primera, nueve desde que llegó Femke—, con un aire acondicionado muerto detrás de un automático bajado, en el pueblo de mi madre, un domingo de agosto a las siete menos diez de la mañana.
Y yo me quedé ahí, en el pasillo, en medio de todo eso.
Que es donde me quedo siempre.
Y entonces oí un ruido en el comedor.
Y era mi padre.
Estaba sentado a la mesa, con la persiana todavía bajada y el fluorescente del aparador encendido, con el pantalón del traje y una camiseta interior blanca, sin afeitar, con el trapo extendido delante y las diecinueve piezas de la radio puestas en fila.
A las siete menos diez de la mañana de un domingo, después de la boda de su hijo, sin haber dormido.
Y yo me quedé en la puerta.
Y él levantó la cabeza y me miró un segundo y volvió a lo suyo.
Y yo supe, ahí, en ese segundo, dos cosas.
La primera es que él las había visto salir. Desde el comedor no se ve la calle, pero se oye la puerta, y él ha oído esa puerta cincuenta y un años.
Y la segunda es que él sabía adónde iban.
Yo no sé cómo lo sé. Lo sé porque estaba sentado a esa mesa a las siete menos diez de la mañana sin haber dormido y sin encender la radio.
Y me senté enfrente.
Y estuvimos así hasta las ocho y algo, él con las piezas y yo con las manos en la mesa, y no nos dijimos nada en todo ese rato menos una cosa.
En un momento, sobre las siete y media, él dijo, sin levantar la vista:
—¿Quieres café?
Y yo dije que sí.
Y lo hizo él.
Y me lo puso delante, y volvió a sentarse, y cogió una pieza pequeña y se puso a mirarla al trasluz con las gafas subidas.
Y yo tuve delante, encima de esa mesa, a las siete y media de la mañana, todas las preguntas del verano.
La Notaría de Matrimonios. El resguardo detrás del último separador.
Avellanas, doce. Las diez y media. Marzo.
La consulta de marzo. Los doscientos catorce euros con veinte.
Las cinco macetas de tierra vacía. La estación de autobuses de Valencia el nueve de marzo de dos mil quince a las seis y diez de la mañana.
Y una senda de ochocientos metros por la que hace tres días subió y bajó dos veces los últimos veinte metros mirando al suelo, según me contó mi hijo, que lo apuntó y no lo entendió.
Y no le pregunté ninguna.
Y no fue por miedo, y no fue por respeto, y no fue por eso tan bonito que le dije a mi hermano anoche en un bordillo.
Fue porque me di cuenta de que si le preguntaba, era para mí.
Para poder saberlo yo. Para poder ordenarlo yo. Para poder ponerlo en una lista con sus puntos y su fecha y quedarme tranquila.
Y en esta casa hay dos personas que llevan medio siglo haciendo las cosas para que hayan pasado y no para que se sepan.
Y a mí no me han enseñado eso, y yo no lo he entendido hasta este verano, y todavía no lo sé hacer.
Pero esta mañana lo he hecho una vez.
Me quedé en la casa con las cosas de todo el mundo.
Que es donde me he quedado siempre, y donde me voy a quedar, y donde probablemente me voy a quedar sola dentro de no mucho.
Y esta vez no me lo había pedido nadie.